Es ya una abultada perogrullada afirmar que Venezuela vive, con fortaleza, una situación de crisis. Entendida ésta como cambio histórico, como la fractura de una realidad política y socio-económica, y la generación de una super-estructura ideológica dialéctica; fractura que desplaza a una clase dominante en agonía, en ineludible trance de muerte, para instalar una nueva visión de Estado que, en nuestro caso, se inscribe en un programa de socialismo bolivariano. Esa clase dominante agónica, como lo pensó Gramsci, en el transcurrir de su despedida aborta escorias, detritus, deshechos humanos capaces de cualquier aventura. Son escorias de espaldas a los intereses nacionales, a la idea de patria, sin chauvinismo, que intentan detener los movimientos de liberación de los pueblos.
En Venezuela, esa escoria erupcionada por una oligarquía con vocación sepulcral, se identifica con planteamientos y prácticas fascistas. Planteamientos y prácticas cuidadosamente elaborados. No hay improvisación. Los especímenes humanos que integran esa lava corrupta y destructora han sido especialmente codificados para realizar labores que destruyan la vocación democrática de nuestra gente y posibiliten la entrega de Venezuela al imperio norteño y a las transnacionales. El proceso formativo de los agentes del fascismo arranca desde la celebración del Pacto de Punto Fijo, autor de una ruin alternabilidad, creadora de una burocracia infernal y entreguista; se adorna con la actividad de agrupaciones ponzoñosas como TFP (Tradición, Familia y Propiedad), dirigida por el Opus Dei y el extraño personaje Peña Esclusa: allí se forma, por ejemplo, el actual gobernador del Estado Miranda, Enrique Capriles Rarosqui, quien se identificaba con el símbolo nazista ; la Conferencia Episcopal Venezolana, dirigida por políticos ensotanados, unidos a lo más degradado del quehacer político nacional; recordemos, también a manera de ejemplo, al Cardenal Velasco, el que manifestaba públicamente su admiración por el copeyano Enrique Mendoza, arquetipo del político vacío, depravado y entreguista; admiración que la vaciedad del cardenal centraba en el hábito del dudoso Mendoza de usar su gorra con la visera hacia atrás.
Cuando nuestro pueblo reaccionó en febrero de 1989 contra el neoliberalismo asfixiante que le negaba las más elementales condiciones de vida, se manifestó ese fascismo en vigorosa germinación. Fue en ese momento cuando el hoy alcalde de Caracas, el vámpiro Ledezma, en funciones de gobernador de la ciudad capital, arremete contra la pobrecía a través de la policía metropolitana que comandaba, causando incalculables muertes: se combatía el hambre con fusiles y balas; es el mismo instante histórico que hace del seudoprofesor universitario, Carlos Blanco, un singular apagafuegos, al convertirse en el magister conductor de esa fórmula engañabobos que fue la Copre, Comisión para la reforma del Estado, intento también fascista de desviar la lucha de los pueblos recurriendo a fórmulas de nigromancia.
Contra ese fascismo deformante y antinacional, como todo fascismo, debemos luchar sin descanso. Hoy ese combate tiene que dirigirse a enfatizar la necesidad de la enmienda constitucional; su absoluta racionalidad; el paso indispensable para afianzar los cimientos del socialismo, socavar profundamente las raíces vivas del liberalismo oligárquico que nos destruye y alimentar el liderazgo de cambio que conduce a Venezuela hacia la independencia total.
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