María Corina llegó al final

No podemos ser tan mezquinos como para no reconocer que la mujer le echó bolas, quizás por su locura mas que por su cordura pero le puso ganas a su plan.

María Corina Machado arrastró gente, no se lo podemos negar, que quería salir del chavismo y que la siguió como aquel famoso flautista (Seamos sinceros) muchos roedores la seguían en primera fila y detrás de ellos un pueblo manipulado en su esperanza genuina, oyendo sus trinos como si de cantos de sirena se tratara.

La mujer llegó al tope de las alturas del poder mundial y fue impulsada por esos poderosos en su lucha por conquistar el trono de hierro, bauxita, tierras raras, oro y, por sobre todas las cosas, petróleo.

Dragones lanzando fuego fueron enviados a Caracas, La guaira y Maracay para secuestrar al presidente, llevándose con él, además de a la primera dama a mas de cien almas de venezolanos y cubanos que ahora son héroes de la patria. María Corina, desde una colina de nuestros tiempos, observó ese ataque de nuestros tiempos y celebró lo que creyó ser su inminente llegada al poder, su galardón, el premio a su constancia, su fin de la lucha y su inicio de la conquista.

Pero nada le saldría como esperaba pues en el panorama actual de la crisis venezolana, figuras como ella, que emergieron como símbolos de esperanza y resistencia para un amplio sector de la población, limitaron su accionar a un rol mas inspirador que operativo en la resolución del conflicto.

Las dinámicas internacionales, particularmente bajo la visión de la administración Trump, revelan que las decisiones clave se toman en canales paralelos, alineados con intereses pragmáticos que priorizan la estabilidad y el control efectivo del territorio.

La estructura liderada por la Machado, aunque efectiva en movilizar multitudes y generar un discurso motivador, no se percibe como preparada para asumir responsabilidades críticas como la gestión de la seguridad, la industria petrolera o las instituciones estatales en un contexto de colapso total.

Movilizar apoyo popular es una cosa, pero reconstruir un Estado en ruinas requiere capacidades técnicas y operativas que van más allá de la popularidad.

En intervenciones recientes, como la de Marco Rubio, se ha destacado que Washington enfoca su estrategia en tres ejes principales para manejar Venezuela: control armado, estabilidad territorial y negociación directa con actores que ya detentan poder. En este esquema, ni MCM ni otras figuras opositoras tradicionales encajan, ya que se opta por dialogar con quienes garantizan resultados inmediatos, en lugar de apostar por una oposición civil frágil y dependiente de carisma personal.

Para Estados Unidos, la clave reside en la realpolitik: asegurar el flujo de petróleo, renegociar deudas y contrarrestar influencias externas como las de potencias rivales, por lo que apostar por un liderazgo percibido como inestable o rodeado de aliados cuestionados representa un riesgo innecesario.

Los comentarios elogiosos hacia MCM, como su inteligencia o accesibilidad o simpatía(¿?) que han lanzado tanto Trump como Marco Rubio, quedan en el plano superficial, como líneas de "lo político" pero que no podrían estar mas lejos de "la política" que están ejecutando; la diplomacia real la relega a un segundo plano, priorizando intervenciones técnicas directas sobre el terreno venezolano. Frases como "pronto regresaré a Venezuela" "La lucha es hasta el final" "Está pasando" se suman a un historial de promesas incumplidas, similares a las que rodearon la supuesta transición "Edmundo se juramenta el 10" entre otras. Estas narrativas mantienen viva la ilusión de los ilusos, pero no alteran la realidad operativa.

Trump mide el éxito en métricas concretas: producción energética estable, seguridad regional y eliminación de amenazas geopolíticas. En este enfoque, un perfil carente de robustez técnica para manejar un país en caos no es viable. El pragmatismo dicta negociar con quienes controlan las armas y el territorio hoy, en vez de idealizar un cambio basado en liderazgos de utilería.

Venezuela con esa oposición fracasada que, por fin, pareciera llegar a su final, ha perdido oportunidades por decisiones imprudentes, llevando al punto actual donde el control opositor que interactúa con el gobierno pasó a manos externas. El país se inserta en un mundo en transformación, donde su rol estratégico demanda acciones decisivas, no solo discursos. Esta es la píldora amarga: el romanticismo político cede ante la necesidad de resultados tangibles.

El fraude del 28 de julio, vendido como triunfo simbólico, no cambia el tablero; las reglas han evolucionado, y con ellas, las prioridades globales, esta misma situación deja en evidencia, para quienes aun mantenían la tesis de un Edmundo ganando elecciones, que las tales actas son impresentables por lo chimbo de su elaboración. Si tuvieran como comprobar su triunfo, al disiparse el humo del ataque hubieran ido corriendo a mostrárselas a Trump a fin de ser reconocidos por él, pero que va: Mejor ni hablan de eso.

El fin de esa oposición les llegó de golpe, si algo ganamos en esta gigantesca perdida fue el, por fin, deslastrarnos de esa oposición. María Corina y sus acólitos obtuvieron con el bombardeo miserable a su país lo que se pudiera considerar una victoria pírrica, salieron de Maduro (Por ahora) pero perdieron hasta el modo de caminar.



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Oscar Jiménez


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