El cura Ugalde llora lo que no pudo defender como hombre el 11-A

La doctrina jesuítica sobre la legitimidad del tiranicidio,

se puso en boga; y fue públicamente enseñada en las aulas,

propalada en los púlpitos, y hasta inculcada en los confesionarios.

JOSÉ PERALTA

¿Alguien recuerda que el cura Ugalde, llegara a criticar a la reina Blanca Ibáñez quien le pasaba gordos cheques, con millones de bolívares, a los obispos sinvergüenzas de las distintas diócesis venezolanas? Claro, ése no era su papel. Con su poder en la UCAB en donde “rectoriza” a su antojo desde que le da la gana está inmensamente molesto con la pretendida “reelección indefinida” de Chávez. Él no concibe el poder sino para aquellos que son como él, que son sus aliados y fascistas en el terreno de la política y del negocio empresarial. De aquel trío de bandidos como el Carlos Ortega, Pedro Carmona Estanga y Luis Ugalde que protagonizaron y organizaron el criminal paro y atentado que se desarrolló desde el 2001, sólo queda en el país el ensotanado Ugalde, por ser cura, por estar protegido por la embajada norteamericana y por ser un gran cobarde.

Como todo un ultraneoliberal salvaje Ugalde se metió de lleno en la conspiración. Estaba al rojo vivo contra el programa del Presidente porque le estaba dando en dónde más le duele al fascismo que propugna Ugalde. Él no podía aceptar programas que se estaba comprometiendo a pagar la gran deuda social, a crear el banco de la mujer, a atacar frontalmente al contrabando, la exigencia de que las grandes empresas tenían que pagar impuestos, la aplicación de la ley de tierras, el proyecto que le diera impulso a los nuevos innovadores, el plan de las viviendas productivas y la financiación a la pequeña y mediana industria a través de créditos con bajos intereses otorgados a través del Banco Industrial de Venezuela. Todo esto representaba para unos empresarios de maletín y que viven de la importación, un golpe brutal a sus intereses. Los más afectados por estas reformas eran los medios de comunicación, la Iglesia mercantil y como éstos viven de estas grandes empresas, básicamente especulativas, pues se tomó la decisión de atacar sin tregua ni cuartel al gobierno. Todavía en aquellos días ellos estaban a tiempo de impedir que Venezuela diera un vuelco tan desmesurado socialmente, en el que los negociantes de la Iglesia y de los partidos acabasen apareciendo como monstruos, viles explotadores y canallas a sueldo del mismísimo Departamento de Estado. Pues, manos a la obra, contando con el dios del padre Ugalde, el gocho inefable refugiado en Miami y con el gran espaldarazo de la CIA se lanzaron a una paradita.

A partir de este encuentro entre Carmona-Ortega-Ugalde, los medios pasarían a dirigir la agenda política nacional, y el gobierno entonces quedaría a la defensiva, bastante relegado. Los poderes públicos se verían en la obligación de atender de manera expedita y total todas las exigencias de la oposición, caso tras caso. Esta agenda criminal la impondrían a sangre y fuego durante cuatro meses, hasta que el padre Ugalde tuvo que tirar la toalla al ver la enorme resistencia que el pueblo le opondría al negocio neoliberal que había por detrás. Entonces pasó a integrar unas fulanas mesas de diálogo.

El padre Ugalde sí es verdad que está convencido de que su Dios es el mercado y para eso vino al mundo, para hacer la felicidad del libre mercado. Él, que no sabe sino hablar de gerencia, de negocios y de previsiones políticas materialistas. Y para él de mosquito para arriba todo es cacería: se unió al Manuel Rosales, a Cabeza e´ Motor, el Goicochea, el Maraco, El Cuervo, el versa-culo de Pablo Medina, etc. En fin, había llegado la hora de que todos los santones del capitalismo miserable se arrejuntaran como mochos para rascarse sus crestas y sus jetas. Estos curas que creen que la salvación aquí abajo está en acumular plata y negociar almas en los locutorios. Curas que han vivido del halago y de la dulzura de los ricos: Que saben esconder la piedra y estirar la mano. De la internacional del crimen contra los pueblos. Mentirosos, malasangre y golpistas. Que ni perdonan ni piden perdón. Que se les olvidó rezar y ahora gerencian en nombre de la salvación. ¡Hay que saber gerenciar para que nos admitan en el Paraíso! El cura Ugalde se puso a conspirar, insisto, por todo lo alto para alcanzar la gloria del cielo. ¿Qué le puede estar importando Dios al señor Ugalde, quien se solidariza a un par de delincuentes como el Pedro Carmona y Carlos Ortega para tumbar un gobierno, y más tarde con toda su desfachatez va y se une a las mesas de diálogo con Chávez? Son unos artistas hundiendo a las naciones estos curas protofranquistas como aquel Iñigo Azpeiazu quien fue capturado en el aeropuerto de Maiquetía, huyendo de Buenos Aires (luego de haber provocado varios incendios de iglesias para que se las achacasen al gobierno de Perón).

Aquí la Iglesia al igual que la prensa poderosa se había estado autocolocando niples para luego decirle a la opinión pública internacional que quien las ponía era Chávez.

¡Quién podía imaginarse que aquellos que se plegaron a los gobiernos criminales de CAP, los que arruinaron e envilecieron la administración pública, los que desmoralizaron la educación y la salud, ahora, por arte y magia de los poderosos medios de comunicación aparecen como mártires, oráculos y salvadores de la patria y apoyados por los curas!

Ugalde hoy compara a Chávez con Páez, Monagas, Guzmán, Castro, Gómez, Somoza, Franco, Kim Il Sung, Ceaucescu, Stalin, Hitler, Mao, Pinochet, Castro, Trujillo, Duvalier, Mugabe, Stroersner...

Estos curas inmorales como el Ugalde son de la misma clase de equivalencia de los que mataron a Eloy Alfaro, en Ecuador. El gran escritor ecuatoriano José Peralta nos refiere: “El clericalismo era el cáncer de la sociedad y lo había envenenado todo: gobierno, leyes, justicia, ciencia, escuelas, talleres, familia, conciencia individual y conciencia pública, todo estaba modelado, desfigurado, contrahecho por el espíritu monacal. La república del Sagrado Corazón de Jesús estaba regida por una teocracia absurda, asfixiante, que se salía aún del marco que, según el Conde de Maestre, debe contener a un Estado Católico ultramontano; y nada, absolutamente nada, habría podido echar de menos el más exigente de los obispos de la Edad Media, en este feudo de la Santa Sede.”

“El presidente de la Nación no era sino a manera de vicario del romano pontífice; la soberanía ecuatoriana no existía en realidad; y hasta las leyes del Estado quedaban sin valor ni efecto, si contradecían en algo a los cañones y a las doctrinas de las iglesia. El Ecuador no era una nación, digámoslo así, sino una mera cofradía, dirigida por señores espirituales y despóticos; una autocracia mística, que no reconocía mas ley fundamental que el Syllabus, ni más regla de gobierno que la arbitraria voluntad del amo.”

“La santa alianza del altar y del trono, para mantener sumisos a los pueblos prestándose mutuo apoyo las dos tiranías, la temporal y la eclesiástica; esa alianza nefanda que ha retardado el perfeccionamiento humano por decenas de siglos, mantúvose inalterable y estrecha por largos años en la República del Sagrado Corazón; y produjo todos los amargos frutos que siempre ha dado de sí, en todo los países dominados por ella.”

“El gobierno liberal emancipó la conciencia de los ecuatorianos, estableciendo la libertad de cultos, la libertad de imprenta y la libertad de palabra, suspendió el concordato y desconoció la supremacía del Syllabus sobre las leyes de la nación, derogó las contribuciones eclesiásticas y los decretos cuasi canónicos que hacían del Ecuador un feudo papal; secularizó la enseñanza y abrió las puertas a la libre importación de libros para la difusión de la ciencia moderna; privó al sacerdocio de su despótico poder y avasalladora injerencia en los negocios públicos; prohibió la inmigración de comunidades religiosas y despojó de las prelacías a los sacerdotes extranjeros que tiranizaban a los del país; declaro bienes nacionales a los llamados de manos muertas, adjudicándolos a la beneficencia pública; estableció el matrimonio civil y el divorcio; dictó leyes protectoras a favor de la raza india y del proletario; limitó, en fin, hasta donde se pudo, la intromisión monástica en el manejo de los asuntos del Estado, vedando que los ministros del altar desempeñarse cargos oficiales.”

“El furor del clericalismo no reconoció diques; y desbordóse a la manera de un torrente de lava ígnea que incendió toda la República. Los obispos anatematizaron todas las mencionadas reformas, calificándolas impías y heréticas, de atentados monstruosos contra la religión y la Divinidad misma; y en cartas pastorales y exhortaciones al pueblo, señalaban al presidente y a sus Ministro, a los legisladores y demás liberales, como forajidos que se debían combatir sin tregua, en defensa de la heredad del señor. “

“Los predicadores proclamaron la guerra Santa; y algunos de ellos llegaron a sostener sin ambages la santidad del asesinato de los herejes, comparable a las hazañas de esos santos homicidas que libertaron al pueblo de Israel, inspirados por el mismo Jehová.”

“Hasta las monjas contribuyeron con sus caudales para la guerra fratricida; y se colocaron públicamente en los mercados de los pueblos colombianos fronterizos, vasos sagrados, candeleros de plata, capas de coro, casullas, etc., a fin de acumular fondos para el enganche de los soldados de la fe, a los que iban a reclutar el fanatismo al otro lado del Carchi, entre esas como hordas hambreadas que la frailería de pasto no cesó de lanzar sobre el Ecuador, por más de cinco años.”

“Cada templo era un antro de conspiración; cada fraile, un reclutador infatigable de cruzados; cada púlpito, una tribuna al servicio de esa demagogia eclesiástica, de esa antropofagia mística e implacable; cada congregante, un atizador del incendio, un espía habilísimo; cada párroco, un cuestor activo de contribuciones piadosas y destinadas a dar pábulo a ese insano frenesí de sangre.”

“Y no había un solo devoto que no soplase en la hoguera, así como transformado en verdadero energúmeno, en ser ajeno del todo a los más sagrados sentimientos de humanidad: hasta hubo mujeres que, despojándose de su natural dulzura y mansedumbre, trocáronse en furias en furias, al extremo de rematar sin compasión, y en honra y gloria de Dios, a los indefensos liberales heridos, que hallaban en los campos de batalla. La hueste católica no proclamaba otro derecho ni otro regla de conducta, que la brutalidad de Breno: ser vencido valía tanto como ser destinado al martirio. Fue una guerra tenaz y prolongada; guerra cuyo sustento era el odio más feroz e insaciable, ese odio que sólo nace y se alberga en el corazón de la frailería y de sus secuaces.”

“Las victorias mismas de las armas radicales encruelecieron y envenenaron el rencor del bando ultramontano; y Alfaro y sus principales colaboradores fueron condenados a la difamación y a la muerte, como ateos y tiranos. La doctrina jesuítica sobre la legitimidad del tiranicidio, se puso en boga; y fue públicamente enseñada en las aulas, propalada en los púlpitos, y hasta inculcada en los confesionarios.”

“Así, muy luego, para la ciega intolerancia del vulgo, dar la muerte al general Alfaro y a sus compañeros de labor, llegó a equipararse a un acto de sublime heroísmo a una como manifestación de virtud y santo celo por la fe de Cristo. Partirles el corazón de una puñalada, era agradar a Dios y conquistar el cielo.”

“Y hubo muchas conjuraciones abortadas, muchos brazos levantados para herir, y que no dieron el golpe sólo por circunstancias ajenas a la voluntad del asesino.”

“Los consejos no eran sino cónclaves, eclesiásticos: únicamente los obispos, los clérigos, los católicos probados, los jesuitas de sotana corta, podían representar, los derechos del pueblo y darnos leyes; a sólo ellos les estaba encomendado manejar la República y encauzar su marcha hacia el porvenir. De igual manera, los municipios, patrimonio de aquella sagrada casta, contra la cual no era lícito levantar ni la mirada, menos la voz para reprocharle semejante tiranía. El sillón presidencial, las poltronas del gabinete, las gobernaciones de provincia, las Jefaturas de cantón, hasta las tenencias parroquiales, eran peculio exclusivo, no de los méritos y el patriotismo, sino del linaje de Rodín y de Tartufo.”

“¿Quién fue jamás vocal de las cortes de justicia, ni alcalde cantonal, ni acusador público, ni tesorero, ni alguacil, ni siquiera portero de una oficina de gobierno, sin certificado auténtico de ortodoxia, sin ir cargado de camándulas y reliquias, sin ser miembro de una congregación religiosa, en fin, sin pertenecer de algún modo a la clase privilegiada y ultramontana? Hasta los militares, para mantenerse en servicio y tener piltrafa, habían de ostentar escapularios y rosarios, a vueltas con los entorchados; y reconocer y sostener con la espada el derecho divino de los usufructuarios del Ecuador.”

“En cuanto a los colegios y universidades, liceos y escuelas, nada hay que decir; el loyolismo se había encargado de perpetuar la dominación conservadora, mediante la formación hábil y prodigiosa de sucesivas generaciones de parias, de multitudes abyectas y sin vista, de una sociedad sui géneris, supersticiosa y fanática, adecuada para base y defensa del omnímodo poder sacerdotal. ¿Qué inteligencia modernamente nutrida había de irradiar en esos tenebrosos albergues de murciélago?”

“El artesano tampoco trabajaba exclusivamente para su familia; la reservada alcancía iba rellenándose con sus sudores, en forma de pequeñas monedas; y ese oculto caudal arrebatado a sus hijos, era para la fiesta del Corpus Christi, de la Virgen del Carmen, de San Tadeo u otro bienaventurado, de las almas del purgatorio, etc.; es decir, para el clero, exactor insaciable y sin entrañas. El Ecuador era una colmena; los zánganos en todas partes son zánganos, pero en la república del sagrado corazón de Jesús, vestían cogulla y aun iban de capa de coro, bien repletos con el sudor del pueblo, y todavía bendecidos y aclamados por sus victimas…”

“La terquedad y la barbarie del conservadorismo ecuatoriano ha sido funesta herencia del despotismo colonial: como los conquistadores de América, hacen dimanar sus prerrogativas y poderío, de la voluntad del cielo; y establecen íntima relación, unión perfecta solidaridad perpetua entre los interés religiosos y sus propias desenfrenadas concupiscencias entre la fe de Cristo y la tiranía clerical, entre causa de Dios y las detestables acciones de los ministros del altar. Antes perecer que ceder, es su divisa; y todo el que vuelve por la verdad, todo el que se declara contra la superstición y el fanatismo, todo el que invoca la libertad del espíritu y la autonomía de la conciencia, todo el que se esfuerza en sacudir el yugo hierático, es para el conservadorismo un ateo execrable, un criminal digno de muerte espantosa y ejemplarizadora, un precito irremisiblemente destinada al fuego eterno. Y el conservadorismo ni olvida, ni transige, ni perdona: tan extremados sus prejuicios y arraigadas sus ambiciones, que se revuelve furibundo hasta contra sus propios ídolos, si éstas llegan a dar alguna muestra de acatamiento a los derechos de la humanidad. Pio IX fue mal mirado por la secta cuando puso la planta en la senda de las reformas; y no se reconcilió con ella, sino mediante el brusco retroceso al sistema de Gregorio VII, a los métodos de intolerancia y anatema, al tradicional procedimiento de los sacerdotes enemigos de la libertad y el progreso, y la proclamación del Syllabus, lápida funeraria del espíritu humano.”

“Alfaro hirió a la hidra sagrada en el corazón, la encadenó, le arrebató su presa, la incapacito para continuar en su tarea devastadora y sangrienta; y, natural y lógico, que el reptil herido mordiese la mano que lo estrangulaba, y que su inmunda progenie se lanzara furibunda contra el libertador de los dos millones de víctimas destinadas a servir de alimentos a tan venenosa y voraz nidada.”

“Fue vencida la teocracia; pero la doctrina que los jesuitas depositaron en el corazón de los fanaticos, como simiente venenosa en tierra fecunda, se conservó allí pronta a germinar con el primer rocío de sangre, al primer calor de las contiendas civiles, al primer hálito de una tempestad política. Hasta el obispo González Suárez, cuando secretario del Arzobispado, sostuvo con insistencia y demasiado calor la doctrina inmoral y anticristiana, de que es licito desacreditar cuando se pueda a los enemigos de la religión, a fin de hacerlos odiosos y evitar así que el pueblo siga las perniciosas lecciones de esos propagadores del error… En esos tiempos de absoluta dominación monástica, se corrompió todo, religión, política, jurisprudencia, formas judiciales, prácticas piadosas, fe pública, moral social y moral privada, el centro y el báculo; todo, todo, se arrastró por el fango y se puso al servicio de las peores pasiones; todo se vendió y se compro en público mercado, así como por tarifa, sin exceptuar la gracia divina y la conciencia de los que se decían santos…”

“En los tiempos de García Moreno y Caamaño-época en que floreció el catolicismo ecuatoriano, sin contradicción alguna- tampoco se conoció la libertad en nuestra desventurada República; las doctrinas liberales hallábanse excomulgadas y proscritas, al igual que en la edad media."

jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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