¿Ahora qué...?

El resultado de la jornada electoral del 26-S no puede pasar inadvertido. Parece obvia mi aclaratoria pero dista mucho de ser tal. Desde hace un par de años algunos venezolanos venimos alertando sobre la imperiosa necesidad de detenernos a pensar la Revolución; cosa que en muchos sentidos no se ha hecho. Por ese camino van los esfuerzos de gente como Javier Biardeau, Rigoberto Lanz, Edgardo Lander, Ernesto Villegas y últimamente Luis Britto García (muy tarde para mi gusto, pero se ha animado a generar la discusión), entre otros. ¿Cuánto más debemos esperar para analizar y enderezar nuestro particular proceso revolucionario? Todo ello en medio de grandes “displicencias” que dejan de ser tales para convertirse en complicidad burda; caso Jesse Chacón y su hermano rico, caso MERCAL, caso Banco Industrial de Venezuela (una verdadera “obra de colección” a la ineptitud y la ineficiencia) y otros. Dejamos pasar los equívocos, corruptelas, disparates y otros, pensando en que tales cosas caen en un olvido infinito; no. Tal vez este 26-S sea el resultado de la acumulación de esos equívocos, olvidos, corruptelas, displicencias, amiguismos, complicidad, neoadequismo, que coexisten (¿forman parte?) de nuestra Revolución.

El asunto se vuelve angustioso toda vez que esta oportunidad histórica no puede perderse. Si ya se inició el camino de la Revolución, no se puede volver al punto cero. Si esta oportunidad histórica se pierde no será por culpa del pueblo venezolano y en eso quiero ser enfático. No me gustan esos análisis donde se delega la culpa de nuestros males revolucionarios al pueblo; gente que sostiene argumentos tales como: “al pueblo le falta formación ideológica y por eso las cosas no funcionan”. Seamos claros, tratar de hacer la Revolución desde la lógica del Estado es como intentar ganar una carrera de autos con el freno de manos metido. Intentar generar una lógica constituyente desde eso que llamamos Estado es, por decir lo menos, casi que imposible. Sobre eso también se han pronunciado algunos. Debemos decir que nuestro Estado no ha sido el mejor ejemplo de eficiencia revolucionaria, ergo: ¿Cómo pedirle al pueblo solidez ideológica si el ex ministro Carreño usaba corbatas de 2.000 Bs.? Quienes debieran dar el ejemplo, muchos de ellos han hecho “un negocio orondo y redondo” de la Revolución. La Revolución no llega al pueblo con la velocidad que debiera; mientras esperamos para tomar “el cielo por asalto”, algunos revolucionarios han logrado satisfacer con creces todas sus (exquisitas) necesidades; uno compró un Hummer, otro compró una villa en Francia y se dedica al nada revolucionario arte de la enología; sumando, de a poquito, podemos entender que la Revolución, vista así, es el lobo de la Revolución, para hablar en la forma hobbesiana.

No creo que seguir propiciando la lógica disyuntivista-maniquea sea el camino más fácil para lograr avanzar en la constitución del nuevo bloque hegemónico fundado sobre la lógica constituyente. Tender puentes es estratégico y necesario. Ello no quiere decir “blandenguismo” de ningún tipo, ni que se dejan atrás las convicciones para negociar terceras vías ni asuntos por el estilo. Quiere decir que necesitamos paz, construir la patria socialista sobre las bases firmes del respeto. Que no se compartan las ideas es una cosa, de hecho las ideas del capitalismo se deben combatir con argumentos contundentes, sin eslóganes, sin reduccionismo de ningún tipo (ello, según veo, es una necesidad); pero la lógica de los extremos se debe dar en el marco de las ideas, de los argumentos y de los programas de Gobierno; sobre todo si se trata de una revolución que no es armada y que necesita imponerse por la vía de los hechos revolucionarios, desde un ethos transformador no sólo en lo discursivo, sino en lo material-programático. El programa de Gobierno debe fundamentarse indubitablemente y de manera firme en la constitución de un nuevo modus vivendi, de una nueva gramática de sentidos que esté de lado de las mayorías oprimidas por el sistema capitalista.

Perder la Revolución es un acto de irresponsabilidad colectiva, no obstante, la dirigencia y los timoneles del proceso son quienes deben estar más vigilantes, más atentos de cómo se dirige y cuáles son sus desviaciones. Debe ser un trabajo acompasado entre el pueblo y los líderes de la Revolución, en eso estamos claros; pero las grandes decisiones, muy a mi pesar según creo, las siguen tomando desde las altas instancias de la Revolución, a veces muy altas por cierto. Horizontalizar lógicas y decisiones no es una petición más, es una clara necesidad. No podemos perder la oportunidad que está frente a nosotros.

En este sentido creo necesario enviar un mensaje político claro y sin miramientos de ningún tipo: hay que sancionar con todo el peso de la Revolución a todos aquellos que han traicionado el camino. En este punto me permito ser crudo: prefiero a un militante comprometido que me diga las verdades sin afeites y me ayude desde su visión crítica y reflexiva de la realidad a edificar esos caminos de la emancipación, una persona con la cual no siempre estaré de acuerdo, pero ambos animados por la lucha emancipatoria y un mismo ideal; prefiero eso (lo desearía de hecho) a un militante que no sea capaz de rebatirme nada, que aplauda cuanto yo diga, que no me genere ningún tipo de contrapeso y discusión; al final, el primero es mi gran aliado y el segundo es un adulador más que sólo está allí para aplaudir mis designios sin chistar una palabra de lo que digo, sin ni siquiera atreverse a contradecirme en nada; ese, por irónico que parezca, es el verdadero enemigo del proceso revolucionario: salvo todas las distancias en este punto: para hacer una Revolución se necesitan más Trotsky que Stalin; es una lección histórica que no debemos obviar. Sirva la (odiosa) comparación entre Trotsky y Stalin para intentar ubicar verdaderos aliados y cuadros políticos en el marco de un proceso constituyente y popular como el intentamos hacer en nuestro país. En este caso la dirigencia de la Revolución tendría que pensar muy en serio en una renovación de sus cuadros y dejar emerger, de verdad-verdad, a una nueva fuerza revolucionaria venida de las bases populares. Es mucho lo que se puede decir desde esta acera ideológica, es mucho lo que se puede decir, además, respecto a ciertos equívocos y disparates de ciertas lecturas de los materiales teóricos; pero ese debate no me ocupa hoy. Hoy me ocupa el estado latente de peligro de la Revolución.

La campanada sonó, el 26-S debe abrir un horizonte de análisis profundo y en serio de lo que estamos haciendo. Este proceso no es de pocos, sino de unos muchos que esperan desde hace años que sus demandas y necesidades amén de ser escuchadas, sean satisfechas. 11 años no son nada, 12 tampoco, ni 13… Tengo un amigo, ex alumno él, de 18 años; por más que intenté convencerlo de que votara por los candidatos de la Revolución, éste estaba claro, clarito de no votar por los candidatos de Chávez. Unos mecanismos operaban en él que no permitieron cambiarle el “chip” por lo menos para que el voto (el asunto de la formación ideológica es más complicado) se lo diera a la Revolución. Sencillo, no fue posible. Ese joven tenía siete años cuando inició la Revolución…eso es un dato a considerar. ¿Qué dispositivos de carácter ideo-culturales no está viendo la Revolución como verdaderos adversarios del proceso?

Espero que dentro de unos años el discurso de los “silentes revolucionarios” de hoy no vaya por esta vía: “lo que pasa es que tal cosa no se hizo porque las condiciones X no estaban dadas y la dirigencia revolucionaria no fue capaz de interpretar el clamor de las masas” y cosas por el estilo. ¿Por qué hacer mutis en el presente? Hoy callan algunos, se pliegan convenientemente y no dicen, no argumentan, no generan debates. Hacen un silencio provechoso y prolongado, no buscan meterse en vainas; tú sabes, la Dirección del Centro Cívico D estaría en “pico e´ zamuro si digo tal cosa del ministro T. ¿Y la responsabilidad de los intelectuales (trabajadores de las ideas para el gusto de algunos “eufemistas profesionales”)? Hace años, muchos años, leía un artículo no sé si firmado por Roberto Hernández Montoya en El Nacional donde hablaba de los “intelectuales de alquiler”; era la época donde Kotepa y su hijo Igor escribían en ese mismo diario, lo mismo que Julián Calatrava, Ana Black, Luis Barrera Linares, Carolina Espada, entre otros. Entraba la década del 90 y yo contaba con 15. Ahora sería interesante volver sobre aquellas tres palabras para ver dónde se ubican tirios y troyanos. La pregunta del millón: ¿Existen los “intelectuales de alquiler” en el marco de nuestro proceso revolucionario? Lección final: cuidado con lo que se pregunta porque te pueden responder.


johanmanuellopez@hotmail.com


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Johan López


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