Contra el rearme

Trump continúa con sus amenazas. A Venezuela se le suma ahora Groenlandia. La fuerza militar descomunal de la que dispone, su despliegue por todo el globo y la posición de privilegio que mantiene el dólar en el intercambio comercial y finanzas mundiales tapan muchos de los problemas de falta de competitividad de la economía más poderosa del planeta. Se trata de dificultades que su política imperialista carga, por mil caminos, sobre el resto de los habitantes del planeta. Es el precio que pagamos al imperio por su dominio.

Hasta ahora ese tributo circulaba, sobre todo, por las venas de las organizaciones internacionales (FMI, BM, OCM) o NNUU y su jerigonza diplomática creada a partir de las cuotas de poder heredadas de la Segunda Guerra Mundial. Hoy ya no es así.

El pasado 8 de enero, EEUU abandonó 66 organizaciones internacionales, 31 de ellas dependientes de NNUU. Los viejos espacios caen o pierden peso ante el empuje, esencialmente militar, de los EEUU y su necesidad de redefinir las áreas de influencia y, con ello, el control de los recursos por una vía mucho más directa.

Lo vemos en Caracas, de donde ya han salido hacia Washington miles de barriles de petróleo. El amedrentamiento no para y se extiende sobre México, Colombia, Canadá o Cuba.

En Irán, mientras el pueblo paga con más de 500 vidas y más de 11 mil detenidos su revuelta por la libertad, ante la carestía y contra el régimen de los ayatolás, Trump y Netanyahu se preparan para bombardear y amenazan con colocar un gobierno títere de la mano de los Pahlavi. Quieren el petróleo y afianzar su plan antipalestino.

Ante la enorme dosis de violencia existente y ante la que se anuncia, las oligarquías imperialistas europeas y la UE, divididas y muy paralizadas, se afanan en grandilocuentes discursos sobre una legalidad internacional que no aplican al genocidio en Gaza o ante la situación de la población groenlandesa, que lucha para que se respete su voluntad ante Dinamarca y los EEUU.

En medio de este nuevo reparto, las oligarquías europeas, las que más pierden entre las potencias, resultan incapaces de superar el marco de sus respectivas políticas nacionales; es decir, las que representan los intereses de la burguesía de cada Estado y su lugar en el concierto del capitalismo mundial y su cadena de valor.

Nadie se fía de nadie en la UE. Cada Estado busca su propio camino. La UE no marca una propuesta común más allá de aumentar la partida de seguridad y defensa hasta los 2.803 millones de euros en 2026. Por el contrario, los fondos de cohesión, destinados a requilibrar territorios y mantener población y servicios, se recortan en 6 mil millones, lo que aumentará la desigualdad territorial.

La seguridad de la población en Europa no vendrá del rearme de los gobiernos; al contrario. Más bombas traerán más guerra. Los trabajadores y los pueblos europeos debemos movilizarnos por la paz, por las libertades y la democracia contra toda limitación. Nuestra voz es la única capaz de garantizar la libertad, la igualdad y la soberanía, porque es la que puede abrir la puerta al socialismo, al fin del capitalismo y su orden de guerra, barbarie y explotación.



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