Entre la educación y la catástrofe

Las curvas trazadas para indicar el ritmo de urbanización en países en vías de desarrollo muestran un crecimiento impresionante de la población urbana, y nosotros no somos la excepción. Este crecimiento va acompañado de una apremiante demanda de trabajo y educación; cada elevación en el nivel de educación, en revolución, debe convertirse en una elevación del poder adquisitivo y cultural.

La educación permanente es el principal motor de la innovación. Estados Unidos, Cuba, Europa, nos demuestran que la educación trastorna frecuentemente los métodos y el saber. El acopio de la investigación trasmite los conocimientos mejorándolos. El empleo masivo de los auxiliares de la inteligencia, empieza a su vez, a darle impulso a la economía, eso lo vemos con Japón, Taiwán y otras naciones de Asia. Mejorar la educación es una responsabilidad no solo constitucional, es la sinergia del progreso intelectual, del crecimiento económico, del pensamiento y del poder social.

La inversión en educación cada vez más gravosas por la masificación seguirá incrementándose en progresión geométrica planteando toda clase de problemas agravados por el burocratismo, esta será imposible de remediar si los cambios no son practicados, pues, es absurdo pensar, que necesitamos 100 años para convertirnos en una sociedad intelectualmente pertrechada. Estos 10 años transcurridos debemos asumirlo como un comienzo difícil, la generalización de la educación sirve para librarnos de cierto analfabetismo, pero continúa siendo ineficaz y costosa, manipulada por la misma gente (estudiantes, maestros, funcionarios) que dicen apoyar el proceso de cambio, seguimos sin resolver los problemas del pasado entre cultura y educación, mismos hábitos en la misma revolución 10 años después. El presente y el futuro nos impone nuevas condiciones a las cuales tenemos que adaptarnos si de verdad queremos construir un socialismo científico, el empírico, bueno… esta por doquier en los ministerios de educación y cultura cada uno tratando de resolver por su lado el interés político que los pueda beneficiar ante el presidente.

Nuestras universidades se hallan en un estado de dramática inferioridad, y nos es sumamente difícil transformarlas, porque requerimos cambiar el conjunto del proceso en la estructura pública y nuestra manera de hacer revolución para empezar con la industrialización pesada y el trabajo intelectual. Los esfuerzos están mal dirigidos o son sumamente pequeños, nos esforzamos en crear empresas y centros de producción, pero con demasiada frecuencia estos centros y empresas, son falsas concentraciones, conglomerados de producción centralizados exclusivamente en el plano financiero, pero que, en la cuestión que atañe a la gestión socialista, son tan endebles como el conjunto de personas que reúnen por un paupérrimo saber. Así no se logra una verdadera creación de organizaciones revolucionarias, capaces de un desarrollo sostenible.

En lo que concierne a la enseñanza en nuestros colegios y a la educación superior, en particular, asistimos a reformas que chocan con trabas tradicionales e inmoralidad oposicionista que no permiten un cambio duradero. Transformamos algunos sectores, creamos nuevas estructuras educativas, pero a fin de cuentas, la costumbre y la oposición, mas el burocratismo, siguen predominando y el sistema cultural no se renueva.

Luego, los informes presentados y ciertos resultados determinantes, hacen hincapié en el divorcio que sigue existiendo entre la vida social y la clase dirigente. Observamos a diario que, la vida social continua con el modelo neoliberal y el grupo dirigente parece no tener control sobre estos hábitos o simplemente no les importa. ¿Por que semejante abismo entre la vida cotidiana y la sociedad política? La respuesta esta, en la escasa influencia humanista, ideológica por el escaso conocimiento de la que hacen gala nuestros funcionarios, por lo tanto, convencimiento de lo que están haciendo. Lo que los convierte en funcionarios sin autoridad moral y esto es una falta de poder en la orientación revolucionaria, permaneciendo al margen del cambio.

Ya Platón advirtió sobre la doxa, opinión, y la episteme, conocimiento. La opinión es frágil, subjetiva, manipulable, cualquiera opina sin fundamento, por lo tanto, tal opinión, aunque sea mayoritaria no es un criterio de lo verdadero, justo o conveniente.

Pero, el conocimiento, exige no solo adhesión sino deliberación, argumentación, elementos que, a las mayorías a veces no les importa o carecen de ese conocimiento, lo mismo ocurre con algunos funcionarios, no tienen conocimiento, basan su gestión en la verborrea barata y en su opinión respecto a la revolución y como ejecutarla.

Son tan débiles los lazos con los ministros, gobernadores, alcaldes, directores, fuera del porcentaje chapista, en la vida cotidiana, porque conservan su óptica anticuada y una ética variable, que persisten con sus viejas costumbres burocráticas y aristocráticas, son los mismos con los que el ejecutivo sigue actuando. Pues bien, son totalmente inadecuados para construir un socialismo científico, hay que recurrir ha cambiar las universidades y a la gente del pueblo que si esta preparada y tiene conocimiento revolucionario. De aquí nuestra impotencia y nuestra sensación de abandono y catástrofe.

Desde el mismo momento del cambio, quienes presiden las reuniones deben sentarse junto al pueblo. Basta de ese metro de altura, espacio que no ha podido diferenciar la ignorancia entre los funcionarios, diputados de tal o cual comisión y el pueblo, masa más consciente y muchas veces mejor educada que ellos, encargados de presidir los cambios. ¡Que cambios!

rcpuma061@yahoo.com


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Raúl Crespo


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