Del país profundo: Marc De Civrieux, un sabio enamorado del rio Orinoco

En un principio, la universidad cumanesa se atrevió a tanto en el siglo veinte, que la única forma de garantizar la entrada de docentes a las aulas, sería reforzando su búsqueda en Europa, Asia, Norteamérica, además de países latinoamericanos y caribeños. Su misión inicial estuvo determinada por esa huella de las corrientes culturales a la que pertenecían los distintos catedráticos sumados a la tarea fundadora de “la casa más alta” del Oriente. Al comenzar los años setenta, el centro de estudios superiores se había consolidado no solo en Cumaná. Surgieron núcleos en Anzoátegui, Monagas, Bolívar y Nueva Esparta, pero el núcleo de Sucre, abierto desde un comienzo a esta experiencia migratoria, continuaría como el principal referente del nuevo proceso educativo.

Durante nuestra permanencia en la universidad de Cerro Colorado, mantuvimos especial trato con varios de los maestros que venían de lejos y que destacaron por su obra de creación en aquel tiempo. De esa lista de los que ya no están, salta a la memoria la imagen fresca de un conocido estudioso de la etnobotánica, formado en la Universidad de Madras, la India, con asombrosos avances sobre el conocimiento de nuevos métodos curativos a través del uso de plantas medicinales. Fue el caso doctor Keshava Bhat, quien se mantuvo en la Universidad de Oriente desde 1969 hasta 1987, dejando grandes aportes para el país y el mundo a través de sus trabajos científicos. Se hicieron frecuentes nuestros encuentros en la propia sede universitaria de Cumaná, o en la famosa Chara Chacra, que fundó para atender gratuitamente de sábado en sábado a miles de personas que recuperaron salud y bienestar. Un verdadero sabio que además hablaba numerosos idiomas, entre ellos el sánscrito. Así como nos referimos al doctor Bhat, al usar la palabra sabio, podemos extender aquí la familiar historia de otro políglota nacido en Niza, Francia, en 1919, y quien se incorporaría a esta universidad desde el año 1966, hasta el momento de su jubilación en 1980. Nos referimos a Jean Marc De Sellier Civrieux. Sus aportes al estudio y reconocimiento de nuestras culturas de raíz tradicional, han sido únicos.

Civrieux, como le llamábamos, Civrieux, o algunas veces Marcos, había llegado a Venezuela mucho antes del proyecto universitario de oriente. Sería el año 1938, cuando la crisis de la guerra en Europa, lo empuja junto a su madre a las costas de nuestro mar Caribe en busca de refugio. En Caracas estudia geología y se gradúa con calificación Magna Cum Laude en la Universidad Central de Venezuela un 18 de octubre de 1945. Esperaba junto a sus compañeros de promoción al presidente Isaías Medina Angarita en el Trapiche de la Hacienda Ibarra, para la entrega del títulos y condecoraciones, pero nunca llegó, los cuarteles estaban sublevados ese día. Muy pronto Civrieux se enamoraría de Guayana, del Orinoco, del Amazonas. La geología de campo llegó a hacerla entre las minas de oro del sur, y con un amigo parisino, seducido por las mariposas, René Lichy, emprende una experiencia única, la de seguir la ruta que el naturalista alemán Alejandro de Humbold trazó hacia los ríos Casiquiare y Guainía. Era el año 1947 y con el apoyo de los hermanos Suzzarini que les facilitaron una embarcación con motor fuera de borda y unos buenos ayudantes indígenas, Civrieux y Lichy remontaron el Orinoco hacia la bifurcación del Casiquiare, navegando hacia el alto río Negro hasta Yavita, donde vivían comunidades Baniva y volviendo por el río Atabapo. Similar recorrido hicieron Humbolt y Bonpland en 1800, y ahora, en manos de estos dos nuevos exploradores, el viaje permitió una serie sucesiva de reportajes periodísticos sobre la experiencia, bajo el título “El Orinoco y el Amazonas se dan la mano”. Un año más tarde los dos amigos franceses se adentran a la selva amazónica para buscar la montaña más alta del territorio, el cerro Mará’huaka, el gran tepuy de paredes verticales interminables. Fue allí donde Marc de Civrieux, tendría un primer contacto con pueblos Makiritare (Yekuana) que le marcarán de manera determinante para emprender el futuro proyecto de uno de sus libros más editados, “Watunna/ mitología makiritare”. De ese viaje también surgirá el anteproyecto de la expedición a las fuentes del Orinoco, presentado al Ministerio de Defensa Nacional en el año 1949 y materializada luego con la incorporación de otros científicos, teniendo como jefe de la expedición al Mayor Frank Rísquez. Era el año 1951 y allí iban de nuevo Civrieux y Lichy, pero por diversas circunstancias, estos dos amigos no pudieron llegar a las propias cabeceras del río padre.

Marc de Civrieux sale del país repetidas veces y por varios años. Desarrolla investigaciones en México, en la península de Yucatán, al norte de Guatemala, donde los mayas establecieron las primeras ciudades, allí se dedica a estudiar las características de comunidades que tienen en la historia del Popol Vuh su referencia más significativa y antigua. Permanece un tiempo en la India, interesado en estudiar idiomas antiguos como el sánscrito y se establece junto a la orilla del río Ganges, en el áshram famoso de Swami Shivananda, maestro espiritual y gurú induista del que se hace su discípulo en esta escuela de curaciones. Además de México y la India Civrieux trabajó en Turquía en el instituto Minero y Petrolero como asesor en Estatigrafía y Micropaleontología, que son sus especialidades geológicas, y entre el Medio Oriente y el Asia Menor prosigue estudiando el gran significado de las culturas autóctonas. Armenia, Israel, Ucrania, formarían parte de tal recorrido. Es allí, durante su estancia en aquella región, cuando decide volver a Venezuela para incorporarse a la Universidad de Oriente, institución que cubre todos los gastos de su viaje al país, incluido el traslado de su biblioteca científica. Empieza el año 1966. Ocupa cargos docentes y de Director de la Escuela de Geología y Minas, antes de asumir el laboratorio de Paleontología del Instituto Oceanográfico en Cumaná, dedicado esencialmente al estudio de los foraminíferos que viven en el fondo del mar y permiten determinar la edad de las formaciones geológicas. Es un apasionado investigador de estos microseres marinos, de los cuales descubre nuevos géneros y especies en las costas del Caribe. Una seleccionada obra escrita y numerosos informes, dan fe de la importancia de sus estudios ecológicos.

De nuestro primer encuentro con Marc en su residencia de Cumaná, lo recuerdo, un día sábado de marzo, 1975, me llamó poderosamente la atención la presencia de una hermosa cerbatana entre tantos objetos de sus colecciones. Me habló de la leyenda existente a su alrededor entre los pueblos Yekuana. Era un bambú que no tenía nudos y que crece solamente al pie de un tepuy, el Mará’huaka, nos iba diciendo, mientras buscaba su yesquero plateado marca zippo para encender otro marlboro. Fumaba y hablaba de la cantidad de aspectos que encontró en el mundo de los makiritares de donde provenía la espigada cerbatana, y buscaba entre las gavetas de su enorme biblioteca algunas fotografías que el mismo realizó sobre la región amazónica. Todo estaba perfectamente ordenado allí, miles de libros en diversos idiomas, carpetas de negativos, documentos antiguos, piezas etnográficas de distintos pueblos del mundo, relojes de arena, obras de arte y manuscritos. Tiempo más tarde, aquella colección científica tan importante se alejaría del mar sucrense para quedar definitivamente entre las altas montañas merideñas, en la Mucuy Baja, donde permanece hoy bajo el cuidado de su inseparable esposa Gisela Barrios. Biblioteca Los Grandes Espacios Marc de Civrieux.

En aquel tiempo, después del éxito obtenido con su libro Watunna, estaba empeñado en completar una serie dedicada a distintos pueblos indígenas del oriente y guayana. Ya la Fundación La Salle le había publicado “Los últimos Coaca”, “Magia y Religión Kariña” y “Los Caribes en la conquista de la Guayana española”, mientras se esperaba la impresión de “Los Cumanagotos y sus vecinos”. No estaría completa la relación si no culminaba otros dos libros, uno sobre el pueblo Guaiquerí y otro sobre la herencia Chaima. De esta pasión por desentrañar historias que estaban frescas en la etnología contemporánea de los Chaimas del Guácharo, fui testigo entre los viajes en que me pidió acompañarle hacia la ciudad de Caripe y las poblaciones vecinas. Salíamos de Cumaná en la madrugada para atravesar la zona montañosa del Turimiquire, regresando siempre por la ruta del Golfo de Cariaco, siempre buscando el mar para deleitarnos con las maravillosas puestas de sol y el tono cambiante de la península de Araya. En todo el recorrido no había un solo minuto de silencio. Hablaba Marc de la alianza entre los Caribes y los Chaimas para defender el territorio de la penetración misional que sometió definitivamente a Cumanagotos, Palenques, Chaimas. Hablaba Marc de la presencia de Jesuitas franceses y de Capuchinos aragoneses en esta geografía entre dos siglos. Hablaba Marc de los ríos Guarapiche, Areo, Amana, zona dominada por Caribes y Chaimas en perfecta alianza. Particularmente destacaba la fiereza de los Caribes. Transitábamos las rutas de los antiguos expedicionarios españoles, San Baltasar de los Arias, Cocollar, las Misiones de San Antonio y San Francisco, y sobre cada lugar de nuestra travesía, Marc dibujaba con su voz la historia explícita de su fundación y de cómo pudieron participar los indios de Caripe en distintas acciones bélicas y en unas cuantas entradas pacíficas.

Ya al caer la noche, estaríamos de nuevo en Cumaná, después de los encuentros de Marc con sus informantes de familias Chaimas y se daba parte del reposo del guerrero. Una cena ligera, precedida de un brindis de licor de alcachofa, y otras hierbas del cynar, que tanto le gustaba por sus grandes virtudes, o en su ausencia, el misterioso campary rojo de sabor amargo. Cualquiera de los dos tragos venía muy bien para volver a las culturas antiguas del Orinoco en nuestras conversaciones, y traer a la mesa a los filósofos griegos Platón y Arístóteles que tanto estudió, convencido de que la sociedad griega en sus comienzos era muy parecida a la de América. El Orinoco, siempre el Orinoco del cual se enamoraría eternamente era su espacio preferido y le generaba angustia avizorar que la sociedad aborigen la hemos destruido con armas de destrucción infinitamente más poderosas que las empleadas por los conquistadores. Un 17 de abril del año 2003, dejando una abundante obra inédita, fallece en el mismo sitio de Mérida donde hoy sigue su biblioteca Los Grandes Espacios Marc de Civrieux.

Marc De Civrieux. Cumaná. 1981
Credito: Rafael Salvatore






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Benito Irady

Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas.

 irady.j@gmail.com

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