Arepas tristes y guayoyitos de maíz

El pintor y dibujante, compadre y buen amigo Iván Lira, utiliza un expresión jocosa y graciosa devenida de ese humor cáustico heredado de su grande padre, el poeta inolvidable José Lira Sosa, que es la siguiente: "Eso es más triste que los artículos de José Pérez en aporrea".

Ciertamente nos invade el pesimismo y la queja cuando tiramos la vista y la tinta de la pluma hacia la observancia de hechos y situaciones alto críticas dentro de la realidad material y moral de Venezuela. Sin ánimos de protagonizar interés alguno en la política, el deber ético nos arroja hacia ese pantano cundido de víboras y especies extrañas que no ejecutan en los términos más decentes el ejercicio de las funciones públicas para el agrado del pueblo, su defensa incuestionable, la satisfacción de sus necesidades existenciales, sus servicios básicos y sus derechos elementales. Si bien la propaganda oficial nos baña de las bondades del socialismo utópico, la calle nos revela una aguda y enfermiza realidad de penurias, miserias y hambruna que para nada levantan el ánimo ni socorren la autoestima colectiva. Sólo la buena fe y el aderezo de las resignaciones invencibles mantienen hoy en pie al venezolano común. El mapa nacional es un continuado y prolongado escenario de abatimientos, incapacidades adquisitivas, carencias diezmantes, limitaciones intrahogareñas y familiares, sumado al desconsuelo de un futuro incierto, con tendencia al empeoramiento económico.

Los políticos venezolanos se mofan del pueblo, banalizan las críticas, se obnubilan con el poder, se sirven de la ingenuidad colectiva y se enroscan en una práctica mafiosa que los aleja del interés común. Por mucho que hablen de las comunas, el apoyo de las bases, los comités de cualquier cosa, igual se surten de prebendas, se enriquecen impunemente, atesoran bienes, venden caros sus contactos e influencias, las más de las veces a nombre de la Revolución Bolivariana. Los alcaldes no dan la cara ante las contingencias cotidianas. La mayoría de los gobernadores están ocultos en un limbo misterioso que los hace invisibles. Otros son pequeñas palomas mediáticas que hacen llamados a la paz mientras la muerte nos declara la guerra desde las vísceras.

Muchos jerarcas hacen y mantienen grandes negocios con el hambre de los ciudadanos, con el oro de Guayana, con el petróleo de la Faja del Orinoco, con las importaciones y exportaciones, y los tantos contratos que suscribe el Estado entre sus dependencias y las empresas públicas y privadas. Es una situación real y flagrante de descomposición moral institucional que es vieja costumbre en el país. Al parecer incorregible e insuperable en términos legales, aunque la Fiscalía General de la República y la Contraloría de la Nación hagan su mejor esfuerzo. No aprendemos de los errores del pasado, empeñados en repetirlos por la fuerza mayor de la ignorancia y la impunidad.

Volviendo al titulo de este artículo, lo de las arepas tristes lo digo por varias razones. Ya no se puede adquirir la harina de maíz para hacer ese pan doméstico. El gobierno reguló este insumo a un precio accesible, pero los comerciantes elevaron su costo al mil por ciento. De modo que no es factible adquirir la harina de maíz. Sin embargo, hecho el sacrificio de comprarla a los llamados "bachaqueros", quienes la revenden abiertamente a precios exorbitantes, surge el dilema de poder rellenarla con queso, jamón, mortadela, huevos, sardinas o carne.

La carne de res en Venezuela tiene costes impresionantes. El gobierno la reguló de manera rimbombante en noventa bolívares, pero los precios actuales (después de tres meses de esa regulación), son los siguientes: Bs. 820 en la isla de Margarita, Bs. 650 en Puerto La Cruz, Bs. 700 en El Tigre. Bs, 720 en Caracas, Bs. 740 en Mérida, Bs. 750 en Maracaibo, y así sucesivamente en otras regiones del país. Como agravante de esta miseria existen denuncias desatendidas oficialmente hacia el expendio de carnes de caballo, de burro y de perros.

Recientemente un comerciante ambulante confesó a un diario caraqueño que él vendía carne molida ligada con trozos de res, de gatos y de perros, y que la gente no lo sabía ni advertía la diferencia en el producto. Sencillamente vendía eso para poder hacer plata y subsistir. ¿Cuántas enfermedades se habrán trasmitido hacia el cuerpo humano con esta práctica tan miserable?

Algunos gobernadores de los estados ganaderos de Venezuela zonificaron la compra-venta de esta especie, evitando que los rebaños se exporten internamente hacia otras regiones, con lo cual el setenta por ciento del país queda desabastecido. Esa medida no resuelve el problema. Los ganaderos tuvieron costos muy altos durante el verano de siete de meses de 2018, y con el engorde de sus animales durante los meses agosto-octubre, aspiran recuperar esa inversión del pasado. Por ello, no pueden vender la carne en canal ni la res en pie con precios a pérdida. El Estado demuestra un rotundo fracaso en esta materia e insiste en regular y reprimir al productor con obligaciones nefastas. La fanfarronada de incrementar el poder adquisitivo del venezolano con el nuevo salario mínimo anclado al Petro, a través del concepto del bolívar soberano, empobreció aún más a los venezolanos, y acentuó la usura, la explotación comercial de los pobres, el incremento de las mafias del capital y la escases de los alimentos.

Las bodegas y personas que expenden los productos del Grupo Polar mantienen un modus operandi destinado al matraqueo y al enriquecimiento ilícito. Actúan como delincuentes. De menudo veo en las bodegas que funcionan en casas de familia de Pariaguán, estado Anzoátegui, amparadas bajo la figura de Firmas Personales o F.P., recibir treinta, cuarenta o más pacas de harina de maíz, grandes recipientes de aceite comestible y otros tipos de productos de la canasta alimenticia, de los cuales sólo venden a los vecinos, mediante listas y números, el 20% apenas de esa mercancía.

Eso lo hacen sólo para que la Guardia Nacional se crea el cuento de que los insumos serán adquiridos por el pueblo necesitado. Por ello, me he tenido que pelear varias veces con estos bodegueros miserables cuando me dicen "ya todo se acabó". El resto de las pacas de arroz o harina, el aceite, la mantequilla o los detergentes lo venden al 1.000% a los ricos, a bachaqueros y empresas con los que mantienen previamente acuerdos. De esta manera esas personas se lucran fácilmente con el dolor y el hambre de su propia comunidad. ¿Qué tipo de venezolanos son estas ratas de albañal?

El Grupo Polar le vende su mercancía a muchas areperas y empanaderas que ya no existen, pero que mantienen activa la licencia de comercio para adquirir sus productos y hacerse del gran negocio de revenderlos. Toda una red de usura que actúa impunemente. No hay supervisión gubernamental en ese sentido. No existen controles ni registros oficiales para mermar el dolo. Por eso es que los productos del Grupo Polar se han constituido en el principal impulsor de la hiperinflación en relación con los alimentos regulados.

Otro tipo de viveza criolla está relacionada con el café. Resulta muy extraño conseguir algo de café cien por ciento puro. Existe todo un mecanismo de engaño al respecto. Por ejemplo, la harina de maíz es tostada en algún caldero casero y luego molida para venderla como café. Incluso, venden la harina de maíz tostada, directamente como café, sin molerla. Ese es el café de maíz. Igualmente, tuestan y muelen las semillas de brusca, un arbusto silvestre, apareciendo así el café de brusca, lo mismo que el café de arroz cuando tuestan y muelen el arroz.

Por ello, las arepas tristes de los venezolanos, mi querido Iván Lira, pueden estar aderezadas con carne de caballo o de perro, con su respectivo guayoyito de maíz, brusca o arroz. Y no me meto con el queso, hermano, porque los cuentos que hay acerca de los quesos son para no volver a comprarlo jamás. Pero Sanidad ni pendiente de todo esto. Como es bien sabido, en Venezuela la sanidad no existe en términos institucionales. Un fajo de billetes en cualquier oficina pública permite que cualquier porquería para el consumo humano luzca saludable, legal y óptima para la venta. De hecho, la leche en polvo se vende ligada con cemento y cal, la leche líquida ligada con agua sucia y los frijoles con piedras. Así sucesivamente. Realmente comemos cualquier porquería porque no tenemos opciones.

El precio del pescado de río o agua dulce promedia los cuatrocientos bolívares y en la isla de Margarita el pargo, la sierra y la catalana cuestan seiscientos el kilo; el atún aleta amarilla está en quinientos bolívares, la cabaña en trescientos, la cachúa en doscientos cincuenta y la pepitona en doscientos. Las verduras y los aliños no dan tregua ni para el consuelo de una sopa clara y transparente.

Las costumbres culinarias del venezolano tendrán que someterse a juro a la esperanza del Petro y del oro, mientras el famoso programa de recuperación económica 2018-3018, promovido por la revolución bolivariana nuestra como salida a la guerra económica y otras guerras de guerras, permite la ilusión de parar de sufrir dentro de cien años, mientras nuestra querida República Bolivariana de Venezuela, a la edad de 19 años, por su nuevo y flamante nombre, se llena de espectros vivientes en sus calles, sus barrios, sus comarcas, ciudades, campos y montañas. Cabe decir también, en sus islas, pero en las islas somos fantasmas del olvido desde hace siglos.

Hermano Iván, píntame angelitos rojos, rojos rojitos, con la tinta sangre de nuestros estómagos explotados. Y hagamos una bandera de amor para poder creer en algo, manque sea en nosotros mismos.

¡Umjú! ¡Tieemmpos de agua!!!



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José Pérez

Profesor Universitario. Investigador, poeta y narrador. Licenciado en Letras. Doctor en Filología Hispánica. Columnista de opinión y articulista de prensa desde 1983. Autor de los libros Cosmovisión del somari, Pájaro de mar por tiera, Como ojo de pez, En canto de Guanipa, Páginas de abordo, Fombona rugido de tigre, entre otros. Galardonado en 14 certámenes literarios.

 elpoetajotape@gmail.com

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