Capos de Oficina

A lo largo de las páginas que componen la historia de la familia Corleone, es curioso leer cómo aparecen por doquier los esfuerzos que los personajes centrales hacen para no parecer delincuentes. Mike, el menor de los tres hijos de Corleone y futuro sucesor del patriarca, le insiste constantemente a su novia acerca de las maneras cómo su familia ha logrado acumular la riqueza que poseen. Mi padre, refiere Mike, es uno de los más grandes importadores de aceite de oliva de este país. Su novia, un tanto temerosa, asiente pero con ciertas reservas… Es decir, quienes conocen el origen de esa riqueza buscan ocultar, a toda costa, lo que está detrás de ella. Algo así como aquella ancestral frase de querer tapar el sol con un dedo. La familia Corleone, cuya historia conocemos gracias al libro de Mario Puzo y la adaptación fílmica que hizo Francis Ford Coppola, no anda ostentando sus formas oscuras del poder.

En los años ochenta, cuando comenzaron a destaparse los nombres de los narcos más conspicuos de Colombia, muchos de ellos negaron hasta el final de sus días pertenecer a alguna banda delictiva. Pablo Escobar, quizás el más representativo de aquella época, en disímiles ocasiones, se plantó frente a las televisoras y en las emisoras de radio, señalando enfáticamente que lo que se decía acerca de él, era falso. Quizás otros narcos de menor monta fueron más fanfarrones y se los llevó el mismo infierno que los trajo. Es curioso ver cómo al referenciar desde la perspectiva social y cultural estos dos casos, uno puede encontrar la misma constante: el delincuente no se ufana del delito, crimen, asesinato o estafa que comete sino más bien opta por ocultar su condición y sus actos delictivos.

En nuestro país lamentablemente está sucediendo todo lo contrario. Por alguna razón, quien comete diversos tipos de delitos, sea cual sea su naturaleza, intenta por todos los medios posibles hacerlo público. No basta, por ejemplo, hacerse marcas en el cuerpo para mostrar los tantos muertos que se lleva encima. Práctica ésta, de una irracionalidad bastante compleja, pues los delincuentes se tatúan el nombre de sus víctimas usando códigos particulares que son perfectamente entendibles dentro su entorno. Si el fallecido era un policía la marca suele tener matices más relevantes. Pero, ahí no queda la cosa, suelen buscar la forma de grabar sus actos e intentan afanosamente que nos enteremos de sus atrocidades. Casos hay miles y ustedes lo saben. No refiero nada nuevo con respecto a esto. Las inmundicias que se suben a internet generan un tremendo estupor. Quizás como una forma de propiciar temor entre quienes pudieran ser las próximas víctimas y bajo el amparo del sempiterno convencimiento de que existe un estado de impunidad en el que se creen intocables. Yo hablo, escribo, de una profunda inversión de valores en los cuales, a diferencia de la Carta robada el famoso cuento de Edgar Allan Poe, al delincuente le importa un comino la justicia y las leyes. Por esa razón se vanaglorian de sus crimenes.

Eso que sucede en muchos barrios, urbanizaciones y distintos lugares del país, ha llegado también a las oficinas de nuestras instituciones. Los nuevos capos son una parranda de lacras que vitorean sus actos de inteligencia, porque así lo consideran, ya que esas andanzas son las que les permite hacerse del dinero del pueblo. Se mueven cual alimañas rastreras y buscan los puntos neurálgicos de la administración pública. Son expertos hinchando las facturas de lo que se compra y, sobre todo, poseen una gran capacidad técnica para ocultar los delitos que cometen. También se amparan en la impunidad que intenta socavar los cimientos éticos de nuestra Revolución. Manejan cómo les da la gana la entrada y salida de los trabajadores. Los amenazan, maltratan psicológicamente y los botan cuando mejor les parece: total la plata de la liquidación y la posible disputa laboral la paga el presupuesto de la institución. Les importa un bledo todos los logros alcanzados en materia laboral por la Revolución porque para ellos, para estos capos, la ley del trabajo propulsada por nuestro Líder Supremo no significa nada. Se burlan con el más firme de los descaros. Desde el punto de vista moral, lo peor de esto es que, el delito y el asqueroso mundo que los rodea, es una extensión de su capacidad visceral para asaltar y pisotear los postulados del imaginario revolucionario porque un revolucionario de veras veritas, no se ensucia con estas vainas.

Hay, y ya lo podrán explicar mejor los expertos en estas lides, una inversión de los valores éticos en nuestro país: los ladrones, los malandros de aire acondicionado, los capos de oficina, son públicamente reconocidos porque ellos mismos hacen propaganda de sus robos. Es tiempo de comenzar a trabajar con firmeza para que estos hampones sean castigados. Nos jugamos la Patria. Estamos en instancias cruciales y donde haya ratas de este calibre hay que ir a sacarlas. Camarada, tú que has tenido el detalle de detenerte en estas líneas y quizás sabes que esto está sucediendo donde trabajas, no pierdas la fe ni la convicción revolucionaria: al final todos los sólidos se desvanecen en el aire y estas basuras ambulantes caerán como moscas. La revolución los hará comer el polvo de su arrogancia y la desgracia de sus dineros mal obtenidos. Tengo mucha fe en eso y en todos los esfuerzos que está haciendo el Presidente Maduro.

(*)Premio Nacional de Poesía Fernando Paz Castillo (2010). Premio Municipal de Poesía (Trujillo 2003). También es autor de Ceremonia de lo adverso, Las buenas Razones, Cuaderno Palestino, La Tierra & El Fuego y de Otoño en Pekín: Crónicas de otro viaje. Es Magíster en Estudios Culturales de la U-ARCIS de Santiago de Chile.


i.canizalez@hotmail.com


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Isaías Cañizález Ángel

Poeta y comunicador de calle, registrado con el número 14880, del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información (SIBCI). Premio Nacional de Poesía Fernando Paz Castillo (2010). Premio Municipal de Poesía (Trujillo 2003). También es autor de Ceremonia de lo adverso, Las buenas Razones, Cuaderno Palestino, La Tierra & El Fuego y de Otoño en Pekín: Crónicas de otro viaje. Es Magíster en Estudios Culturales de la U-ARCIS de Santiago de Chile.

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