Me metí en la cola de una cola

Tranquilo y sin nervio. Bien reposado. Más gordo, blanco y alegre por la cuarentena del coronavirus. Y hoy lunes primero de junio después, de hacer todas mis necesidades hogareñas con evacuación incluida, me vi después en el espejo con mi tapaboca marrón y lentes de sol me escudriñé por dentro y con la taza de café caliente que tenía en mi estómago: empujando mi viejo vinotinto a una cola algo lejos llegué y me metí en ella con resignación a esperar para llenar mi tanque de gasolina que, tiempo era lo que más tenía.

Esperé por horas y la cola no se movía y nadie protestaba y como me llevé una novela para seguir leyéndola, me distraje con su lectura, de cómo producir sin aportar nada y, sin conversar con nadie como el que no quiere molestar a nadie el tiempo pasaba y el calor del sol que ardía me bañaba de sudor, pero yo esperaba.

No sé lo que pensaban los demás que no vi a ningún obstinado que protestara, lo que me llevó a pensar que después de pasarla de lo mejor viendo los días pasar sin dejarle nada a los pobres que no fuera más pobreza, porque, de los ricos ni hablar, sería la consecuencia que todos estuviéramos como con la voluntad perdida -aunque, más de uno pensaría en su memoria oculta todo lo malo de su interior en Maduro como otros en Trump- viviendo en paz como los curas sin preocupación ninguna de solo pensar en su Dios que, a ellos les arregla sus problemas y como no producen nada fuera de sus políticas antirregimen, me sentí como en un relax de santo playero con sotana.

Horas después comencé a sentir hambre y sin precaver no llevé nada que engañar mi estómago, ni había vendedores de nada que, imagino que lo que hay es una flojera de caries ocultas por el coronavirus que ha dejado a la gente con una paciencia congestionada de miedo de que, no hay para dónde coger -no sabiendo que de cualquier vaina sin nada nos vamos.

Entonces, fastidiado como empecé a sentirme en mi cola y, cansado de leer llamé a mi compadre Geño Lárez, al que saludé y después de algunos comentarios del día a día y la buena nueva de la venta de la gasolina aumentada, me dijo Geño, ya yo estoy full y en mi casa reposando de lo más feliz raspando una rueda de carachana asada. A cambio yo, le dije, estoy en esta cola que no camina desde las seis de la mañana que llegué a ella y, entonces, el compadre Geño, me preguntó: ¿y dónde estás tú haciendo la cola para la gasolina que, ese proceso es rápido, y no lento como el de la revolución de Maduro?

Mi compadre Geño Lárez me puso a pensar y, así se lo hice ver. Y cuando le expliqué en la cola que estaba, se echó a reír, por lo que le dije: ¿compadre cuál es la gracia? Y cuando me respondió: usted cogió la cola que no era mi compadre -me puse como Trump tuiteando arrecho- al oír su respuesta y, como un mismo pendejo por no decir bolsa, le pregunté: ¿y esa cola que estoy haciendo para qué es compadre? ¿Esa? Es la cola de un muerto.

Tranqué el celular y como un mismo escuálido, le grité a Maduro: yo no quiero gasolina, yo lo que quiero es vivir en paz y finalicé con mi rabia cuando, le dije: ¡Maduro, no me jodas! ¡No te cansas!

Y empujando mi vinotinto llegué a la bomba.

No había nadie, estaba solita para mí, y cuando cogí la manguera, con esa larga manguera en mis manos me entró el alma al cuerpo, qué emoción, y cuando fui a meter el pico de la misma al tanque para echar no uno, sino el preciado líquido a mi viejo carro. La bombera me atajó y me dijo: ¡señor, se acabó la gasolina! No hay más venta por hoy.

¿Quééééééé?

¡No hay más! Me dijo.

¿Y ahora qué hago? Tiene que esperar hasta su próximo turno.

¡Mierda, me jodí...!

¿Qué imaginan que pensé? Que Maduro tiene la culpa. ¿Y quién más?



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Esteban Rojas


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