Las cosas son como son

Diez años apenas, son pocos, realmente muy pocos. Construir un sistema de derechos políticos, económicos, sociales, ambientales y culturales en una sociedad acosada y maltratada por el capitalismo depredador es una tarea intensa en esfuerzo, capacidad, sensibilidad y tiempo, mucho tiempo.

Y es sobretodo una apuesta a las virtudes del colectivismo enriquecedor sin negar al individuo, eso sin dar tregua al individualismo. En la práctica se trata de internalizar en mentes y voluntades la necesidad de convivencia. Es una búsqueda para unos y para otros pero mientras prevalezca el modelo de unos pocos contra las mayorías, mientras los derechos de unos cuantos sean mas derechos que los que nos corresponden a todos, la utopía de la convivencia en paz no será posible.

Para estos propósitos de cambios profundos se impone la imponderable variable del tiempo. Todo podemos hacer, pero todo proceso tiene un cronograma genético marcado y el nuestro no escapa a esta fatalidad. Para que todos nos movilicemos tenemos que explicarnos y convencernos al interior de nuestras propias fuerzas sobre esta realidad. Necesitamos más, mucho más que diez años. Vale decir que sociedades industrializadas, mil años después, se debaten en nuevas búsquedas de vías políticas y económicas, se esfuerzan al mismo tiempo en visualizar nuevas formas de enfrentar el hecho social y los cada vez más acuciantes problemas de la humanidad para los cuales aún no hay respuesta y por tanto, no avizoramos soluciones.

No pide el pueblo sino lo que es justo en términos de tiempo, y creo que nada más justo que la derecha furiviolenta acepte que también a las mayorías corresponden cuarenta años de ejercicio democrático. Tratemos en ese corto lapso de enmendar, reformar, destruir lo mal hecho, potenciar lo que el pueblo reconoce como válido y enriquecedor, multiplicar estos diez años de logros de todo tipo y visionar una Venezuela definitivamente posicionada para enfrentar la era poscapitalista.

A la derecha, la una y la otra, le corresponde aceptar sus graves errores, reconocer faltas y purgar delitos de cuatro décadas; además, pedir perdón, hacer acto de contrición pública y esforzarse en construirse así misma como una opción polisocial capaz de hacer política civilizada, cristiana, occidental, progresista, igualitaria, humanista, sensible, nacionalista e independiente de las imposiciones y designios de los centros hegemónicos del gran capital transnacional, de los centros ideológicos, políticos, religiosos y culturales del norte “civilizatorio”.

Cuarenta años bajo una visión de País dominado son un siglo. La escena es dominada aún por la derecha encarnada en Caldera y CAP, líderes extraviados en la madeja de los intereses transnacionales, operando ambos con ligeras variantes sobre un mismo tema: el poder para los poderosos. Llegó a tanto este encasillamiento empobrecedor que hoy día, en la derecha, la una y la otra, no es posible el resalte de algún líder creíble salvo que comulgue con la apuesta de extrema derecha copeyana (hoy con nueve subderivados) atada a los designios de los oscuros centros e intereses econoreligiosos europeos o que comulgue con la propuesta adeca (hoy con cinco subderivados) econofinanciera pronorteamericana de CAP.

Todos, absolutamente todos, izquierda, centro, derecha y ni-ni tenemos que reaccionar y acomodarnos en convivencia respetuosa. La derecha popular (que la hay), debe convencerse, por ejemplo, de que la pobreza de las clases populares no le beneficia en nada, pobreza atrae pobreza y con toda certeza que la clase media venezolana está mucho más cerca de vivir en carapita que en el Caracas country club, por más esfuerzo que haga, en lógica reversa, riqueza no atrae riqueza.

También la clase media es excluida. No es asunto solo de dinero, es además asunto de odios raciales de la minoritaria clase oligárquica en contra de una sociedad que no terminó en cuarenta años de desconstrucción y destrucción de aceptar un modelo extraño, culturalmente vacío y triste, políticamente opresor y socialmente excluyente. Levantisco, protestón y renegado como lo es el pueblo venezolano, rechazó el modelito impuesto-importado. Esa es la razón del 27f , del 4f y de tantas otras fechas en las que quienes creemos en esta otra Venezuela que apenas asoma, pero asoma.

Hora de horno y forja; hora de arado, semilla y frutos; hora de taller y libros; hora de la luz bolivariana; hora de los hombres y mujeres con sentido colectivo. Exijamos nuestros cuarenta años y démosle a Hugo Chávez la responsabilidad de seguir el camino trazado. La experiencia intensa en logros y esperanza nos motiva a ir a votar el 15f, vamos todos.



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