Los retos de la revolución

Evidentemente que todo proceso tiene sus lagunas, sus patas cojas, como decimos en el argot popular y la revolución bolivariana no puede ser la excepeción, y sobre todo cuando se trata de un fenómeno único, inédito en el mundo, porque el primero que estuvo a punto de consolidarse fue el chileno con el inmortal Salvador Allende, pero que las manos sanguinarias del imperio esta vez con las ejecutorias de Ricahrd Nixon y su mafia de asesinos dieron al traste, con ese magnifico ensayo. Pudieron más los sicario de la ITT y la CIA, apoyados por sus lacayos jefaturados por Augusto Pinochet, que la voluntad de aquel pueblo alegre, rebelde, lleno de esperanzas, pero ingenuo a la vez, incluyendo al camarada Allende que creyó, en la fidelidad y lealtad de un monstruo como Pinochet, que resultó ser su verdugo.

Este proceso bolivariano por ser precisamente la primera revolución pacífica, lograda por la vía electoral, que no es nada fácil, requiere de la voluntad férrea, sobre todo de quienes venimos de esas luchas “imposibles” de los años 70, cuando hablar de socialismo era una herejía y al mismo tiempo una utopía, porque los propios obreros y campesinos obnubilados por la propaganda capitalista creían a pie juntillas que quienes andábamos en aquellos menesteres, comíamos niñitos a la barbacoa o a la parrilla y que incluso obligabamos al camarada a ceder hasta su mujer al combatiente que tenía meses en la montaña y por situaciones especiales tenía que hacer un alto en su compromiso y refugiarse en algún lugar seguro. Nada más falso, porque si algo existía, ha existido y continúa existiendo en el pensamiento revolucionario, es el respeto a la vida, al honor y a los derechos del otro, a quien reconocemos aun cuando sea nuestra más encarnizado enemigo, porque la tearea de todo revolucionario es convencer, como decía el gran Victor Hugo el de Los Miserables, “No hay nada más estúpido que vencer, necesario es convencer”. En eso fallamos en aquella guerra. Hay que reconocerlo sin ambages No logramos convencer al campesino y al obrero que eramos la auténtica via al mundo de la liberación, frente al mundo de las necesidades donde nos tenía inmersos la IV República. Quizás, porque aquello de la hoz y el martillo, no caló en el sique de nuestro pueblo, que percibía aquello como la “Bestia 666”, para los libre pensadores, y de eso se valían los agentes del imperio en la cuarta república, para aderezados con las notas del himno nacional y la bandera tricolor, vender esa hoz y ese martillo, como el símbolo de Satanás, como la bestia. Quienes eramos chamitos cuando el “Porteñazo”, fuimos marcados por una propaganda televisiva elaborada en los laboratorios de guerra sucia del norte y presentada por años, al menos cada cuarto de hora en todos los canales de la época donde se mostraba a un sacerdote, con un soldado moribundo en sus brazos, en el sitio conocido como La Alcantarilla en Puerto Cabello y supuestamente bajo la plomazón producto de la rebelión de un grupo de militares y civiles patriotas, contra Rómulo Betancourt y su sanguinario régimen. Aquella bestial propagando, mostraba de manera significativa ondeando al pabellón nacional, de fondo, en primer plano al religioso con el soldado en brazos...luego la bién ensayada voz del locutor, que proclamaba: “COMUNISTAS ASESINOS...Venezolanos siempre, comunistas nunca”. Con eso hasta nos despojaban de nuestra nacionalidad. Ese estigma nos lo apostrofaban los compañeritos de estudio a quienes de alguna manera asomabamos simpatías por la gente de izquierda. Entonces si hubo una campaña brutal que dividió a la familia venezolana al punto que muchos sufrimos la pérdida de amiguitos de infancia, porque sus padres le prohibian reunirse o tener amistad con comunistas.

Esta revolución tiene muchas lagunas, que debemos corregir y debemos señalar que las principales están en muchas instancias de gobierno, ya sea nacional, regional o municipal, donde la cultura del trabajo brilla por su ausencia. Los servicios públicos son los más vulnerables, algunos con sobrada razón, pero otros que no tienen justificación, que no sea la incompetencia o el paterrolismo, como es el caso de los acueductos, en un país con tantos recursos hídricos no se justifica que la población sufra sed. La anarquía y abusos en el transporte colectivo y el transito automotor.

La mala atención al ciudadano, porque somos muchos los que cuando estamos en un cargo público pensamos que somos los dueños del valle y en vez de agradar al público lo maltratamos.

Eso ocurre, porque todavía incluso en los estratos gerenciales existe la idea de que el trabajo es la mercancía, que como trabajadores del músculo o del intelecto vendemos al patrono, en este caso al Estado.

Es necesario que todos internalicemos, que el trabajo es la manera más sublime de apoyar y fortalecer a la revolución, que el trabajo no es un castigo, como condición sinequanon para alcanzar el sustento. Es imperativo asumir el trabajo desde una perspectiva diferente a la mercancía y la venta. El trabajo para el revolucionario tiene que ser algo satisfactorio, algo que encierra placer, porque lo ejercemos para el beneficio colectivo y en función de hacer realidad nuestra utopía: la igualdad, la solidaridad, la justicia social, el amor y el internacionalismo como máxima expresión de nuestra entrega por el bienestar de la humanidad.

Es urgente alimentar en nuestros camaradas el sentido de la humildad revolucionaria, como formula mágica para llegar al pueblo. No podemos aspirar llegar a ese pueblo sencillo y trabajador, con arrogancia y desplantes, flanqueados por guardaespaldas innecesarios, que casi siempre causan temor y alejan al humilde militante. Mientras más poder se tiene mayor debe ser la humildad y la capacidad de sacrificio por el prójimo. Someter a largas esperas a quien va en busca de una solución o una orientación de quien está en instancias de poder es profundamente contrarrevolucionario, es profundamente reaccionario y esa práctica abunda entre nuestros burócratas.

La irresponsabilidad, la arrogancia, la burocracia y el alejamiento de quienes los llevaron al poder condujo al despeñadero a la IV República, aprendamos de esos errores de nuestros adversarios y seamos más eficaces y más leales con el proceso y con el ejemplo que da nuestro comandante presidente Hugo Rafael Chávez Frías, que confirma con la práctica lo que pregona en el discurso. Eso como decía el Ché Guevara, es lo que identifica a un revolucionario. Seamos autocríticos, humildes y lo suficientemente inteligente para reconocer que esta revolución tiene muchos entuertos, que no estamos dando al máximo como lo requiere el proceso, para asumir: Los retos de la revolución.


(*)Periodista

cd2620@gmail.com

cadiz2021@yahoo.es


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Cástor Díaz

Periodista CNP 2414

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