Recuerdos de la ominosa noche de los “culos pelaos”

Les juro que la siguiente historia ocurrió y que los sucesos aquí exiguamente narrados son de absoluta comprobación porque aun están presentes en la memoria martirizada de muchos de los que la protagonizaron y en la execrable de los cientos de pobladores que contribuyeron para que aconteciera. La misma tuvo lugar en la población de El Consejo en el estado Aragua a mediados o a finales de los años setenta. Ocurrió en una noche cualquiera, de cualquiera de las semanas aburridas que se sucedían sin prisa en la paz vegetal de aquel pueblo que vivía a la sombra de las destilerías de ron que la familia Vollmer poseía desde años de la independencia. Ocurrió sobre todo por causa de una inoportuna idea acaecida en cabeza de alguno de los muchos muchachos que acostumbraban arremolinarse en torno a la vencida efigie de un taciturno y mínimo Bolívar que prefigura el nombre de la plaza.

La idea propuesta era sencilla y hasta previsible en esos poblados semi urbanos de aquella época en la que la mocedad reclama el derecho de la experiencia. La misma solo refería la auspiciosa tarea de irse en cambote y caminando hasta los alrededores del pequeño, del muy pequeño, pueblito de Quebrada Seca de Urbina que quedaba como a una hora, con el propósito nada censurable de aventurar una noche distinta en la que unos suficientes rones presidieran el momento y hasta posibilitaran que alguna de las muchachas pensara en un despliegue fácil de sus apetencias.

Al principio la oferta no cuajó del todo, pero de pronto y sin saber porqué un consenso general los puso con prisa en dirección al lugar ya habiendo despuntado el crepúsculo. El número de varones superaba al de las mujeres como cabría esperar y le imponía mayor febrilidad a la puja por llegar. Con fruición, en un recodo del trayecto y cerca del pueblito, se aposentó la parvada y en poco tiempo, casi sin percatarse, se encontraban todos consumiendo los rones que en buenas cantidades habían llevado. A las pocas horas, como consecuencia de la oscuridad y del torrente alcohólico, la noche se tornó melosa y la atmósfera era puro deseo y también lucha soterrada y cruenta por la conquista.

Del final de aquella noche todo es incierto. Se dice que las matemáticas intervinieron para calmar las pasiones y se distribuyeron con equidad; se dice que se impuso un razonable acuerdo en la que solo se permitió el amorío moral donde solo eran legítimos los inertes besuqueos y las prudentes caricias; se dice que sobrevivieron la noche en el suspenso de un masivo y penumbroso nudismo. El único de los agraviados de aquella noche, quien observó con negligencia como su deseada era pasto fácil del furor ajeno, propagó sin cesar, al día siguiente, como artera venganza, esta ultima especie.

El humillado derrotado de la noche, muy temprano, se dedicó con sañuda paciencia al vil chismorreo y a la deliberada mentira no sin ser fielmente acompañado de aspaventosos ademanes. Ya al mediodía la más elevada caterva de oficiantes del rumor y la maledicencia habían atosigado el pueblo con tan escandalosa información. En la noche un ronroneo insufrible colmaba todos los espacios posibles y el pueblo todo era una incandescente hoguera de murmuraciones y furiosas condenas.

Los días que siguieron no hicieron sino incrementar la reprobación y la indignación popular, habiéndose convertido el acontecimiento en un monotema obsesivo que solo clamaba por escarmentar a sus autores. Fue tal la magnitud de la reprensión pública que los acusados no tardaron en desesperar y muchos se fueron del pueblo para no volver, otros se dedicaron para siempre al ostracismo y los menos cultivaron la soledad y la psicología trastornada. Como colofón, y como sino bastara el linchamiento prejuicioso del que fueron objeto, el sadismo popular les endilgó el vergonzoso, el ignominioso, el indecoroso cognomento de los “culos pelaos”, con el cual serian recordados por mucho tiempo.

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Jacinto Seijas, quien en la oportunidad en que se desató la extenuante reprensión colectiva contra los “culos pelaos” se había convertido en uno de los mas radicales acusadores de estos al punto de intentar una querella judicial, tiene a la fecha actual unos diez años de incesante militancia opositora de una índole parecida a la anterior. Aquella mañana del primer domingo de Octubre, luego de haber pasado todo el sábado en su parcela de campo, acudió temprano a comprar los periódicos que le alimentaban su mayúsculo encono, como a diario solía hacer. Sentado en el rutinario banco de la plaza Bolívar vio con asombro la foto que resaltaba en primera plana la manifestación de estudiantes que llegó hasta la cancillería para entregar un documento y que con desparpajo protestaron exhibiendo unos desguarnecidos traseros.

Como suspendido de realidad y contrariado de estupor recogió los periódicos para posteriormente lanzarlos al cesto de basura. Entredientes y con apresurado paso masculló:

-¡No jodas!, ¡Que manguangua! Tanto nadá pa’morí en la orilla…

A la fecha ya se extraña la presencia de Jacinto Seijas en el pueblo de El Consejo.


ritacasanas@yahoo.es


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