Colapso sistémico

La humanidad se encuentra inmersa en un complejo tablero geopolítico global donde cinco grandes hegemonías disputan el control del orden mundial.

Estas no se definen únicamente por su poderío bélico o territorial, sino de forma multifactorial: financiera, económica, militar, tecnológica y energética. Este último pilar la energía no es secundario; al contrario, es el eje que sostiene y condiciona a los demás, fruto de una historia marcada por la lucha de clases, la explotación colonial y la resistencia de los pueblos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos impuso su hegemonía financiera mediante la Conferencia de Bretton Woods en 1944. Diseñado bajo la dirección de Washington y respaldado por sus aliados occidentales, este acuerdo no fue un acto de cooperación internacional, sino un mecanismo de dominación imperial disfrazado de estabilidad económica.

El dólar estadounidense se erigió como moneda hegemónica, respaldado inicialmente por el patrón oro a razón de 35 dólares la onza.

Pero en 1971, frente al colapso de las reservas provocado por la repatriación masiva de oro por parte de Europa que había depositado su confianza en el sistema estadounidense, Richard Nixon dio un golpe de Estado financiero: suspendió unilateralmente la convertibilidad del dólar en oro.

No hubo consenso, ni debate democrático. Fue una decisión imperial. Para mantener su dominio, EE.UU. selló entonces un pacto oscuro con Arabia Saudita: el petrodólar. A cambio de garantías militares y apoyo político, Riad aceptó vender todo su petróleo exclusivamente en dólares. La OPEP siguió el ejemplo, convirtiendo al dólar en moneda obligatoria del comercio energético mundial.

Hoy, el dólar representa cerca del 60 % de las reservas internacionales y se utiliza en casi el 90 % de las transacciones cambiarias globales, según el FMI .

Este monopolio no se sostiene por mérito económico, sino por la coerción institucional: el FMI, el Banco Mundial y la OMC criaturas de Bretton Woods operan bajo el veto "de facto" de Estados Unidos, imponiendo políticas de ajuste, privatizaciones y apertura forzada a países del Sur Global.

Sin embargo, esta arquitectura imperial está al borde del colapso sistémico. La emergencia de los BRICS ampliados en 2024 con la incorporación de Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos acelera la desdolarización del comercio mundial y ofrece una alternativa multipolar al orden neoliberal.

China, ausente en Bretton Woods por su guerra civil y el bloqueo imperial posterior, inició su ascenso tras las reformas de Deng Xiaoping. Su ingreso a la OMC en 2001 no fue una sumisión, sino una estrategia de inserción crítica en el sistema para transformarlo desde dentro.

Hoy, China no solo es la "fábrica del mundo", sino también el principal impulsor de instituciones financieras alternativas, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), y promueve activamente el uso del yuan en el comercio internacional, socavando la tiranía del dólar.

Rusia, por su parte, ejerce una hegemonía militar estratégica que desafía la pretensión de invencibilidad del Pentágono. Con el arsenal nuclear más grande del planeta casi 6.000 ojivas nucleares y misiles hipersónicos indetectables por cualquier sistema antimisiles occidental, Moscú ha demostrado que la resistencia es posible.

Históricamente, la URSS rechazó Bretton Woods por considerarlo un instrumento de saqueo capitalista. Tras la caída del socialismo en Europa del Este, Rusia heredó su asiento con derecho a veto en la ONU, pero fue excluida deliberadamente del club financiero imperial. En respuesta, ha forjado alianzas con China y otros países del Sur Global, usando los BRICS como trinchera antiimperialista.

India emerge como potencia tecnológica, no como subordinada, sino como actor autónomo. Aunque participó en Bretton Woods desde su independencia en 1947, su verdadero despegue llegó tras las reformas de los años 90, cuando supo convertir su capital humano en fuerza productiva global. Hoy, Nueva Delhi equilibra sus relaciones entre Occidente y el bloque multipolar, sin renunciar a su soberanía estratégica ni a su vocación de no alineamiento.

Y finalmente, la quinta hegemonía: Venezuela, potencia energética transversal. No fue casualidad que en 1960 Caracas fuera fundadora de la OPEP. Durante décadas, Venezuela alimentó la máquina industrial estadounidense con su petróleo, mientras recibía a cambio dependencia, intervención y saqueo. Aunque ausente en Bretton Woods, su riqueza energética la convirtió en blanco permanente del imperialismo.

A partir de 2000, el gobierno bolivariano desafió el orden neoliberal, nacionalizando recursos estratégicos y redistribuyendo la renta petrolera. La respuesta del imperio fue brutal: sabotaje económico, guerra híbrida, sanciones criminales y bloqueo financiero. Entre 2017 y 2020, la producción petrolera cayó de 3,5 millones a menos de 500,000 barriles diarios . una destrucción deliberada de la capacidad productiva de un país soberano.

Para 2024, se alcanzaron 850,000 barriles, gracias al esfuerzo heroico de su pueblo y alianzas con naciones que rechazan la ley del más fuerte.

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo más de , lo que la convierte en objetivo estratégico del imperialismo en su fase terminal.

Pero Caracas ya no mira a Washington. Ha girado hacia el Sur Global: China, Rusia, Irán, Turquía y los BRICS son ahora sus socios en la construcción de un nuevo orden energético, justo y soberano.

A mediano plazo, Venezuela puede reactivar su industria petrolera para abastecer a Asia. A largo plazo, su futuro dependerá de su capacidad para diversificar hacia minerales críticos coltán, litio, tierras raras y energías limpias, en un mundo que ya no acepta que el destino de los pueblos lo decidan los bancos de Wall Street.

El mundo contemporáneo ya no gira en torno a una sola superpotencia. La multipolaridad no es un fenómeno geográfico, sino histórico, ideológico y sistémico. Bretton Woods fue el andamiaje del imperialismo financiero del siglo XX. Hoy, ese andamiaje se derrumba bajo el peso de su propia contradicción: la insostenibilidad de un orden basado en la explotación, la guerra y la deuda eterna.

Estados Unidos defiende su hegemonía con drones, sanciones y golpes blandos. China construye rutas de seda alternativas. Rusia resiste con soberanía estratégica. India avanza con autonomía tecnológica. Y Venezuela, a pesar del bloqueo, mantiene en pie su proyecto de liberación nacional.

Es en este contexto que el gobierno criminal y genocida de Estados Unidos ha violado flagrantemente la soberanía de Venezuela, infiltrando mercenarios, financiando traidores y en los ultimosnfias con invasiones directas. Su objetivo no es "democracia", sino el control total de las mayores reservas de petróleo del planeta. Pretende anexar territorios, saquear recursos y convertir a naciones libres en colonias modernas como ya ha intentado con México, Groenlandia y otras regiones del mundo.

Pero el tiempo del imperio se agota. Los pueblos ya no aceptan amos. Y mientras los BRICS crecen, el dólar se debilita y las resistencias se multiplican, queda claro: el colapso sistémico no será del Sur Global, sino del propio imperialismo yanqui.

 

jesuscasta2308@gmail.com



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