Un escuálido fanático lo defenderá a ultranza y es entendible, aunque ilógico. Pero una persona inteligente no. El personaje es la más gráfica explicación de la suerte política. Ninguna idea que emite pareciera estar soportada por la razón sino por el “sinsentido”. Las neuronas que habitan su cerebro deambulan lentas y huérfanas en ese paisaje desértico. Espeluznantes seres son aquellos quienes asienten con la cabeza sus heces cerebrales (ideas) cuando salen por su boca - esto último es una metáfora-.
Su estampa acicalada por “peeling”, la rinoplastia y “fotorejuvenecimiento” (palabras comunes en salones de estética física comercial) y la pose de malandro que busca pleitos, el mismo que “le quita la pajita del hombro” al contrincante, lo hacen ver como un fanfarrón, como un “jetón” (entiéndase: “hablador”, en maracucho). En las vallas publicitarias aparecía con el puente atrás, supongo porque creerá que es de él o se lo dejó en herencia su bisabuelo político, Rómulo Betancourt, el padre de la dictadura democrática del siglo XX venezolano (sistema de gobierno donde se elegía democráticamente al gobernante pero éste gobernaba como un autócrata y se olvidaba de quienes lo eligieron, así como aniquilaba físicamente la disidencia).
Pero en esas vallas no está solo, está mal acompañado. A su derecha –y es lógico que sea a la “derecha”-, está su entrañable amigo: Bernardo. Algunos lo conocen como Pérez, heredero de ese apellido político que es como un título nobiliario si se procede de de la monarquía adeca. No en vano es ahijado de CAP. Bernardo, el mudo, el que hacía todo lo que Diego de la Vega le decía en la famosa teleserie “El Zorro” está allí, acompañándolo, atendiendo a cada frase para “aprender”, para “profundizar” y “convencer”. Padre político e hijo político se parecen. Cuando Montes Kiú no dice nada o cree decir algo, Bernardo asiente con la cabeza.
¿Por qué Montes Kiú? Porque tal y como lo explica nuestro amigo Vidal Chávez: Montes Kiú, alias Rosales, se refirió al filósofo de la Ilustración como “aquel que nació trescientos años antes de Cristo” y bueno, “El Chino Vidal” descifró su lapsus-mentis –que en alias Rosales son “vacíus-cerebralis” o “lapsus brutus- como que el particular “filósofo zuliano”, confundió a Montesquieau con Matusalén. Aclarado quedó el misterio; el misterio de la ignorancia. “El Chino Vidal” lo entendió desde su error refranero y salvándolo de la incongruencia y esa fama labrada a fuerza de despalabras explicó la bizarría: “No hay que pedirle peras a los rosales” y efectuó el desmontaje de su falaz discurso. El “Chino Vidal” fue y es un maestro que dejó un libro para hacer la campaña política contra Rosales (“Así habla Montes Kiú / Erudiciones del filósofo autodidacto del Zulia) y fue subvalorado por genios acostumbrados a perder.
Rosales nunca ha querido salvarse del anonimato, trabaja duramente en su lenguaje para permanecer y vaya que le ha funcionado. La Real Academia Española de la Lengua le ha enviado 14 misivas (una por cada año de su desgobierno hasta ahora) con diccionarios de regalo al filósofo deserudito del Zulia y en contestación, sin entender las directas, pregunta a los miembros de número: ¿Qué estarán insinuando estos hombres de letras mientras yo saco cuentas o números de otro tipo, para los regalos de mis amigos?
En retribución por el gesto educativo, Montes Kiú les envía el Indiccionario de la Irreal Desacademia de la Lengua Mía (IDLM), un compendio de palabras, frases y expresiones recabadas por su traductor personal en español “autodidacto”, las cuales se acercan al abismo, a la profundidad del ser quien mediante su discurso lleno de incongruencias ha hipnotizado a la clase media zuliana y muy especialmente a la marabina durante catorce años. El fenómeno debe estudiarse. No es tan simple como se dice, ni como se lee. Es irónicamente seria la situación. Algo pasa aquí y debemos descifrarlo. La apatía y la ignorancia suelen caminar de la mano.
Montes Kiú, alias Rosales, es la explicación gráfica de un “hoyo negro” terrestre. Es el precursor de un movimiento político suicida con capacidad de resucitación mediante votos inconcientes y “realazo parejo” (Billete = Voto). El Zulia lo padece con sobresaltos y arritmias. Montes Kiú, alias Rosales, es digno de ser imaginado caminando en la ONU hasta el podium principal con un “discurso” entre sus manos que leerá –si puede- para “representar a Venezuela” –Librános del mal Señor, Amén- ante las naciones del mundo, para criticar las alternativas socialistas y defender el capital y los TLC; para poner a “cantar ballenas”, cosechar peras de los hornos, describir “islas rodeadas por agua”, “exiliarse en el exterior”, “relampaguear relampagueantemente”, para hablar de muerte reincidente “si lo matan y se muere”, de “problemas chiquitos”, “de burusas”. Luego de este ejercicio de imaginación, de pesadilla conducida, hay que entender que quienes salieron a votar por Montes Kiú - lejos de las ideologías incluso -, adolecen de algo, de mucho, o padecen un virus “sinvergüenza” que los convierte en vagabundos e insensatos.