A ser liquidados

Una de las tendencias existentes en el llamado proceso revolucionario es la
de aniquilar a los supuestos enemigos, exterminarlos no sólo desde el punto
de vista político, sino también de forma física-corporal. Sería la única
manera de tener totalmente despejado el camino hacia el objetivo luminoso
que no se sabe en qué consiste, ni cómo construirlo, ni cuán lejos está. Lo
importante, parece ser, despejar la senda divina del estorbo que significan
los infieles. Pero el problema no se limita a lo dicho, pues es necesario
señalar claramente quiénes son esos enemigos feroces y muy peligrosos para
la seguridad de la revolución protagónica, a quienes hay que eliminar muy
“democráticamente”.

Una aproximación al descubrimiento y caracterización de ese objetivo, nos la
puede dar el estudio de los blancos de los ataques “populares armados” de
grupos revolucionarios” ocurridos en el país a partir de 1999, los cuales
nos recuerdan demasiado a las agresiones sufridas por los sindicatos
comunistas en el “famoso” trienio 45-48, a manos de las “bandas armadas” de
Acción Democrática, partido que también encabezaba una supuesta revolución
de carácter popular en aquel momento. Recordemos que ésa era nuestra
“Revolución de Octubre” en rememoración de la fecha del golpe de Estado
contra Medina, casi convertido en fiesta patria en aquel entonces como hoy
ocurre con el 4 de febrero.

En Mérida, recientemente, la “justicia revolucionaria” se desató, entre
otros blancos similares, contra el conjunto residencial “Las Marías”, donde
viven personas de la llamada “clase” media baja, profesores universitarios
entre ellos, que fueron reconocidos como “oligarcas rancios” y acusados de
ser los responsables de la muerte lamentable de un joven de 15 años, quien
participaba en enfrentamientos violentos ocurridos entre grupos motorizados
“patriotas” y los estudiantes “realistas” de la ULA o, a lo mejor, de
estudiantes dirigidos por el “Movimiento Trece”. Los portones del conjunto
urbano señalado cayeron bajo la embestida de dos autobuses de las fuerzas
“revolucionarias”, que actuaban contra unos extraños enemigos que no hacían
ninguna resistencia.

Una profesora de la ULA, residente de “Las Marías”, narra, en un dramático
escrito, lo sucedido: Disparos contra paredes y ventanas de los
apartamentos, destrucción de paredes y pisos, remoción violenta de las
tuberías de gas y agua, quema de la conserjería y de una gran cantidad de
vehículos. Posteriormente, el “pueblo” en armas se dirigió al Núcleo La
Liria de la ULA, donde destruyó el Archivo Histórico de la Facultad de
Economía y los decanatos de Derecho y FACES, además de quemar el centro de
estudiantes, salones de clase y los cafetines. Ni la policía, dependiente
del Gobernador de Mérida, ni la Guardia Nacional actuaron, a pesar de las
llamadas de auxilio de los vecinos agredidos y de la universidad.

En relación con la muerte del niño, la profesora expresa:“¿Quién disparó?
¿Uno de ellos mismos? ¿Acaso fue una de sus balas perdidas? ¿Algún
estudiante armado? ¿Algún vecino irresponsable? No se hizo investigación
alguna, por lo menos cuando ocurrieron los hechos. Pero el gobernador, gran
vidente, declaró en la radio al poco rato, a tono con la versión patriota,
que el tiro había salido desde Las Marías. Esta declaración no fue producto
de alguna experticia o planimetría realizada por peritos calificados. No
llegó ningún fiscal del Ministerio Público, ni expertos que midieran la
calle y las distancias o entrevistaran a testigos imparciales”.

Ante este tipo de hechos, el profesor Alirio Martínez dijo en un escrito
enviado a través de Internet: “Todo aquel que viva en urbanizaciones, todo
aquel que viva en edificios, así estén ubicados en sectores populares o de
clase baja, serán atacados. A ello habría que agregarles a algunos camaradas
de piel blanca que vivan en una parroquia de clase media. Deberán
abandonarla rápidamente y no sé si embadurnarse, durante esas semanas de la
violencia, algo de carbón”. “Estoy seguro que para un joven Tupamaro que
vive en una zona campesina andina, de familia humilde, esta profesora le
debe parecer ricachona, girondina, burguesa y Las Marías, un castillete o
palacio y entonces hacia allá hay que hacer correr la guillotina y tumbar
las cabezas del antiguo régimen de la cuarta república. Creo que el asunto
no es para risa ni para pensar en exageraciones de un desertor.

Éste y muchos otros sucesos violentos similares nos dan una clara idea de
cuáles serán los objetivos de la “ira revolucionaria”. No serán los
Cisneros, a pesar de toda su inmensa riqueza transnacional y su
participación en el golpe de abril; ni tampoco los banqueros “socialistas”
ladrones, presos algunos y prófugos la mayoría; ni el dueño de Televen,
quien junto con Venevisión ya llegó a un acuerdo con el Gobierno; ni
siquiera Globovisión, que se librará de Alberto Federico Ravel y suavizará
su posición política; ni la verdadera burguesía o la oligarquía financiera y
mucho menos los disfrazados de bolivarianos, devenidos en nuevos burgueses
gracias al robo y la corrupción. Todos ellos pueden estar tranquilos.

A preocuparse otros: los profesores universitarios, los médicos, los
profesionales en general, quien tenga una casita o un apartamento, quien
posea un automóvil, los pequeños propietarios de abastos u otros negocios,
quien tenga alguna cuenta pendiente con algún “dirigente patriota” o se haya
opuesto a algunas de estas conductas “revolucionarias”; no importa si sus
ingresos están por debajo de los cuatro mil bolívares mensuales, ni si se ha
identificado con Chávez. Una gran cantidad de amigos podemos estar en estas
listas, con un pie en el patíbulo, como señala el profesor Martínez ya
citado.

La Razón, pp A-5, 7-2-2010, Caracas

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Luis Fuenmayor Toro


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