Un "Indispensable" ausente

En la época actual hay varios “ausentes indispensables”, Carlos Andrés, Lusinchi, Carmona, Carlos Ortega, etcétera. Vamos a narrarles las vagabunderías de uno de estos “angelitos indispensables”.

El tal “indispensable” ausente, antes de llegar a Francia, viajó a Estados Unidos a objeto de inaugurar la estatua que al Libertador ofrendaba la municipalidad de Nueva York. La ciudad que fuera escenario de sus balbuceos diplomáticos y de sus pininos en política, había cambiado sustancialmente. El funcionario encargado del discurso de orden llamó a Bolívar “El Washington del Sur”

-¡Qué bolas tiene este tercio de comparar Washington con Bolívar!- Aparte de la genialidad de Bolívar, fue el ejemplo más acabado de abnegación y desprendimiento, y no sólo sacrificó su inmensa fortuna en aras de la libertad, sino que rechazó el millón de pesos que le obsequiara el Perú, cuando bordeaba la pobreza.

Washington, en cambio, no obstante seguir siendo el terrateniente más rico de Virginia, le pasó al Congreso americano una cuenta por cuatrocientos mil dólares, por haber conducido su ejército a la victoria.

Los americanos nunca han sabido donde están parados; de ahí la tirantez que siempre ha existido con nosotros los Latinoamericanos. Somos aceite y vinagre.

Es que no puede ser de otra forma. Si Inglaterra es la negación de España y nosotros somos hijos de los conquistadores españoles, es fatalmente cierto que viviremos en pugna. Lo que a ellos les gusta a nosotros nos enferma.

Este es un mundo gobernado por la mujer. Es que las mujeres inglesas que vinieron a Norteamérica fueron tan escasas, que subieron indebidamente de valor, por aquello de la oferta y la demanda. Como no hicieron lo que hicieran nuestros ancestros españoles con las indias, ya que al parecer les daban grima, no les quedó más camino que hacerse la puñeta por varias generaciones. Yo por eso sentenció el “indispensable”, mañana mismo me embarco para España, nuestra madre nutriente, con la que ha llegado la hora de reconciliarnos.

España, a diferencia de Francia donde todas sus guerras externas y sus revoluciones políticas no había sido impedimento para el progreso, se debatió desde 1812 hasta 1874, en que se restauró la monarquía con Alfonso XII, el hijo de Isabel II, en la más espantosa anarquía, con tres guerras civiles a lo grande, donde la mitad de España mató a la otra, con la ruina financiera consiguiente. Luego de vencer a los carlistas, de deponer a la reina, de instaurar una nueva monarquía con un príncipe italiano y de jugar a la república, España, agotada, aceptó la paz de los generales con un rey constitucional, como lo juró el Borbón al ascender al trono de San Fernando.

La tierra es determinante en las formas de vida de los hombres, aunque aún no sé si la tierra hace a los hombres o son los hombres responsables de que su país sea un erial o un jardín. España, en tiempos de los romanos, estaba cubierta por un gran bosque. Dicen que la deforestación fue obra del cristianismo. Los primitivos germanos tenían como dioses a los árboles. No nos extrañemos, pues, de que por obra de la propagación de la fe España se quedase deforestada. En Caracas hubo un gobernador, a comienzos del siglo XVIII, que mandó a talar todos los árboles que había en el Valle. Por eso no hay en Caracas un solo árbol que tenga más de dos siglos y medio, cuando es sabido que hay samanes, que tienen más de mil años. Por eso me pregunto, cuando algunos sabihondos opinan que el clima ha determinado nuestro atraso, ¿será el clima o seremos los venezolanos?

Este “indispensable”, con el título de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Venezuela, con que fue investido, rehizo sus vínculos con la destronada Isabel II, quien por haberse restaurado en el trono a su dinastía, recupera algo de su menguada importancia e influencia. Es llana, vulgarzota y sincera: Fueron ustedes, los venezolanos, encabezados por ese tal Bolívar, los que acabaron con el imperio español en América. Y a ti también se te olvida que fui yo, la soberana, quien reconoció la independencia de Venezuela, lo que jamás sucedió en vida de mi padre, ni cuando mi madre era regente.

¿Y por qué tardó tanto España en reconocer la autonomía de mi país, cuando se la reconoció a México y a Perú con diez años de anticipación, habiendo sido ambos virreinatos y tan llenos de oro y de plata como jamás lo tuviésemos nosotros?

¿No lo sabes “indispensable”?, -preguntó la reina con extrañeza- A ustedes tardamos en reconocerles por dos razones: en primer lugar, por lo que te acabo de decir; luego, porque además de rebeldes fueron unos picaros y ladrones insoportables, lo cual no sucedió en ninguna de nuestras otras provincias de ultramar.

¿Cómo es eso, Majestad? La verdad es que no entiendo.

Ustedes fueron los únicos de nuestros súbditos que les confiscaron los bienes a los españoles y a los criollos partidarios del rey, negándose a devolver lo ajeno luego de firmarse el armisticio. Como tú comprenderás, aquello no era cuento de rebeldes y leales súbditos, sino de ladrones y policías.

Eso es verdad, Majestad. Es cierto que el General Bolívar confiscó los bienes a los que usted se refiere, repartiéndolos entre los soldados. Pero un general, llamado Páez, que sucedió a Bolívar y se mantuvo en el poder hasta que yo lo derroté en una larga guerra, compró a bajo precio y con amenazas las tierras de los veteranos. De haber devuelto las propiedades, se hubiese quedado en la miseria. Era el más grande latifundista del país, aquel libertador liberticida, como él mismo cínicamente calificó a sus colegas.

La restauración de los Borbón devolvía a la hija de Fernando VII su dignidad de reina madre, por lo menos en lo que a realeza se refiere, ya que en lo otro Doña Isabel era copia al carbón de su ninfomaníaca abuela, María Luisa de Parma, y menos recatada que Cristina, su madre, la reina regente, quien a pesar de ser rabocaliente, hizo lo indecible por guardar las apariencias. La Isabel derrocada continuó siendo tan impúdica en Francia, como lo fue en las gradas del trono, rodeada permanentemente de chulos.

El “indispensable”, jubiloso, salió del palacio de Castilla. Ser conde o marqués era de un valor inestimable. Tan pronto llegó a casa, buscó en el sótano un cuadro, retrato de una mujer, que había comprado su padre en el Perú. Era una española de raza, de facciones clásicas y serena mirada. Lo colgó en la biblioteca, junto a los retratos de sus padres.

¿Y esta quién es?, preguntó sorprendida su mujer.

Es Doña Josefa García de la Concha de Guzmán y Jaén, madre de mi padre, y abuela mía por consiguiente.

Y de esa manera, quitó de en medio a la Tiñosa, no fuera ser cosa, como le sucedió al Libertador con su bisabuela la Marín de Narváez, que por unos tintes de más o por hacer arepas, se le cerrase un lugar en la nobleza europea. Ésa es y será por mucho tiempo la tragedia de la clase pudiente venezolana. Quieren ser españoles y no los dejan; desprecian al pueblo por lo que tienen de indio o de negro, y ninguno se salva de tener rastros de las razas vencidas.

A la parejería del “indispensable”, debemos el hecho de haber perdido la Península de la Guajira y los llanos de Casanare, por su manía de ponerse en un titulo nobiliario.

Por aclamación de un “presidente compinche de él”, que la reina de España fuese el árbitro de nuestras diferencias limítrofes con Colombia, siendo la pérdida de la Guajira el resultado de aquel laudo arbitral. Si él, por obra de su madre, adquirió la bizarría que lo hizo dueño de Venezuela, su padre le enseñó que su país era el mejor del mundo para vivir fuera de él, con el botín que se adquiere adentro; de su padre aprendió el arte de la lisonja y de la intriga en todos sus matices, desde el comentario malévolo hasta el uso adecuado de los anónimos.

¿A quién se le ocurre, sino a un vendepatria, elegir como árbitro a España, cuando fuimos los venezolanos, y no los colombianos, los que destruimos su imperio más acá del mar? ¡Sería como elegir juez a Inglaterra en nuestras diferencias con Trinidad! Así se han manejado en Venezuela todos nuestros problemas limítrofes.

-Venezuela en toda su historia-, ha ganado tan sólo una, y nada más que una, disputa territorial: la que le ganó a Francia por un atolón de medio kilómetro cuadrado frente a Guadalupe. Colombia, en pleno siglo XX, nos ha arrebatado medio millón de kilómetros cuadrados.

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria. Socialismo o Muerte.

¡Venceremos!

manueltaibo@cantv.net


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Manuel Taibo


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