Y sin embargo, aquello me gustaba

¡Da pena y risa recordar cuántas dolorosas humillaciones, cuántos agravios y zozobras me proporcionó aquella pasión mía por la lectura, surgida tan de repente!

Los libros me parecían terriblemente caros y, temeroso de que la vieja de la pensión los quemase en el horno, procuraba apartarlos de mi pensamiento, empecé a tomar prestados unos pequeños libritos de diversos colores, en la tienda donde compraba el pan de las mañanas. Por las tardes su tienda era punto de reunión para los mozalbetes y mozuelas, ligeras de cascos, de la calle. Con frecuencia, en la angosta y pequeña trastienda, a la bobalicona y arrebolada mujer del tendero sentada sobre las rodillas de algún otro joven.

Ni que decir tiene que aquello me apenó, pero el deseo de leer si hizo aún más fuerte. Yo comprendía que si a aquella casa llegase un santo, los maestros empezarían a darnos lecciones, a reformarlo a su manera; lo harían por aburrimiento. Si dejasen de censurar al pueblo, de gritarle, de mofarse de ellos, perderían el uso de la palabra, quedarían aletargados, sin ver nada, ni siquiera a sí mismos. Para que un ser humano se diera cuenta de que existía, era preciso que tuviese algún trato con el pueblo. Los profesores no sabían tratar al prójimo más que en plan de mentores, censurando siempre, e incluso en el caso de que alguien empezara a vivir igual que ellos, a pensar y sentir lo mismo, de todos modos le censurarían por hacerlo. Que así son tales gentes.

No me gusta leer en voz alta, porque ello me impide comprender lo que leo; pero los profesores escuchan atentamente, con cierta respetuosa unción, lanzan exclamaciones, se asombran de la maldad de los protagonistas y se dicen con orgullo unos a otros:

—En cambio nosotros vivimos en santa paz, tranquilamente, sin saber nada de nada, ¡gracias a Dios!

En las líneas explicativas de las ilustraciones se habla, con palabras comprensibles, de otros países y de otros hombres, se refieren diversos acontecimientos del pasado y del presente; muchas son las cosas que y no comprendo, e ello me hace sufrir. A veces, en el cerebro se clavan unos vocablos raros —"metafísica", "chiliasmo", "cartista"— que me hacen sentir una inquietud insoportable; se agrandan monstruosamente, lo tapan todo, y a mí me parece que, si no logro desentrañarlos, nunca comprenderé nada, pues precisamente ellos se alzan como guardianes en el umbral de todos los misterios. A menudo, frases enteras permanecen largo tiempo hincadas en mi memoria, como una espina en un dedo, impidiéndome pensar en otra cosa.

Recuerdo haber leído unos versos extraños:

Cubierto de acero, por tierras sin vida,

sombrío y silencioso como una tumba fría,

marcha el rey de los hunos. Atila…

En pos de él, como una negra nube, caminan sus guerreros, gritando:

¿Dónde está Roma, la Roma poderosa?

Roma es una ciudad, esto y lo sé yo, ¿pero quiénes son los hunos? Hay que enterarse de ello sin falta. Aprovechando un momento propicio, se lo pregunto al profesor.

—¿Los hunos? —repi te con asombro—. ¡El diablo sabe lo que es eso! Seguramente, alguna majadería…

Y menea desaprobatorio la cabeza.

—Entonces decidí que aquello de los hunos era preciso preguntarlo en la farmacia, al boticario; tenía cara de hombre inteligente, unas gafas de oro cabalgaban sobre su gran nariz, y siempre me miraba cariñoso.

—Los hunos —me dijo el boticario— eran un pueblo nómada, algo así como los kirguises. El pueblo ese ya no existe, pereció todo él.

Sentí pena y enojo, no porque los hunos hubieran perecido, sino porque el significado de aquella palabra, que me había atormentado durante mucho tiempo, resultaba ser tan sencillo y no me daba ninguna luz.

No obstante, quedé muy reconocido a los hunos, pues, a raíz de topar con ellos, las palabras empezaron a inquietarme cada vez menos y, gracias a Atila.

—Los libros me muestran otra vida, la vida de los grandes sentimientos y deseos que impulsan a los hombres a realizar hazañas o a cometer crímenes. Yo veo que la gente que me rodea es incapaz de la hazaña y del crimen, viven en lugar aparte, al margen de todo lo que escriben los libros, y es difícil comprender qué hay de interesante en sus vidas.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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