El origen económico del celibato en la Iglesia Católica Romana

El celibato está de moda

Sólo la superficialidad y la vanalización de la vida religiosa en esta sociedad de cultura "mayamesca" ha podido producir semejante revuelo mediático, en relación con la violación del celibato eclesiástico, por parte de un sacerdote. Todo con los ingredientes de telenovela barata. Morbo desbordante. Estereotipos estúpidos. Desconocimiento de la práctica y doctrina de las comunidades creyentes por más de dos mil años.Vedettismo, superficialidad, vulgaridad a granel. Y un pobre curita que nunca se enteró de lo que era ser testigo de Cristo muerto y resuscitado. ¿Fe cristiana? ¿Cuál? ¿Ya vieron y oyeron el video que encabeza esta nota? Bueno, pues ése es el nivel. ¿Tiene eso que ver con la fe cristiana?

La consagración a Dios en la virginidad y la castidad es una institución más que milenaria, anterior al cristianismo mismo. Nadie ha dicho que su práctica sea fácil. Requiere de condiciones subjetivas, sicológicas, de formación rigurosa y, sobre todo, de una comunidad de fe, que le dé sentido, que sea su apoyo, que la convierta en fecundidad espiritual. Estas condiciones no siempre se cumplen, es verdad.

Pero decenas o centenares de miles de sacerdotes y religiosos en las distintas iglesias cristianas, hoy como ayer, se esfuerzan por dar ese testimonio de su fe, en una lucha constante, en un estilo de vida austero, en un espíritu de servicio a los demás, en el desgarre de su soledad, en la pobreza y carencia de bienes materiales propios, en la humildad sin ruidos ni espectáculos ni shows mayamescos. Un alto porcentaje no sólo tiene caídas, sino que asume su debilidad como parte de su condición humana y se mantiene en el ministerio sacerdotal y en el estimonio muchas veces heroico, porque comprenden que no es una exigencia de Dios y que dejarlo sería una traición. Y por otra razón muy importante: los verdaderos fieles creyentes no le cobran su infidelidad al celibato, no hacen mofa de sus caías, no lo utilizan para legitimar su lujuria. Su credibilidad no depende de su vida sexual o afectiva. Más depende de la avaricia, de la prepotencia, de la ausencia de fe verdadera.

Por supuesto que se debe discutir del celibato obligatorio como requisito que la jerarquía de la Iglesia Católica exige para ser ordenado sacerdote. Pero no por el argumento barato de que la experiencia matrimonial los haga mejores consejeros de pareja. Los que eso argumentan no saben de lo que están hablando. Ésos es mejor que se callen, sobre todo en los medios masivos. Ésos son los productores de telenovelas. Su interés son las ventas, las “audiencias”, el dinero. Creen que la fe cristiana es una cosa fácil, de emociones desconocidas, de playboyismo entretenido.

El celibato debe ser debatido dentro del contexto de su significado religioso, de su carácter de testimonio de fe; dentro del conjunto doctrinal de la tradición cristiana; y de la proclamación y práctica de esa fe en la sociedad contemporánea. Hay tres aspectos medulares: (a) la vida sexual concebida como pecado, como sucia, cuyo objetivo único es la procreación. (b) El celibato como instrumento de poder de dominación de la jerarquía eclesiástica. (c) El celibato como mecanismo de mantenimiento de la condición subalterna de la mujer. La Iglesia Católica mantiene en estas tres áreas concepciones totalmente anacrónicas y, lo más importante, sin sustento doctrinal ni bíblico.

Nadie discute que el celibato obligatorio para los sacerdotes es una simple disposición administrativa del Papa y de los obispos. Muchos de estos ya se hacen la vista gorda ante sacerdotes con pareja en muchos países. Pero la norma se mantiene. Los obispos son los que deciden quién se ordena sacerdote y quién no. Ellos forman parte de una enorme, elefantina, burocrática y degenerada administración de esa enorme organización mundial que es la Iglesia Católica, que no tiene nada que ver con el mensaje del Evangelio ni con los criterios de relaciones democráticas en la comunidad creyente, que proclamó Jesús. Por eso se visten tan estrafalariamente, como príncipes de cuentos de hadas, no como peregrinos de la fe. No hay más que verlos en la película Ángeles y demonios.

Técnicamente habría que decir que lo que está en juego es la eclesiología, es decir, la concepción de sí misma que esa organización tiene. Por el momento, los dones del Espíritu Santo andan allí muy mal repartidos y la comunidad de los creyentes es mera receptora de lo que dicen los jerarcas. El celibato hace de los curas "segregados", no miembros iguales de una comunidad, sino de una casta superior.

No olvidemos que el celibato se hizo obligatorio, en teoría para todos los curas, cuando en la Edad Media la Iglesia se estaba convirtiendo en el más grande terrateniente de toda Europa. El Concilio de Elvira, España, expresamente dice que su fin es evitar que los hijos de los sacerdotes hereden los bienes de la Iglesia. Es decir, que estaba de por medio el poder, el poder del dinero, el poder político. Los abades, obispos, cardenales y papas no heredaban los bienes de la Iglesia. Sólo los títulos. Eran escogidos entre la nobleza. Pero vivían opulentamente de lo que le quitaban, en el régimen feudal, a los miserables siervos de la gleba que cultivaban la tierra. El celibato permitía la concentración de la tierra y de otros bienes.

Pero no sólo eso. El celibato está en el centro mismo del repudio que predica la Iglesia sobre el sexo. Nos decían en clases de teología moral que en materia de sexto mandamiento (No fornicar) no hay nada leve. Todo es pecado mortal. El celibato es congruente con esa concepción traumática del sexo, heredada de San Agustín, el más grande genio de la Edad Media, de que el sexo es pecado. La defensa hipócrita actual que hace la Iglesia de la familia, para hacerle el juego a sus clientes ricos y opresores como Bush, no armoniza con su exaltación de la virginidad, de la soltería, de la castidad ni con la condición de soltero de Jesús, de Juan Bautista, de Pablo y de toda su larga lista de “santos” canonizados. Hay una contradicción en los valores. Todo esto está relacionado con su posición sobre el aborto, los anticonceptivos, la biotecnología, el uso terapéutico de embriones, la fecundación asistida y la eutanasia.

Pero, sobre todo, cambiar la disciplina del celibato representa para la jerarquía eclesiástica una rendija por donde se va a colar la mujer en la sacristía y en el altar. La Iglesia Católica se mantiene como la última institución contemporánea oficialmente machista. En ese régimen patriarcal la mujer sólo es servidora, segundona. El poder sólo es de los hombres. El poder, la representación de Dios, la voz oficial de Dios, administrar a Dios sólo es de los hombres. El celibato no sólo la aleja materialmente de la representación de Dios, sino que la descalifica institucionalmente. Reconcer de verdad la igualdad de la mujer representaría en la Iglesia Católica una revolución más que copernicana. Sería de verdad convertirse a la fe de Jesucristo.

Por eso, al mequetrefe ese de Miami que retozaba con su novia en la playa para que todos los vieran, ¡que le vaya bien! El pueblo creyente, sobre todo los millones de pobres que sólo viven de la esperanza que representa la fe en Jesucristo, no necesitan curitas bonitos, vestidos de casimir de seda, que dan consejos corrongos, que atienden viudas guapas o solteronas beatas, tartufos bien vestidos, fariseos generosos que publicitan sus dádivas ni poderosos que demandan bendiciones. No necesitan sacerdotes que esconden sus pasiones por cálculo para no perder sus privilegios clericales ni las “audiencias” de sus programas de radio y televisión. Necesitan testigos de Jesucristo muerto, pero resuscitado, muchas veces heroicos, austeros, que hayan sido derribados del caballo camino de Damasco, que no le tengan miedo al amor ni al sexo, que sean compañeros de la ruta de su liberación.

*Ex-sacerdote católico y periodista costarricense

www.provocaciones.cr


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