Del país profundo: Fulgencio Aquino y la Oración del Tabaco

En estos días de viajes en los que siempre ando en mi trabajo, lejos, muy lejos de Caracas, repentinamente salta en la radio la voz de María Rodríguez con La Oración del Tabaco. La dificultad de la transmisión me pone en sintonía con la memoria y termino recordando con exactitud la primera vez que escuché la afamada canción, ni siquiera escucharla diría, la primera vez que escribí la canción, porque me tocó escribirla con mi puño y letra en un papel de rayas azules mientras Margarito Aristiguieta la dictaba desde “hombre loco y pendenciero” hasta todo lo que sigue y debe terminar en un reiterado “así es como es” que identificaría un triunfo de mujer cumanesa.

Esa fue una tarea realizada con especial entusiasmo, el dictado, una orden de Margarito Aristiguieta y de María Rodríguez, una tarea que cumplí fielmente, con máximo respeto y admiración. Escribe allí “negro”, como ella me nombraba, escribe con letra grande, me decía y le construíamos las frases con los pequeños cortes y ajustes que me ordenaba Margarito.

María que está fascinada con la canción y que también la escucha por primera vez la tararea en un trecho largo como joropo oriental, Margarito se la devuelve declamada y después la hace acorde a su joropo que es tuyero. En eso pasamos más de dos horas, ensayo tras ensayo, chiste tras chiste. Hago borrones varias veces en la página, tomo otra hoja y finalmente redactada en letras grandes y mayúsculas todas, como me lo pidió, bien espaciada, verso tras verso, se la entrego en su versión final y ella la guarda doblada en ocho partes como una carta de amor puesta entre sus senos. Así nació la verdadera historia.

Estábamos en la ciudad del río Hope, famosa por su gran puerto y por la cordillera de las montañas azules que rodean la parroquia de Saint Andrew y el lugar exacto de este suceso es el campus Mona de la Universidad de las Indias Occidentales, donde nos hospedamos entre el 23 de julio y el 2 de agosto de 1976 como la delegación venezolana que formó parte del Carifesta de Jamaica, organizado en Kingston. Esos días disfrutamos mucho de los intercambios con otros países de América Latina y El Caribe. ¡Cuántas expresiones ancestrales reunidas en esa isla Dios mío! En esos días ocurrieron demasiadas travesuras que ahora no podemos relatar.

Además de concebir juntos el proyecto de poner en tránsito la inolvidable Oración del Tabaco de joropo central a joropo oriental, de alfabeto tuyero a cumanés, de arpa a bandolín, yo no pude esconder mi predilección por todo lo que sabía y hacía el músico creador primerísimo de esta obra para cuerdas, Fulgencio Aquino, quien nos obsequió lo mejor de su grata compañía en ese viaje, especialmente demostrándonos la rigurosidad y la firmeza en la ejecución de La Revuelta y de sus requisitos. Cada ejecución que hacía frente a nosotros comprometía unos 20 minutos sin despegarse del arpa. Es a él a quien le quiero dedicar los párrafos que siguen.

Pudo ser un jueves 21 de julio de 1994 cuando falleció Fulgencio Aquino. Logré en varios momentos de conversaciones con él grabar más de una entrevista. Representó para mí al maestro de las grandes obras y al buen amigo que tuve el honor de acompañar a distintos conciertos organizados tanto en Venezuela como en el exterior, principalmente en regiones vecinas del Caribe, y con el tiempo construí una hermosa hermandad con este gran hombre que también me enseñó a querer y a querer más la sabiduría popular regada en toda nuestra patria. Se estima que compuso más de mil piezas y entre ellas además de La Oración del Tabaco se recuerdan todavía El Gato Enmochilao, Concierto a Ocumare, La Raza Negra y El Pollino, acompañado de cantadores como el propio Margarito Aristiguieta, Silvino Armas y Manuel María Pacheco.

Se entregó al arpa tuyera por más de 7O años, aunque me dijo una vez que llevaba 120 años en el oficio, la fabricaba desde la selección de sus maderas, de las que escogía el corazón del dividive y el corazón de vera para sus clavijas, hasta la minuciosa preparación de las cuerdas de piel de venado, y la hacía sonar con la extraordinaria calidad que solo él pudo imprimirle desde su mente creativa que se posesionó de uno de los géneros más complejos y de mayor asombro para muchos estudiosos, que han seguido su trayectoria: La Revuelta. Hacía de sus largas interpretaciones una demostración de virtuosismo de excepcional belleza con arpas de tiples de acero.

El me decía “... ponga cuidado a lo que le contaban a mi padre y los arpistos de atrás, como 100 años atrás, en ese tiempo en que él sería muchacho, como era yo cuando yo estaba libre y estaba muchacho -porque los viejos le cuentan a uno, a los muchachos las historias en la tarde- y el contaba que parece que La Revuelta emanó de asuntos de conuqueros, que agarraban una faja del conuco, la trozaban, la limpiaban, la desmontaban, la talaban, la quemaban y entonces hacían su siembra. Sembraban caraotas, maíz, quinchonchos, todas esas cosas sembraban. En el invierno hacían ellos la limpieza de la siembra, ese era el tiempo de los inviernos copiosos. Ellos se mezclaban en un revuelto que decían “taría revuelta”, se decían esas dos palabras, de ahí salió también el nombre de las tareas que nombraban ellos en un caserío grande. Cuando el conuco tenía por ejemplo bastante monte y ya el monte estaba tapándolo, se ajuntaban por lo menos de 10 a 20 personas y decían “vamos a pegarle escardilla”, entonces limpiábamos el mío, por ejemplo y pasábamos a otro a limpiarle el suyo, y así hasta que todos esos conucos quedaban limpios, pero en cayapas, se nombraba la palabra cayapas y eso no costaba sino un almuerzo para todos, un hervido, una olla que nos hacía la tía Esther. Entonces si mañana le tocaba limpiar el suyo, pongamos por ejemplo no se pagaba nada sino que era como un deber de unión. Era la hermandad, la solidaridad. Mi abuelo contaba que cuando se ajuntaban 20 peones para la escardilla había unos que le gustaban más porque eran más expertos y se ponían adelante para ir guiando a los otros, esos eran los punteros, los mejores escardilleros, entonces cuando iban en mitad del repaso de la hierba el puntero decía “vamos a echar una revuelta”. Una revuelta por ejemplo viene siendo que se va a limpiar este cuadro de siembra de aquí y el puntero en medio de la parcela le dice a los que están atrás, échate una revuelta para que queden encorralados los que van en el medio. Y entonces usted llegaba y echaba una revuelta picando y picando con la escardilla. De allí parece que se trae el nombre La Revuelta. De esos arpistos viejos, seguro que algún inteligente dijo vamos a sacar un pasaje que se llame La Revuelta. La Revuelta es vieja porque un tío de mi tío tocaba esa Revuelta, lo que pasa es que era corta, pero la tocaba.”

Este género musical del centro del país que él dominaba con una variedad de cambios armónicos se componía de 6 partes: primer pasaje y segundo, entrada al Yaguazo, Yaguazo corrido “que son los Yaguazos mayores”, cuarta que es La Guabina. Hasta la Guabina está el cantador cantando, después cae la Marisela y cuando se está tocando la Marisela el cantador se queda acompañando, pero no cantando, entonces, cuando se empieza a cantar la Marisela viene a ser la quinta parte y después viene la sexta que es la Llamá del Mono y allí se termina La Revuelta con sus 6 partes y se hace diferencia entre una Revuelta para cantar y una Revuelta para bailar, que es de fisonomía cimarrona esta última, para que las parejas disfruten más sintiendo el sonido del bordón del arpa resignificado, como si estuvieran cerca las llamadas del tambor o del bajo. Algunos musicólogos hablan de siete y hasta de ocho partes en La Revuelta e incluso hacen subclasificaciones, pero La Revuelta que me enseñó Fulgencio Aquino es así como lo explico ahora, y siempre me decía que de esas 6 partes la Guabina, La Marisela y el Yaguazo corrido eran sus preferidas por que le daban mayor libertad para jalar bien las cuerdas del arpa y ofrecerle a los zapateadores del baile un tamboreo rebozón.

Nos decía Fulgencio que el joropo tuyero viene de raíces muy lejanas, que aprendió a tocar con su padre Julián Aquino, “arpisto” especializado en golpe y con su tío Luis Aquino, especializado en pasajes, que a su vez su padre conoció desde niño otros arpistos de fama, muchos de la cepa de los Aquino, y me los va nombrando. Recuerdo entonces que en un estudio del mundo árabe en nuestra música en investigador Rafael Salazar sostiene que en esta región a la que pertenece Fulgencio se crea la mejor escuela de arpa popular del país que combina el modelo renacentista con las técnicas arábigo-orientales y con la polirritmia propia del mestizaje afrocultural venezolano. No hay duda, Los Aquino vienen de esa herencia.

“A esta arpa le decimos la patrullera y es el arpa que yo conocí desde niño, uno la cargaba de una parte a otra entre el hombro del cantador y el hombro del arpisto. Había veces que salíamos a pie a las 4 de la mañana yo y el hermano mío Julián que era el que cantaba para tocar en un baile lejos y llegábamos a las 5 y pico de la tarde al lugar. Yo nací un primero de enero en un caserío que llaman Sabaneta de Tácata y a los 6 años ya estaba trabajando con la escardilla en la mano sembrando de todo y oyendo un arpa.”

Eso me lo llegó a decir en 1982 Fulgencio Aquino y en medio de la conversación un tabaco y una humarada, y me hablaba de las virtudes y las desgracias del tabaco y de aquella melodía que él le inventó, dejaba por un rato de fumar y volvía al arpa y me demostraba de nuevo en qué consistía el requerimiento y seguía hablando “el tiempo pasa y ahora yo estoy andando en los 134 años, 67 de noche y 67 de día y de esos 134 llevo 120 años tocando el arpa”.




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Benito Irady

Benito Irady. Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas

 irady.j@gmail.com

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