Del país profundo: José Julián Villafranca y el Teatro Campesino de Cumanacoa

De tantos e inimaginables hombres de pueblo que he podido encontrar en estas mezclas de nuestras múltiples identidades, hay uno de enorme voluntad para el trabajo y que conjuga sentimiento y fantasía cuando queda atrapado en el misterioso mundo de la creación. Poeta popular, dramaturgo, músico, cantor, cuentero o “cuenta pensao”, como escuché decir, conuquero y mucho más este animador de la vida, José Julián Villafranca Montistruque que no calla ante cualquier pregunta que le indiquen, aunque sea muy difícil la respuesta. Gran lector de vuelo propio, distinguido por una particular clarividencia que le permite contestar veloz y con especial picardía muchas preguntas a la vez.

En una de las numerosas conversaciones sostenidas con él, estuvimos dando vueltas sobre el origen remoto de ese apellido Villafranca en su tierra natal y llegó a respondernos con seguridad plena desde muy lejos en el tiempo, cómo el magnífico señor Fernández de Serpa, de tanta fama en la historia de la conquista de Venezuela y que había nacido en la costa ibérica de Villa de Palos, tuvo por abuelo a un alcalde de Villafranca de Extremadura. De allí una primera clave que pudimos constatar. José Julián también sabía que en 1730 llegaba a Cumaná un religioso, fray Domingo Villafranca que recorrió esta zona del oriente poblada por Coacas y Chaimas, fue el misionero capuchino que inició la fundación de los cercanos pueblos de Teresén y de la Divina Pastora de Caripe, tres años después de su arribo a las costas de la Nueva Andalucía, pero también supo responder José Julián de las andanzas de otros Villafranca en tiempos de la colonia. Total que ese apellido debió regarse entre tantos y tantos actos de bautismo de nuestros indígenas y de sus descendientes, manteniendo la imposición precisa de los nombres europeos para borrar todo rasgo de la identidad originaria.

Sobre su otro apellido Montistruque, José Julián es más preciso en la genealogía de la realeza europea y para no dejar dudas nos conduce a la explicación que está impresa sobre una de las muchísimas muestras de orgullo que adornan la sala de su aposento en la calle Aricagua de Cumanacoa. Fue allí frente a ese río de voz indígena donde nos vimos la última vez un viernes 21 de octubre de 2016, cuando fuimos a llevarle medicinas y alimentos, además del galardón que le consignaba el Centro de Arte La Estancia. Sigue lastimado José Julián con un cuadro de crisis aguda pulmonar y clama por una bombona de oxígeno, por aerosoles como el salbutamol, inhaladores como el seretide o el berodual o el bentide, en fin, lo que se consiga. Está quebrantado José Julián a sus 85 años, pero como siempre sigue de muy buen ánimo atendido por su hija Magaly, y por la nieta adorada María Magdalena Bastardo Villafranca, que es enfermera y no se despega de su lado. Se cansa mucho al hablar y proponemos para otro día nuestra nueva conversación. Ya volveremos a encontrarnos como en tantas oportunidades, llegamos a pensar y lo despedimos con un abrazo fuerte cuando cae la tarde.

Recuerdo con exactitud que un 25 de julio de 1980, viernes por cierto, (según notas de mi cuaderno de viajes al Turimiquire), y tiempo después de conocerlo al lado de su esposa María de Lourdes (quien fallece en 1998), tomamos todo el día para trabajar solamente sobre su vida de agricultor y empezó por enseñarnos y dejar muy claro que la palabra coa, o koa (palo de sembrar) es netamente indígena y que también lo es Cumaná (el nombre del río que los españoles decidieron llamar Manzanares) y que Cumanacoa significa la ciudad del río Cumaná, donde hay muchas sementeras levantadas a fuerza de coa y de más coa, como si estuviera refutando la interpretación del viajero y agente del gobierno francés Francois Raymond Joseph Depons (1751-1812) quien asegura en uno de sus libros que la palabra Cumanacoa es de origen vasco porque hubo vascongados en esta región del oriente. Así fue transcurriendo la historia escrita con los ojos de Europa.

Nos decía José Julián en aquel año ochenta por ejemplo, que había sembrado su maíz un 24 de junio, día de San Juan Bautista y que ese era uno de los mejores días para la siembra, además del 15 de mayo, día de San Isidro Labrador, en cambio, el 29 de junio es malo porque San Pedro es calvo y entonces la mazorca no daba granos o el maíz se cosechaba con un grano alejado del otro, así nos los iba explicando y también nos decía que para hacer semilleros resultaban buenos los días de San Lorenzo (10 de agosto) y de Santa Rosa (30 de agosto, día de la virgen mestiza de América). La influencia de la iglesia católica y la huella de las misiones capuchinas siempre han estado presentes en el entorno agrícola al que nos referimos, pero José Julián vuelve al tema (muchas veces visto como contradictorio), vuelve al tema de sus orígenes y nos relata que en luna menguante sembraba el bejuco del chaco (la batata) y que la planta de yuca se siembra con luna creciente para que pegue en menguante. Nos sigue dando referencias de nombres que empiezan por la letra ch, como el chaco, que son comunes en su hablar y nos cita los cerros characa, characuar, charaguama y chiripa, tal vez parte la remota historia de toponímicos del pueblo coaca o de otras naciones indígenas que no se abandonan tan rápido después de la imposición colonial.

La caña de azúcar era la principal especie de la cual dependía su trabajo de agricultor en aquellos años y tuvo que aprender cómo combatir la yerba mala, llamada también paja Johnson o arrocillo, aunque en Cumanacoa se le dio el nombre de carricillo. Sembraba caña 28-78 o piojota, caña Puerto Rico 900, caña Klustron y otro tipo de caña sin nombre que le habían traído desde el estado Aragua, total que en el mes de julio, después de terminada la zafra del año, limpiaba y volvería a sembrar y entraba de nuevo a la zafra seis meses después, es decir en el mes de enero del año siguiente, esa era su rutina en el calendario, y de la zafra a las pesas del central azucarero, donde se determinaba cuál sería la máxima ganancia.

Así compartíamos el aprendizaje entre la siembra y la zafra de la caña de azúcar y nos perdíamos con él en la inmensidad de los valles de Cumanacoa, sabiendo que éramos intrusos de la madrugada y de los atardeceres en su vida, pero conocimos de zafra en zafra el significado hermoso de tan noble oficio. Viajábamos semana tras semana entre Cumaná y Cumanacoa durante un mismo mes para obtener tan importantes enseñanzas, pero sabíamos que coexistir en aquel entorno escondía también un extraordinario hecho de cultura, además del impacto que nos causaba la belleza del contorneado paisaje de verdes crepúsculos entre cañaverales y montañas.

Cuando empezaba a oscurecer, después de concluida la faena diaria del campo, se entregaba a su otro oficio de creador y maestro de adultos. Alumnos como Brígido Betancourt de 69 años en ese entonces, Víctor Manuel Salaya Nuñez de 55, Luis del Valle Agreda de 46, o Isaac Ramón Villafranca Montistruque, de 56 (su hermano mayor), por citar algunos, formaban parte de un gran elenco al que le impartía clases durante el ensayo del Teatro Campesino Coronel Domingo Montes bajo su dirección. La mayoría de ellos no sabía leer ni escribir y José Julián les repetía en voz alta parte del drama a memorizar. Semana tras semana regresaban al ensayo hasta estar seguros que habían aprendido de memoria aquellos textos que para cada actor y de acuerdo a sus cualidades había elaborado José Julián. Una y otra vez se ensayaba en la noche, luego seguirían las clases de dicción y entonación de voces y de cantos, porque muchos actores debían interpretar décimas que era la forma más generalizada de su escritura y se refrescaban las actuaciones con cantos de aguinaldos, polos, galerones y joropos que hacían alusión a la intensidad de la tragedia. Todo lo coordinaba él, que nunca aparecía en escena.

Entre los libretos que llegó a escribir y que se transformaron en verdadera obra de pueblo estaban La Fundación de Caracas (1969), El nacimiento de Cristo (1970), El drama del pilón (1972), La rayanza (1974), El drama de los jugadores y la piedra de moler (1979). Este interesante fenómeno de representaciones de dramas en una comunidad campesina, tuvo en Cumanacoa un primer antecedente en el año 1950 cuando se conoció el drama del avión. Más adelante, Juan Francisco González, a quien se tiene como iniciador de estos acontecimientos, aparece con La Conquista (1951), El 7 colores (1952), El descubrimiento de América (1953) y el Pez Nicolás y la sirena (1956). Bajo la conducción de José Julián Villafranca, la primera vez que este elenco de actores campesinos sale fuera del municipio Montes para mostrar su repertorio, fue un mes de octubre del año 1965, cuando se ganaron todos los aplausos del público en el Auditorio de Cerro Colorado en Cumaná. Quizás en Venezuela nunca se tuvo conciencia de que existió un verdadero teatro de campesinos, y estuvo allí en Cumanacoa, sin embargo muchos de estos testimonios que documentamos sirvieron de base a las colecciones Memoriales y Venezuela Plural que se resguardan en el edificio de la más importante biblioteca del país.

Más conocido es José Julián por sus actuaciones con el Quinteto Típico Montes que funda en los años setenta y también por las importantes composiciones musicales que le han dado fama, o por la recreación de géneros, como el punto redoblado o las derivaciones del seis fajardeño, además de su particular estilo para interpretar el llamado joropo estribillo o el aguinaldo oriental, entre otros, acompañándose siempre de un par de maracas que le permiten darle más sabrosura a lo que hace. Él mismo se hace llamar El Trigueño y existen distintas grabaciones discográficas que dejan testimonio de su obra.

Mientras permanecí en el Oriente, le acompañé a numerosos recorridos por distintas regiones de Venezuela durante más de una década, y también estuve con él fuera de esta patria, cuando formamos parte de un festival de la décima organizado en San Juan de Puerto Rico con la participación de importantes grupos de América Latina y el Caribe. Trato de recordarlo y creo que ocurrió en 1986 aquel hecho de triunfo poco común que vi con mis propios ojos. José Julián enamoró con su gracia a todas las delegaciones de decimistas, decimeros y repentistas presentes en la isla borinqueña y era tal su destreza en aquellos momentos en que se apostaba a la calidad mental y creativa de los improvisadores, que pudo cantar al lado de un tres cubano, de un tiple y de un cuatro puertorriqueño, entonando desde su estilo la variedad melódica del género. Inventó lo que pudiéramos llamar una décima con seis o un seis con décima. Se pegó de la música jíbara y causó sensación, por eso se trajo a Venezuela el especial acento del seis fajardeño que aquí adaptó a su estilo, porque José Julián cuando crea no tiene límites de ninguna índole. Entonces alguien podrá decir: Quién iba a creer que este hijo de Julián Román Villafranca Córdova y de Carmen Cleofe Montistruque, apodado “El Trigueño” y que no se graduó en ninguna escuela dejaría una huella tan distintiva en la cultura del país. Esa es la verdad que debe conocerse y que no hay que olvidar.

José Julián Villafranca y su esposa María de Lourdes. Cumanacoa. 1980
Credito: Rafael Salvatore








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Benito Irady

Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas.

 irady.j@gmail.com

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