Fue el título de la réplica de la primera esposa de Vargas Llosa, Julia Urquidi, al libro La tía Julia y el escribidor. Varguitas, que así lo llamaba ella, dejó de decir muchas cosas ante la invitación de Chávez para que con sus otros compinches, Enrique Krauze y Apuleyo Mendoza, debatiese sobre la inmortalidad liberal del cangrejo.
Vargas quería envolver a Chávez y hacerse vocero y representante sin ser elegido, es decir, la liberalidad más suprema: “Yo me lo guiso, yo me lo como”.
Ser peruano con pasaporte español y vivir en Londres da una perspectiva de la realidad venezolana única. Es casi la misma que aplicó Gómez de Lozada, que hablaba español con dificultad y vivía en Estados Unidos, cuando fue “elegido” presidente de Bolivia. El vocero de Vargas Llosa, El País, tiene a otro elemento camaleónico-liberal entre sus activos, Moisés Naim. Uno de esos que cuando le avisan que hay un buen “guiso” baja a comerlo a Venezuela desde los Estados Unidos. Naim, que vino de Estados Unidos para ser ministro del inefable Carlos Andres Pérez, se volvió a marchar cuando se “acabó lo que se daba”. Algo parecido a Gómez de Lozada, que también se regresó al Norte cuando las cosas fueron mal en Bolivia, o del propio Vargas Llosa que, una vez derrotado como candidato a la presidencia del Perú, se volvió a la Europa de la que había venido con la intención de gobernar financiado por el grupo Cisneros y teniendo como mentores intelectuales a Jean François Revel y Carlos Rangel.
No me extraña que les parezca anacrónico alguien como Fidel, postrado en una habitación cubana en lugar de darse vida en Londres o París. Es lo que tiene ser tozudo, terminas incomprendido a los ojos y mentes de tan ilustres analistas y pensadores.
Mientras Obama nacionaliza, estataliza, todo el castillo de arena y naipes pegado con chicle que era el sistema financiero e industrial de Estados Unidos, Vargas Llosa argumenta en El País y sus periódicos satélites como El Nacional, El Mercurio, El Comercio etc, sobre las bondades del liberalismo (supongo que el inglés, que es el que le queda más a mano desde su apartamento en Londres) y el insoportable peso de caudillos populistas que lastran el buen quehacer de las emergentes clases educadas, formadas pero no cultivadas, latinoamericanas.
El resumen de su decidida apuesta por la libertad, la de Vargas Llosa, es él y sus sostenedores, entre ellos su inenarrable hijo, Álvaro, pupilo de Carlos Alberto Montaner y cabeza “pensante” y cooperante de libelos (tiene parte I y parte II) como Manual del perfecto idiota latinoamericano I y II. El libro coescrito con el inefable Plinio Apuleyo Mendoza es una apología a la libertad de llamar idiotas a todos los que no piensan como ellos, no una sino dos veces.
El otro “aguantador” de lo que Varguitas no dijo es otro pulido intelectual latinoamericano, Enrique Krauze. Desde sus alturas intelectuales escribió El poder y el delirio, un libro prefabricado sobre Venezuela y Chávez que tiene tanto valor como uno escrito sobre Bolivia y Evo Morales por Gómez de Lozada. Para darnos cuenta de la “profundidad” del trabajo de Krauze, tomemos una reflexión final del libro: “En el país de Andrés Bello, un veterinario dirige la cultura” en referencia al ministro del Poder Popular para la Cultura de Venezuela, Héctor Enrique Soto.
Lo que no anotó Krauze es que el de exteriores es un ex -conductor del Metrobús, el de economía un ex -guerrillero y el presidente de Venezuela un ex -militar de orígen humilde.
Es lo que tienen las revoluciones; que tambalean los cimientos de esas sociedades dirigidas por élites cultivadas en el extranjero, y para el extranjero, que olvidan que no todos, cuando abren la ventana después de un maravilloso desayuno y de leer toda la prensa, tienen la suerte de ver el Big Ben y el río Támesis.
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