Los economistas desarrollistas afirmaban que sus países escaparían de la pobreza

—"Antes de que la Junta Militar tomara el poder, la Argentina (de Perón) tenía menos pobres que Francia o Estados Unidos —sólo un 9% de la población— y una tasa de desempleo de sólo el 4,2%. Ahora el país empezaba a dar muestras de un subdesarrollo que creía haber dejado atrás. El impacto humano fue inconfundible: en un año los salarios perdieron el 40% de su valor, cerraron fábricas y la pobreza se generalizó. Los barrios pobres carecían de agua corriente y enfermedades que podían prevenirse se convertían en epidemias. A mediados de la década de 1970 las desapariciones se habían convertido en el principal instrumento de coerción de la Junta Militar de la Escuela Chicago en el Cono Sur y nadie la utilizó con más entusiasmo que los generales que ocupan el palacio presidencial argentino. Durante su reinado se estima que desaparecieron treinta mil personas. Muchas de ellas, fueron lanzadas desde aviones en las turbias aguas del Río de la Plata".

Hacia la década de 1950 los desarrollista, igual que los keynesianos y los socialdemócratas de los países ricos, podían enorgullecerse de una serie de impresionante éxitos. El laboratorio más avanzado del desarrollismo fue el extremo sur de América Latina, conocido como el Cono Sur: Chile, Argentina, Uruguay y partes de Brasil. El epicentro fue la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina, con sede en Santiago de Chile, dirigida por el economista Raúl Prebisch desde 1950 a 1963. Prebisch formó a economistas en la teoría desarrollista y los envió a que sirvieran de asesores económicos de gobiernos de todo el continente. Los políticos nacionalistas como el argentino Juan Perón pusieron en práctica sus ideas con enorme placer, volcando grandes cantidades de dinero público en infraestructuras como autopistas y fundiciones, ofreciendo a los empresarios locales generosos subsidios para que construyeran fábricas que fabricaran coches o lavadoras y evitando la entrada de productos extranjeros con unos aranceles prohibitivamente altos.

Durante este trepidante período de expansión, el cono Sur empezó a parecerse más a Europa o Norteámerica que a otras partes de América Latinas o del Tercer Mundo. Los trabajadores de las nuevas fábricas fundaron poderosos sindicatos que negociaron salarios de clase media y sus hijos estudiaron en las recién construidas universidades públicas. La enorme distancia entre la élite de club de polo de la región y las masas campesinas empezó a acortarse. En la década de 1950 Argentina tenía la clase media más numerosa de todo el continente y el vecino Uruguay una tasa de alfabetización del 95% y un sistema de sanidad pública gratuita para sus ciudadanos. El desarrollismo consiguió unos éxitos tan indiscutibles durante un tiempo, que el Cono Sur de América Latina se convirtió en un símbolo para los países pobres de todo el mundo; allí estaba la prueba de que si se seguían políticas prácticas e inteligentes y se implementaban de forma agresiva, la brecha de clases entre el Primer y el Tercer Mundo podía de verdad cerrarse.

El éxito de las economías planificadas —en el norte keynesiano y en el sur desarrollistas— supuso una época oscura para para el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago. A los archienemigos de en Harvard, Yale y Oxford los reclutaban presidentes y primeros ministros para que les ayudaran a domar a la bestia del mercado; a casi nadie le interesaban las atrevidas ideas de Friedman sobre dejar que se moviera todavía más libre que antes. Había, sin embargo, unas pocas personas que sí estaban muy interesadas en las ideas de la Escuela de Chicago. Eran pocas, pero muy poderosos.

Para los dirigentes de las multinacionales estadounidenses, que tenían que lidiar con un mundo en desarrollo cada vez más hostil y unos sindicatos cada vez más poderosos en casa, los años de crecimiento de la posguerra fueron una época inquietante. La economía crecía a buen ritmo, se creó mucha riqueza, pero propietarios y accionistas se veían obligados a redistribuir gran parte de esa riqueza a través de los impuestos que gravaban a las empresas y de los salarios de los trabajadores. Era un arreglo con el que a todo el mundo le iba bien, pero un retorno a las reglas anteriores al New Deal podía hacer que a unos pocos les fuera mucho mejor.

La revolución keynesiana contra el "laissez-faire" le estaba saliendo muy cara al sector privado. Lo que hacía falta para recuperar el terreno perdido era claramente una contrarrevolución contra el keynesianismo, un retorno a una forma de capitalismo que tuviera incluso menos trabas que el capitalismo de antes de la Depresión. No era una cruzada que pudiera liderar el propio Wall Street, no en aquel clima. Si Walter Wriston, gerente de Citibank e íntimo amigo de Friedman, se hubiera atrevido a decir que el salario mínimo y los impuestos a las empresas deberían abolirse, le hubieran acusado al instante de ser un explotador. Y ahí es donde entró en juego la Escuela Chicago. Pronto quedó claro que cuando Friedman, que era un matemático brillante y un hábil orador, afirmaba exactamente esas mismas cosas, éstas adquirían un cariz muy distinto. Puede que se rechazaran como equivocadas, pero quedaban imbuidas de un aura de imparcialidad científica. El efecto enormemente beneficioso de hacer que las posiciones de las empresas fueran presentadas en boca de instituciones académicas o cuasi académicas hizo que llovieran donaciones sobre la Escuela de Chicago pero además, en muy poco tiempo, dio a luz a una red global de "think tanks" de derechas que darían cobijo a los soldados de a pie de la contrarrevolución en todo el mundo.

Todo se centraba en el inquebrantable mensaje de Friedman; todo se estropeó con el New Deal. Ahí fue donde tantos países, "incluido el mío, empezaron a ir por el mal camino". Para que los gobiernos volvieran al camino correcto, Friedman, en su popular libro "Capitalismo y libertas", diseñó lo que se convertiría en el manual del libre mercado y que, en Estados Unidos, constituiría el programa económico del movimiento neoconservador.

En primer lugar los gobiernos deben eliminar todas las reglamentaciones y regulaciones que dificulten la acumulación de beneficios. En segundo lugar deben vender todo activo que posean que pudiera ser operado por una empresa y dar beneficios. Y en tercer lugar deben recortar drásticamente los fondos asignados a programas sociales. Dentro de la fórmula de tres partes de desregulación, privatización y recortes, Friedman tenía muchas salvedades. Los impuestos, si tenían que existir, debían ser bajos y ricos y pobres debían pagar la misma tasa fija. Las empresas debían poder vender sus productos en cualquier parte del mundo y los gobiernos no debían hacer el menor esfuerzo por proteger a las industrias o propietarios locales. Todos los precios, también el precio del trabajo, debían ser establecidos por el mercado. El salario mínimo no debía existir. Como cosas a privatizar, Friedman proponía la sanidad, correos, educación, pensiones e incluso los parques nacionales. En resumen, abogaba de forma bastante descarada por el abandono del New Deal, aquella incómoda tregua entre el Estado, las empresas y los trabajadores que habían impedido que se produjera una revolución popular tras la Gran Depresión. La contrarrevolución de la Escuela de Chicago pretendías que los trabajadores devolvieran las medidas de protección que habían ganado y que el Estado abandonara los servicios que ofrecía a sus ciudadanos para suavizar los cantos más afiliados del mercado.

Y pretendía todavía más; quería expropiar lo que el gobiernos y trabajadores habían construidos durante aquellas décadas de febril actividad en el sector de las obras públicas. Los activos que Friedman apremiada a los gobiernos a vender eran el resultado de años de inversiones y "know-how" público, necesarios para construirlos y hacerlos valiosos. Por lo que a Friedman atañía, por una cuestión de principios había que transferir toda aquella riqueza compartida a manos privadas.

Aunque embozada en el lenguaje de las matemáticas y la ciencia, la visión de Friedman coincidía al detalle con los intereses de las grandes multinacionales, que por naturaleza ansiaban nuevos grandes mercados sin trabas. En la primera etapa de la expansión capitalista el colonialismo aportó ese tipo de crecimiento feroz "descubriendo" nuevos territorios y apoderándose de tierras sin pagar por ellas para luego extraer sus riquezas sin compensar a la población local. La guerra que Friedman había declarado contra el "Estado del bienestar" y el "gran gobierno" prometía un nuevo frente de rápido enriquecimiento, sólo que esta vez en lugar de conquistar nuevos territorios la nueva frontera sería el propio Estado, con sus servicios públicos y otros activos subastados por mucho menos dinero del que realmente valían.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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