Lo quemaron porque parecía chavista

La recientemente promulgada Ley constitucional contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia, ha concitado toda serie de controversias. Ciertamente, su promulgación tiene, cuando menos, algunos visos de ilegitimidad e ilegalidad (véase para tal fin la interesante y densa intervención del Dr. Fernández Toro en el evento denominado: Encuentro de Constitucionalistas en Defensa de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 99 (https://www.youtube.com/watch?v=pFmUDfWWnwQ )). Hay allí en su intervención aspectos doctrinarios, principistas y éticos que no dan mayor margen a las posiciones chirles y simplificadoras de un asunto tan trascendente como, nada más y nada menos, la convocatoria a una ANC y todo lo que ello implica. No voy a ahondar en detalles sobre los diferentes procesos violatorios a la legitimidad de origen (que no es un concepto conservador, menos desde la izquierda) del único y verdadero "depositario de la soberanía" (el pueblo). Sólo me limitaré a señalar que el pueblo es único e indivisible, no delega su soberanía, no la transfiere; nadie, ninguna entidad política, ni jurídica, ni social se puede arrogar ese poder originario.

En el espíritu del artículo 5 de la Constitución de 1999 lo que está privando es la potencia radical de un sujeto-pueblo que tiene la potestad de establecer cuáles son sus formas de gobierno, sus estamentos jurídicos y sociales. Pero además, en la exposición de Fernández Toro lo que se expresa es un asunto mucho más complejo: la invocación a una ANC por parte del sujeto-pueblo tiene un sentido de radicalidad democrática profunda; pues es el pueblo (por lo menos en el sentido nominal y procedimental de la democracia liberal en la que nos movemos) quien tiene el poder decisorio sobre el conjunto de la vida social. Los artículos 347 y 348 de la CRVB son muy claros en ese sentido. De hecho, cuando intenté dar con los "argumentos" a favor de la convocatoria a una ANC por parte del Presidente, la búsqueda fue infructuosa; lo que encontré fueron frases apodícticas, algunas entusiastas consignas, mucho significante vacío: amor, paz, libertad, justicia. Pero no doctrina, ni discusión conceptual, ni teórica; el argumento fue sustituido por un montón de frases animosas que estaban en boca de cualquiera sin mayores consecuencias en el orden de lo Político-Jurídico. Lamenté, y muy en serio, no poder encontrarme con esa otra acera Jurídico-Política que pudiera enarbolar argumentos más o menos sólidos (fuera de los discursos animosos y las frases busca-votos de siempre). Este vaciamiento de sentido, esta reducción (o más bien debilitamientos) de la discusión, junto con el uso de los poderes gubernamentales y estatales, fueron tal vez la mejor estrategia para posicionar algo que a todas luces no tenía ni el sentido ni la prudencia histórico-política para su realización. Más adelante, la historia hablará en ese sentido, fuerte y claro, además.

Como quiera que sea, la Ley de marras surge de un órgano ilegítimo e ilegal. De allí que ese conjunto de articulados están animados más por un espíritu revanchista que por la real necesidad de combatir la discriminación política o de cualquier otra índole. Lejos está de la Ley y sus proponentes un sentido trascendente de Justicia Sustantiva: porque esa Ley "tendrá ojos", tendrá sesgos y no es producto de una visión compleja de la Política, sino que es posible que sea usada como un arma político-partidista contra todo aquel que ose desafiar al Gobierno nacional y a sus aparatos. El propio artículo 1 de la Ley establece: "La presente Ley Constitucional tiene por objeto contribuir a generar las condiciones necesarias para promover y garantizar el reconocimiento de la diversidad, la tolerancia y el respeto recíproco, así como para prevenir y erradicar toda forma de odio, desprecio, hostigamiento, discriminación y violencia, a los fines de asegurar la efectiva vigencia de los derechos humanos, favorecer el desarrollo individual y colectivo de la persona, preservar la paz y la tranquilidad pública y proteger a la Nación". ¿Quiere decir que la Ley tendrá la posibilidad de establecer algunos límites básicos y elementales a la programación de VTV? ¿En su marco de acción, esta Ley podrá ponerle frenos a la incontinencia verbal de un siempre iracundo Pedro Carreño?

¿Pondrá esta Ley límites a los comentarios abiertamente homofóbicos del Presidente cuando habla de "Capriloca" en cadena nacional aunque la Ley promueve y garantiza "el reconocimiento de la diversidad, la tolerancia y el respeto recíproco, así como para prevenir y erradicar toda forma de odio, desprecio, hostigamiento, discriminación y violencia, a los fines de asegurar la efectiva vigencia de los derechos humanos…"? Es el Presidente, uno esperaría un argumento y no un mote. Entonces supone eso que la descalificación de Capriles se hace no a partir de sus errores en política, sus desaciertos como unos de los líderes opositores del país; el descrédito e interpelación de ese sujeto político no se da en el marco de sus acciones políticas, sino en el marco de sus (aparentes) gustos sexuales. Además, este tipo de discursos y apelaciones, están muy lejos de pretender sembrar paz y armonía.

Así mismo, llama la atención ese discurso según el cual se "se quemó gente viva porque parecía chavista, por su color de piel o sus rasgos indígenas". Hay allí un evidente truco discursivo-retórico que establece diferencias y anima la polarización, un elemento sin duda tendencioso que lejos de crear un clima de paz y tranquilidad, repotencia resentimientos, establece diferencias profundas que ya de por sí están inscriptas en la secular desigualdad social de nuestro país. La frase, repetida a consciencia por toda la burocracia del Gobierno- Estado-Partido-FANB, está confeccionada para precisamente animar las pasiones y crear las condiciones para potenciar los diferendos entre unos (los correctos y nobles de espíritu) y los otros (los malvados y corruptos); al crear esta polaridad binaria, se está garantizando la necesaria tensión social, el antagonismo entre unos y otros.

El antagonismo existe, sin dudas, pero también existe la necesidad de preservarlo, toda vez que justifica (y habilita) un amplio margen para la acción represiva; en algún sentido, acción que es también anulatoria del otro distinto. Pasa que cuando los antagonismos se establecen en el margen estrecho de lo binario-maniqueo, las otras voces distintas a la fórmula binario-maniquea, también están a merced de esa lógica perversa del bueno y el malo sin matices.

Pero en el supuesto de que, efectivamente, esa prueba empírica existiese (algún documento audiovisual, por ejemplo, que establezca que sí, que se quemó gente viva porque parecía chavista o por su color de piel); habría que ver si eso forma parte de una política tanática llevada a cabo por los factores que hacen vida en la denominada Mesa de la Unidad Democrática o si por el contrario, es parte de una bien medida acción retórica que promueve odios y excesos. En todo caso, sí se quemaron personas vivas, sí hay odios acendrados en Venezuela, sí hay resentimientos y discordias en el país; no obstante, de allí a usar tendenciosamente el recurso retórico de "están quemando gente viva porque parecía chavista…" es profundamente irresponsable. Porque esas formas discursivas al garete (pero direccionadas, reitero) lamentablemente son propiciadores de más odios y resentimientos.

Se tomó, de alguna forma, un "camino fácil" para no establecer políticas públicas para achicar la brecha que hay en esas asimetrías de orden social, política y económica. Se prefirió animar el antagonismo, la tensión de clase, el resentimiento; en el plano material, el de la transformación real, efectiva y trascendente de las condiciones de vida de ese sujeto subalternizado, lo avanzado deja mucho que desear. Animar pasiones y tensiones tiene más que un mero sentido pragmático de distracción; sino que es el propio motor del proceso. No apelan esos discursos antagónicos y polarizantes a un sujeto logoncéntrico complejo y dinámico, esos discursos dirigen su acción hacia un sujeto subalterno que quiere emanciparse, romper con la dominación del otro que es minoría pero tiene poder económico y político. Entonces es más redituable animarlo desde sus pulsiones cocidas a fuego lento en la cocina de lo subalterno, que transformarle de tajo sus propias condiciones materiales de existencia, sus posibilidades de romper con la exclusión estructural.

En todo caso, no me cabe en la boca ni en el pensamiento que se queme gente viva por pensar distinto. Tomar esos casos, hacer con ellos una política del micrófono y de la pantalla y tratar de establecer culpas sui géneris a un sector político-partidista sin una prueba efectiva y empírica de ello, es, a mi juicio, un acto de deslealtad política y de una bajeza ética importante. Porque, en definitiva, este tipo de "modelajes discursivos" pueden ser detonantes también de otras quemas, de otros horrores similares o peores.



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Johan López


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