(La mejor arma anticapitalista)

Paradoja del Libre Mercado

“Una sociedad no desaparece nunca antes de que pueda desarrollar todas las fuerzas de producción que pueda abrigar, y las relaciones de producción nuevas y superiores no ocupan nunca su lugar en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad”. Karl Marx, Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política).

Aclaremos parte de ese Prólogo: Desarrollar todas las fuerzas productivas que una sociedad pueda abrigar significa explotar hasta el último de los trabajadores potencialmente enriquecedores del Producto Territorial Neto, y expandir el mercado hacia el más apartado rincón del planeta. La imposición de las nuevas relaciones de producción entre los trabajadores, y entre estos con los medios de producción, supone el agotamiento de la fase de transición entre el viejo modo y el entrante. A esta fase se le conoce como Socialismo, en contraposición al “Imperialismo” burgués que es la transición hacia la desaparición plena del Capitalismo. Digamos que durante la fase superior del capitalismo necesariamente debe estar cumpliéndose la transición al modo comunista. Sin esta lid bitransicional no habrá vencedores ni vencidos.

Bien, por ahora tenemos un modo de producción que originalmente halló en América un mercado que potenció el desarrollo europeo, pero que todavía no ha erradicado plenamente los atavismos feudales que trajeron acá los primeros empresarios burgueses durante el siglo XVI, ni mucho menos ha absorbido toda la mano de obra asalariable. Correspondientemente, muchas guerras americanas fueron luchas por imponer el burguesismo (las llamadas guerras independentistas contra las aristocracias europeas colonizadoras), y para la liberación de la mano de obra esclava que la burguesía mercantil había sembrado en estas tierras neoaburguesadas. Las exigencias salariales del personal ocupado frena la contrata de los desempleados.

Las contradicciones y crisis periódicas que han caracterizado las sociedades euroasiáticas, particularmente las occidentales y las que formaron la extinta URSS, han revelado que se trata de un modo de vida que no termina por convencer a los trabajadores ni a los gobernantes. De esa conciencia han derivado alternativas y modalidades económicas todas respetuosas de las relaciones capitalistas. Por ejemplo, los países rezagados americanos y los perdedores de la Segunda Guerra Mundial fueron llevados a ejercer políticas nacionalizadoras de muchas empresas que perfectamente pueden ser asumidas por el capital privado. Los políticos populistas han hallado en Keynes un estriberón teórico para disponer de ingentes ingresos fiscales a su antojo, y con ello beneficiar a determinado burgueses exentos de toda competitividad desarrollista.

Esas nacionalizaciones de empresas privadas al lado de la creación de otras con todo el resto aparataje productivo asumido burocráticamente son el resultado de la nefasta y contradictoria política estatal que mientras ataca la empresa privada y pretende competir con ella, descuida y sigue albergando monopolios y paramonopolios que sólo frenan el desarrollo de las Fuerzas Productivas burguesas, con lo cual alarga la vida en el tiempo y el espacio a las actuales relaciones de producción cuando las mantienen permanente atrasadas. Es la paradoja del Libre Mercado.

Infiérase pues que la mejor arma anticapitalista es, por el contrario, la máxima libertad de mercado. Sólo la libérrima competencia entre los capitalistas dará cuenta de una tasa de ganancia declinante y desestimulizadora del modo burgués. La lucha desenfrenada contra todo atisbo de privación del libre mercado debe ser apagada. Así, las manifestaciones mercantiles monopólicas y paramonopólicas son atentatorias contra el libre mercado. La libre empresa deja de funcionar con inversionistas adueñados de todo el mercado, y también deja de funcionar cuando el Estado se entremete y pretende competir contra el capital privado.

Digamos que contradictoria o paradójicamente los propios capitalistas frenan su desarrollo, tal como la competencia entre trabajadores frena el suyo propio. O sea, se “deshistoricizan” con prácticas monopólicas entre empresarios y entre trabajadores, y por su parte el Estado metido a empresario impide que los capitalistas compitan entre sí, y que los funcionarios públicos den lo mejor de sí.

Algunos apologistas de este atraso y de esta protección del modo burgués han asimilado como capitalista al Estado que desprivatiza empresas, al punto de crear la falsa figura de un “Capitalismo de Estado” como la práctica burocrática de inversiones públicas en servicios públicos que mermen el mercado del capital privado. Se trata de las llamadas empresas paraestatales que han pretendido aliviar la carga económica de los usuarios. Sus apologistas han argumentado que su prestación exige ingentes “capitales”, o que su privatización atenta contra los más pobres o insolventes para ir al mercado. La mayoría de las sociedades cuyos gobiernos que han sumido esta producción han visto elevar su Endeudamiento Público y todavía no logran satisfacer en cantidad ni en calidad las necesidades de los usuarios del caso.

Sólo la práctica de la competencia entre los mismos capitalistas permite desarrollar todo el potencial de las fuerzas productivas y alcanzar la irrentabilidad de la tasa de ganancia; permite a la larga la transición del Socialismo al lado de la transición imperialista hacia la extinción de este modo burgués. Tal es la paradoja del Libre mercado.

marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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