y la enfermedad de Chávez

Los 20 años del 4-F, el sacudón anticapitalista de 1989

La rebelión militar revolucionaria del 4 de febrero de 1992, fue el segundo “electroshock” que recibimos como país en menos de tres años: un grupo castrense comandando por el Teniente Coronel, Hugo Chávez Frías, se alzó en armas contra el “establishment” anquilosado perpetuado por el Pacto de Punto Fijo. La “segunda dictadura perfecta” –copiada del infame Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano- había cumplido 34 años el 23 de enero de 1992 y una madrugada bastó para que dejara de ser “la niña de los ojos” del Departamento de Estado. C’est-á-dire, perdimos el “glamour”; por mera casualidad, un equipo de prensa extranjera capturaba las imágenes de una tanqueta tratando de entrar a Miraflores y luego éste llevaba el testimonio en video a la sede de RCTV, en Quinta Crespo, con lo cual el canal de Bárcenas tuvo la primicia gráfica de la inédita intentona.
 
Pocas horas después, la jauría política adeco-copeyana condenaba el “atentado contra la democracia” y “las instituciones” en interminables transmisiones radioeléctricas propaladas por la superestructura burguesa, para lavarle la faz a la funesta alianza de “la guanábana”. Desde el “Caracazo”, en 1989, Venezuela había cambiado pero ellos ni se habían dado cuenta: el apoyo popular a los partidos hegemónicos estaba erosionado desde hacía bastante tiempo, debido a la ineficiencia en la gestión pública y la abyecta corrupción. El estamento militar progresista no era indiferente a ello.
 
El MBR-200 (Movimiento Bolivariano Revolucionario-200) hizo vida dentro de un entramado, de por sí, reaccionario. Si bien las fuerzas armadas son el aparato disuasivo-represivo del Estado burgués para desmovilizar a las masas y apartarlas de las sendas de la subversión ciudadana, éstas también pueden coadyuvar –en determinadas circunstancias- en el impulso a movimientos revolucionarios dentro de las sociedades. El paradigma más cercano que tenemos –de lo anterior- es el de la Revolución de los Claveles, acaecida en Portugal el 25 de abril de 1974, la cual dio al traste con la férrea dictadura de Antonio de Oliveira Salazar en la nación lusa. Independientemente de la traición de Mario Soares y del Partido Socialista portugués a la motivación inicial del “25 de abril”, los factores marxistas dentro del Ejército fueron la mecha que incendió Lisboa y sus alrededores con el verbo “de ruptura” anticapitalista de los jóvenes capitanes de Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA). El hecho de que un grupo de militares se atreviese a desafiar el “orden establecido” en Venezuela, a pesar de que éstos no se declararan marxistas o “progresistas”, era ya un síntoma revolucionario y –a la vez- un elemento de desquiciante preocupación para la plutocracia local arrodillada al Imperio estadounidense.
 
 
Quizás el error que nunca se perdonará la mafia adeco-copeyana será el haber sacado al aire –en vivo y directo- al Comandante Chávez, con el pretexto de que éste hiciera un llamado a los alzados en armas y se rindieran. En una magistral y brevísima pieza discursiva de gallardía, el cabecilla de la acción asumía la autoría del acontecimiento mientras deslizaba un punzante “por ahora” que retumbaría –por años- en el inconsciente colectivo venezolano. Lo de Chávez fue un reto al putrefacto andamiaje edificado por Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, a principios del decenio de 1960. La aparente claudicación de Chávez era una rotunda victoria en sí: en la orfandad de las derrotas el asumió –sin tapujos- la paternidad de una de ellas. La clase política del puntofijismo era un “collage” de poses forzadas, medias verdades, verborreas inocuas y elusión de responsabilidades políticas. Chávez aceptó su adversidad y la convirtió en una oportunidad única para acabar con el aletargamiento de las masas. El 4 de febrero fue para el Comandante lo que el Cuartel Moncada, de 1953, significó para Fidel: la Historia se ha encargado de absolverlos a ambos.
 
 
¿REBELIÓN MILITAR O GOLPE DE ESTADO? LA SEMÁNTICA DE LA BURGUESÍA
 
Desde 1992 se han utilizado cualquiera clase de argumentos de cafetería para descalificar la rebelión militar del 4-F, a pesar de que muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras por la “democracia representativa”, celebraron histéricos la irrupción de Chávez como militar sublevado. Algunos espetan que la fecha de marras no puede celebrarse porque hubo muertos. Otros arguyen que se trató de un vulgar “golpe de milicos”. Habrá que explicarles dos cosas:
 
a) Si el 4-F hubo una insurrección militar, ¿cómo no iba a haber muertos? Si existían dos bandos en pugna –rebeldes y leales- ¿cómo éstos no iban a enfrentarse? En una guerra -y el 4-F se asemejó bastante a una- hay heridos y muertos, es inevitable. Si diéramos por justa la condena al 4-F porque hubo decesos, también deberíamos culpar a Simón Bolívar por los caídos en la Guerra de Independencia o execrar al Che por los occisos de la guerra de guerrillas emprendida desde la Sierra Maestra. Peor aún, como el 24 de junio de 1821 hubo muertos en la Batalla de Carabobo, ya no podríamos celebrar más tan icónica fecha. De estúpidos, ¿no? Lo relevante es el significado histórico de las efemérides y su innegable influencia en nuestro presente liberador.
 
b) Técnicamente, Hugo Chávez y sus compañeros no pueden ser acusados de “golpistas”, ya que nunca consumaron el control de la sede de gobierno y tampoco depusieron al Jefe de Estado en ejercicio. Por ello se habla de “insurrección” y no de “golpe”. Para muestra, un botón: el único que el 4-F se atrevió a acusar de “golpistas” a los militares patriotas fue el mafioso de David Morales Bello (AD), en el extinto Congreso Nacional. En los medios de comunicación del “establishment”, incluida Venezolana de Televisión (VTV), las frases de rigor eran: “soldados rebeldes” y “soldados leales”. Nunca oímos el vocablo “golpistas”. ¡Vamos más allá! En el expediente castrense abierto a Chávez y sus compañeros de armas, después de la asonada del 4-F, la acusación formulada es la de “rebelión militar”. Lo de “golpistas” no aparece por ningún recoveco del citado texto legal. Por el contrario, el 11 de abril de 2002 sí fue un Golpe de Estado, debido a que se capturó la sede de gobierno y se defenestró –por 47 horas- al Jefe de Estado en funciones. ¿Habrán entendido –por fin- los “loritos” de la derecha vernácula?
 
 
EL “SACUDÓN” O “CARACAZO”: EL GÉNESIS DE LA REVOLUCIÓN
 
El 27 de febrero de 1989 fue el “corrientazo” inicial -hasta la médula- que experimentamos como gentilicio. Atrás habían quedado los deshilachados calendarios de la Venezuela Saudita; del “ta’ barato, dame dos”; del encender un cigarrillo con un “Benjamín”; y de hacer mercado (despensa) en Miami. La nación entera aterrizó de “barriga” en el ámbito del Tercer Mundo a finales de la década de 1980. Hasta esa reveladora jornada de febrero, muchos todavía se creían en el Primer Mundo y volteaban hacia otro lado para ignorar la estridente pobreza que rozaba el 80% de la población, en 1988. La devaluación del bolívar, ocurrida el 18 de febrero de 1983, desató en Venezuela una espiral inflacionaria sin precedentes y el poder adquisitivo de la clase trabajadora cayó de manera estrepitosa. Aunado a ello, se instauraron dos fenómenos desconocidos hasta esa época: la especulación y la escasez artificial (acaparamiento).
 
La desesperación de millones de compatriotas se acrecentaba: los sueldos no alcanzaban, los productos se encarecían cada vez más y lo poco que se podía adquirir con el salario mínimo, lo escondían los empresarios y comerciantes parásitos. No era gratuita la conspiración económica de la burguesía contra el pueblo: después de 1983 ésta cayó en cuenta de que era más provechoso acaparar y especular –hasta lograr alzas constantes de los precios- que seguir las reglas “decentes” del mercado capitalista. Con la especulación y el acaparamiento de productos se invertía lo mínimo en la manufactura de bienes y se extraía la máxima plusvalía imaginable.
 
En diciembre de 1988, Carlos Andrés Pérez (CAP) ganó las elecciones presidenciales y Acción Democrática obtenía un segundo mandato consecutivo. CAP evocaba la era de la bonanza petrolera y el derroche, lo cual fue un mensaje subyacente muy atractivo para vastos sectores de la clase trabajadora y las capas medias. Las políticas pseudopopulistas de Pérez, en su primer gobierno (1974-1979), le endilgaron una imagen de papá “bonachón” y éstas eran un referente crónico de esa obscena perorata adeca del “robar y dejar robar”.
 
Pero la “luna de miel” de CAP con las masas duró poco: venderse al Fondo Monetario Internacional (FMI) salió caro a su reputación de adeco “buena gente”. La aplicación de un paquete de ajuste del organismo multilateral hizo estallar a un pueblo hastiado de la inflación (de 80% en 1989), la especulación y el boicot patronal de bienes de consumo prioritario. La gota “neoliberal” desbordó la paciencia de los más desposeídos y la hecatombe no se hizo aguardar: el ajuste de tarifas de electricidad, agua y telefonía básica (+40%), junto con el aumento de la gasolina, provocaron una impactante rebelión popular contra el puntofijismo. Se había roto la “vitrina” de la democracia pitiyanqui en América Latina y se desvelaba el país “de mentirita” que nos machacaban desde los mecanismos de propaganda de la superestructura capitalista. La leyenda se evaporó en cuestión de horas: las revueltas civiles y los saqueos estremecían el país donde “nunca pasaba nada”.
 
El saqueo de establecimientos y centros comerciales, lejos de ser un acto vandálico, era un manifiesto político involuntario y ambulante del “hoi-poloi” en contra de los explotadores que escamoteaban la mercancía necesaria para el sustento de millones de familias. El martes 28 de febrero en horas de la tarde -y ante el apagón informativo reinante en los medios locales- decidimos sintonizar Z-86 (860kHz) y Radio Hoyer 2 (105.1MHz), ambas localizadas en la isla de Curazao, y escuchamos algo que reflejaba la gravedad de los acontecimientos de 1989: las protestas en Venezuela eran las más multitudinarias y violentas desde la caída de Marcos Pérez Jiménez, en 1958.
 
La brutal represión del Estado burgués con el objetivo de aplastar a las masas, no tuvo compasión. El exterminio de más de tres mil venezolanos, en febrero de 1989, escribió la partida de defunción del Pacto de Punto Fijo y sepultó al binomio partidista más influyente del “Ancien Régime”, Acción Democrática y COPEI, en la necrópolis de la ignominia. El ex Ministro de Defensa de CAP, Itallo Del Valle Alliegro, sacralizado por los aparatos de propaganda, fue la simbología nefasta del poderío militar avasallante sobre la clase trabajadora y los más desposeídos. Chávez y sus soldados rebeldes, el 4-F, hicieron una enmienda histórica a la Fuerza Armada y mostraron –una vez más- la potencialidad revolucionaria que yace al acecho en el ámbito castrense de cualquiera nación de la Tierra.
 
 
CHÁVEZ ES HOMBRE DE ADVERSIDADES: DEL 4-F AL CÁNCER
 
El Comandante Chávez ha demostrado crecerse en las coyunturas dramáticas y sortearlas a su favor: enfrentó con valentía la derrota del 4-F, su posterior reclusión y –finalmente- cimentó el camino electoral para el triunfo en 1998. El año pasado superó con creces su convalecencia por el tumor cancerígeno en la región pélvica y ha brindado signos inequívocos de buena salud. Verbigracia, su alocución de más de nueve horas ante la Asamblea Nacional es una prueba contundente de lo pretérito. El reciente anuncio del Líder de la Revolución acerca de una nueva intervención quirúrgica con el fin de retirar una lesión, no nos preocupó en demasía. Él es el hombre de los retos. Confiamos, desde el primer instante, en su rápida recuperación y “Kronos” nos ha otorgado la certitud de ello.
 
Al igual que el año pasado, la plutocracia ha forjado la resurrección de un novel flanco de ataque contra el proceso bolivariano: la supuesta “salud deteriorada” de Chávez. Ante la imposibilidad de ganar las elecciones del venidero 7 de octubre, la burguesía echa mano de la guerra sucia para torpedear la inminente reelección del Comandante. Hoy, como ayer, la oligarquía se topará con un Chávez vigoroso, radical e infatigable.
 
Desde luego, la autocrítica inexorable es que no deberíamos depender de nuestro Líder por los siglos de los siglos. Imperativo es consagrarse a la formación de cuadros sólidos dentro de los partidos del Gran Polo Patriótico y de líderes populares indiscutibles que engrosen la perentoria vanguardia revolucionaria del presente, del futuro. Anclarse en las antípodas de lo anterior sería traicionar –con alevosía- el espíritu del “Caracazo” y del 4-F. Chávez lo sabe. Sólo así nuestro proceso será realmente indestructible.              
 
ADÁN GONZÁLEZ LIENDO
 
PD. Aprovechamos este espacio para lamentar –tardíamente- la irreparable pérdida del profesor universitario, diputado y Procurador General de la República, Carlos Escarrá. Un duro golpe a nuestra trinchera. La claridad y consistencia de sus análisis nos acompañarán hasta el final del combate. ¡Viva Carlos!  


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Adan Gonzalez Liendo

Traductor, corrector de estilo y locutor

 elinodoro@yahoo.com      @rpkampuchea

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