De Lima Salas, entre los Psiquiatras chorreados y de manicomio

Muy respetuosamente debo confesar que jamás he creído en psiquiatras y que ésta es una profesión de lo más despistada cuando tratar de enderezar los fantasmas que acosan a nuestros semejantes. En la actual situación venezolana casi todos los psiquiatras está de manicomio, y merecerían ser analizados y tratados por sus pacientes. Claro, sus consultorios están atestados de gentes desquiciados por diversas formas de ansiedad, cegueras, odios, recelos, alarmas artificiales y súbitos ataques de pánico. Pero todos concentrados en la figura de Chávez: “Doctor, yo me siento enfermo en este país; cuando viajo al exterior con suficientes dólares sólo pienso en el regreso. Nada me anima a disfrutar porque sé que tengo que regresar y eso me abate, me aplasta, me destroza la existencia. No concibo por qué el venezolano no ve al animal que le gobierna, al monstruo que lo tortura, a la peste que le arrasa. Si me pudiera matar resolvería todo eso, doctor. Dígame ¿qué hago?

El consultorio del doctor Miguel Ángel De Lima Salas vive a reventar y él trata de razonar, azorado y convulso y ha corrido a “El Nacional” para tratar de explicarse: “hay una vertiente crónica de la ansiedad, que se da en personas que tienen miedo de una figura que lleva años infundiéndolo. Ese es Hugo Chávez".

Listo, el señor De Lima Salas encontró la causa. Él ve en esos millones que siguen al Presidente a gente aterrada y llena de pánico. Él no entiende por qué cantan, por qué ríen, por qué danzan, por qué idolatran al Presidente y por qué lo aman con devoción sincera. De Lima Salas no entiende nada y considera que ha desperdiciado su vida dedicándose a la psiquiatría. Él también está loco porque sólo vive viendo Globovisión. A él le pasa lo mismo que a los escuálidos a los que trata de curar; necesita ayuda pero no encuentra a nadie que lo cure a él y por tanto él a nadie puede sanar. Su locura es simple: “Pero cómo no va a producir angustia un jefe del Estado que hace cadenas audiovisuales de ocho horas, la mitad de las cuales están dedicadas a amenazar, insultar y humillar. Pero es que incluso cuando se transforma, porque él hace transformaciones histriónicas para electrizar a las masas, su gestualidad es amenazante.”

El pobre De Lima Salas ve amenaza en todas esas cosas, pero no se pregunta en absoluta por qué eso mismo no es visto así por millones de seres que disfrutan escuchándole, que no se apartan un segundo del televisor mientras habla, que apenas da una orden la siguen con toda sus fuerzas y su corazón. El psiquiatra fracasado De Lima Salas pareciera no entender que esto sólo ocurre entre los escuálidos porque viven aferrados con insania a las barbaridades que le inocula Globovisión. El pobre De Lima Salas continúa desvariando y agrega: “Cómo no va a meter miedo un hombre que grita amenazas mientras se jacta de tener todo el poder del Estado en su mano, lo cual es cierto. Cuántas veces nos ha recordado que su revolución es pacífica, pero está armada. Y, de pronto, hay unos muertos en la plaza Francia de Altamira, en puente Llaguno, o el mismo Danilo Anderson; o sueltan unas bombas molotov en la universidad o, como hicieron hace unos días, deslizan unos volantes por debajo de las puertas de las oficinas, que dicen: "Escuálidos, los vamos a quebrar, cuídense".

Ay qué psiquiatra éste de atar, como si lo de Altamira, Puente Llaguno, Danilo Anderson, las quemas del Ávila, panfletos para volver locos a su propia gente y lanzamiento de bombas molotovs no lo hubiesen hecho ellos mismos. Pobre hombre que está verdaderamente de manicomio. Y cuando le contraponen unas declaraciones de Ibsen Martínez quien afirmó que Chávez, en diez años, no ha logrado meter miedo porque no se ha atrevido a matar, entonces De Lima Salas, loco de atar declara que eso es un gran error de apreciación: además de matar, hay infinitas formas de infundir miedo. El bozal de arepa, en las inmensas zonas deprimidas de Venezuela, donde el Estado es el gran empleador. Pero entonces en el diván eterno de sus memeces se le pregunta a De Lima Salas cómo fue que salió el Sí en el referéndum, cuando el voto es secreto y a nadie se le presiona para que vote por Chávez, entonces De Lima Salas salta y escupe: “Al terrible miedo que tienen esas personas a perder su empleo, a no poder alimentar a sus hijos, en una economía con una espiral inflacionaria. Si no tengo nada y soy beneficiario del asistencialismo del Estado, también tengo miedo porque Chávez dice que me van a quitar las misiones o lo que queda de ellas. Esa fue la campaña de ellos; y pegó.”

Y De Lima Salas, delirante y angustiado, remata: “¿quién dijo que sólo el miedo a la muerte neutraliza la acción política del ciudadano? Los psiquiatras y los psicólogos vemos todos los días el impacto del miedo en las personas que acuden a nuestras consultas y sabemos que las fuentes del temor son infinitas. Y no me refiero a las fobias o a la ansiedad como meras entidades clínicas. No. En un país con el sector privado de la economía en mengua, donde el gran empleador es el Estado, el terrorismo laboral es una forma del miedo muy acabada y potente. Hay un miedo a la violencia física, sin que se busque por ella la muerte. Está la prisión política como instrumento clásico generador de miedo. Hay la persecución, el acoso de los organismos policiales del Estado. Ninguna de estas fuentes del miedo conlleva necesariamente la muerte de la persona objeto de la amenaza del poder.”

Cuando se le pregunta a De Lima Salas: “¿Tiene usted miedo?”, el orondo psiquiatra retrocede y se persigna. Se arrodilla y llora, para rematar: “Baste evaluar la cantidad de gente (muy valiosa, por cierto) que se ha ido del país. Y ya no digamos la que quiere irse. En una clase del último año de Medicina, usted propone: "Levanten la mano quienes quieren emigrar". Y más de la mitad del curso manifiesta su deseo de abandonar el país. Es desolador. Pues bien, ésa es una espantosa manifestación del miedo y la desesperanza que Chávez ha diseminado en Venezuela.”

Y cuando se le pregunta si Globovisión tendrá algo que ver con ese miedo inducido, De Lima Salas que no se le desvíe del tema porque él está cansado de ver ese canal todos los días y nota que le da equilibrio y seguridad a sus actos. Que eso nada tiene que ver. ¿Usted acaso me ve loco a mí?, grita. Y entonces comenzó a elogiar a Carlos Ocariz. Que según De Lima Salas se metió a trabajar en los barrios de Petare, los más peligrosos de Latinoamérica. “Ahí él generó un liderazgo. Bien sudado. Desde ese ejemplo, pregunto, ¿qué hice yo para que la opción del No sumara un voto más?”. Entonces cuando se le dijo a De Lima Salas que esos votos los había sacado Ocariz en la clase media y alta, se estremeció: “Se dan cuenta, me quieren volver cuerdo y eso no lo acepto, porque mi especialidad trata sobre el terror generalizado en la sociedad, no pienso que todo está perdido y que la ciudadanía no tiene opciones. Por el contrario, creo que hay muchas. Una de ellas, en mi criterio, es la incorporación de la reserva intelectual del país, que está en la academia y en otros ámbitos privados, al liderazgo democrático. Estoy mal, lo reconozco, estamos mal pero a pesar de todo seguimos bien. Necesitamos psiquiatras alemanes, españoles y griegos. La reserva intelectual tiene la densidad del discurso y la confianza de unas masas que necesitan algo más que amenazas y promesas vacías. He dicho, o no lo he dicho.” Listo para embutirlo en la camisa de fuerza. ¿Qué tal?


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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