(Apostando a lo imposible)

En el reino de la suprema estupidez

Para la conciencia colectiva y el mundo de hoy, hablar de intereses y hechos concretos es ser poco diplomático, poco positivo. Implica ser ofensivo, conflictivo, agresivo, estar poco dispuesto a transigir, acordar. Pero, ¿cómo y qué acordarás si tienes que silenciar o falsear servilmente los intereses y hechos reales para ser aceptado y escuchado?

Todo eso está muy bien dentro de la relatividad de una conciencia configurada sobre presunciones racionales, alienada de los umbrales de tolerancia de su cuerpo sujeto a las exigencias de la vida. Olvidando que más allá de ciertas intensidades, las sensaciones se convierten en dolor y se van haciendo intolerables camino de la enfermedad y desintegración del cuerpo, de la muerte.

Es de suponer que sobre esos umbrales que hacen posible la continuidad de la vida, ha de estar configurada la conciencia, que antes que nada tiene por función garantizar esa prioridad. Las organizaciones sociales son posibles por ende en tanto no desborden masivamente esos umbrales de tolerancia, inclinando el fiel de la balanza, el equilibrio, la justicia, hacia la muerte.

Por eso al acercarnos a eso umbrales, ya sea que recordemos o no esos principios sobre los cuales está configurada la conciencia y construida toda posible convivencia, aumenta la conflictividad y la desestructuración social.

Esa sociedad que posibilitó prevenir la satisfacción de las necesidades, diferenciar funciones que se organizaron cual vida en ciudades, totalmente ajenas a la naturalidad de sus cuerpos, comienza entonces a revertir su temporalidad, su herencia de experiencias y conocimientos.

Nos encontramos por tanto, luego de miles de años de civilización, cara a cara con un desabastecimiento creciente de alimentos, con guerras para la apropiación o defensa de tales apropiaciones de materias primas, bienes y servicios. Con sismos, ciclones y volcanes activos, con sequías e inundaciones, elevación de la media térmica global que derrite el casquete polar disminuyendo aún más las tierras habitables y cultivables.

Todos estos fenómenos tienen en común la intensidad de la experiencia límite, que acelera los ritmos o tiempos habituales dentro de los cuales la vida se desenvolvía. Y esta intensidad no es sino la magnificación resultante de la acumulación de una dirección de hechos, es decir, es la exageración de la normalidad desapercibida por falta de contraste.

Del mismo modo que un loco de manicomio no hace sino poner en evidencia nuestra propia loquera, que dentro de ciertos límites es normal, porque todos la sufrimos y compartimos. Pero si alguno la exagera, es un loco de remate que hay que aislar. Porque no la supo disimular, mantener en la subjetividad, y nos puede poner en evidencia a los demás. Porque no nos agrada presentirnos ni vernos en ese espejo.

Agradables o no para la estética de nuestros hábitos y creencias, la vida impone condiciones simples que no podemos irrespetar impunemente. Todos intentamos dándonos cuenta o no, el modo de satisfacer nuestras necesidades con el menor esfuerzo. A todos nos llega el momento en que se nos vuelve intolerable imaginarnos un futuro de eternas repeticiones de las mismas rutinas organizativas.

Pero las posibles soluciones elegidas no pueden afectar los fundamentos de la vida, porque llegarán ineludiblemente a extremos en que nos afecten directamente poniéndolos en evidencia. Por eso cuando la corrupción y la burocracia llegan al punto en que ponen a la mayoría en peligro, el ecosistema total reacciona de modos sensibles y evidentes hasta para nuestras dormidas e insensibilizadas conciencias, por la intensidad con que nos afecta,.

Cuando la conciencia y actividad humanas llegan al reino de la suprema estupidez, poniendo en evidencia la locura de la supuesta autorregulación del libre mercado, puedes escuchar o presenciar que mucha gente en Brasil por ejemplo, vende su ganado para sembrar granos y producir agrocombustibles que son más redituables.

Disparando así aún más los precios de la “libre oferta” de alimentos, poniendo en sistema de alerta roja el ya deficiente y delicado estado de equilibrio del ecosistema natural y humano. No te queda entonces sino preguntarte, ¿qué intenta esta gente? ¿Para qué querrá el dinero cuando ya no haya alimentos ni gente a quién venderlo? ¿Se dará cuenta realmente el gobierno del alcance y consecuencias de lo que promociona?

Mientras tanto siguen las inútiles cumbres de sordos y tuertos entre Latinoamérica, el Caribe y Europa, donde unos gritan sus necesidades y otros siguen repitiendo la letanía neoliberal, afirmando que todo va por buen camino. A fin de cuentas solo van cinco o seis cumbres, todo es muy joven y nuevo.

Los estúpidos hábitos ambiciosos se toman su tiempo para cambiar. ¿Cuánto tiempo? ¿Hasta que la que viste de negro nos venga a visitar? ¿Hasta que alguien enloquecido nos apunte con una pistola o ponga una bomba? ¿Hasta que sea demasiado tarde? Pero para los hábitos es más simple afirmar su inercia, su pobre disponibilidad vital, el camino del menor esfuerzo.

Así que decretan que todo aquél que no esté de acuerdo con que su gente se muera sin opciones, todo aquél que pretenda desviarse del seguro camino de la muerte, será declarado integrante del eje del mal, terrorista, traficante de armas, paramilitar, narcotraficante, etc., y vuelto a encaminar hacia la segura y respetable membresía de la normalidad y el consenso.

Es algo así como una charla entre viejos amantes cuando uno de ellos quiere regresar. “Mi amor yo creo que teníamos algo realmente bueno que todavía podemos salvar. No puedo olvidar cuando yo era tu señor y disponía de tu cuerpo y todas sus riquezas”. Pero claro, cuando el otro ya ha crecido no hay negocio ni promesas que valgan, ahora quiere ser dueño de su cuerpo y riquezas, ya no desea más señores.

Entonces vienen las amenazas y se pretende imponer el amor por la fuerza, por nuestro propio bien ya que no estamos en capacidad de saber lo que es bueno para nosotros. Se quiere tomar el cielo por asalto. Pero cuando se violenta una resistencia en aras del deseo, solo se la multiplica y reencuentra de mil modos en el tiempo. Nunca se han conquistado diferencias por la fuerza. Solo por rendición, por entrega, se disuelven las distancias y soledades.

Sin embargo estamos en tiempos de intensidad vital, de poderosos y acelerados cursos de hechos. Así que no sería demasiado extraño que mañana despertemos en un mundo inesperado y desconocido, en el cual nuestros hábitos y creencias ya no funcionen más, sean como inoperantes fantasmas.

¿No te ha sucedido que creías tener bajo tu decisión y control circunstancias y personas y de repente, un día cualquiera las cosas tomaron otro curso y ya no eras nadie ni podías nada? También sucede al revés. Creías que algo te importaba mucho y jurabas estar dispuesto a defenderlo con tu vida. Pero un día te aburriste, dejó de interesarte y quedó atrás, cayó de tu atención e intereses como una hoja muerta. Son condiciones mentales humanas.

Igual puede sucedernos colectiva, nacionalmente. Creer estar en control y ser todopoderosos, que todo seguirá por siempre igual a sí mismo. Pero bajo nuestros pies, la tierra se está moviendo desapercibidamente para la ceguera y lentitud de nuestros hábitos y creencias. Y para cuando nos demos cuenta ya nada será igual.

No es la primera vez que un imperio eterno y todopoderoso por derecho divino, se vuelve polvo y es piadosamente cubierto por la naturaleza hasta invisibilizarlo. Tampoco es la primera vez que en medio de circunstancias límites como catástrofes naturales o guerras, los seres humanos dan espaldas a sus intereses habituales convirtiendo la solidaridad en prioridad.

La diferencia es solo de intensidad y duración. Porque el nivel de acumulación de esta dirección de hechos, de este tropismo histórico, llegó ya a umbrales de tolerancia del ecosistema vital. Vivimos en una economía global donde cada intención afecta cada vez más veloz, intensa e inevitablemente, a toda la estructura necesaria a la continuidad y evolución de la vida, haciéndola de ese modo entrar en conciencia. (Quebrando la sensación de temporalidad para sustituirla por una de intensa e inmediata presencia).

En sencillo eso quiere decir que los hábitos que ejercitamos ya resultan intolerables para la vida y no pueden continuar, nos atrapan en una encerrona sin salida. Tenemos que elegir entre cambiarlos o vernos morir repitiéndolos. Esa es otra condición humana, la de verse haciendo tanto lo que desea realmente como lo que no desea pero sus hábitos le imponen, verse caminando hacia el fin sin poder evitarlo. Como cuando eres adicto a algo que te deteriora.

Del mismo modo que un sistema de emociones y tensiones cultivado, acumulado durante el tiempo suficiente se somatiza cual enfermedad, una dirección de conductas colectivas termina arrastrándonos hacia desenlaces que no deseábamos, hacia un mundo de experiencias desintegradoras.

Es de ese modo como la intensidad, temporalidad, historicidad, (a la que se puede llegar mediante la acumulación y aceleración de una inercia de hechos repetida por generaciones), se pone en evidencia como “la conectiva desapercibida entre los volátiles deseos sicológicos y las concretas e ineludibles experiencias” que nos toca en su momento incomprensiblemente vivir, cuando creemos no haber hecho nada para merecer tales circunstancias.

Por eso, pese a que creemos caminar hacia una nueva repetición de lo mismo, pese a que tememos que la contrarrevolución y la barbarie se impongan nuevamente y todo se pierda, podríamos estar contemplando el fin de una forma agotada e inviable ya de vida. El tierno nacimiento de una nueva vida aún no cristalizada, que va tomando forma a medida que damos pasos en las direcciones elegidas.

Podría ser que la vida a nivel de humana expresión, no tuviese una forma definida, dogmática. Sino que fuesen nuestras intenciones las que le van dando gradualmente formas, las que por repetición en una dirección u otra la habitúan, fijan, cristalizan. Pero que también pueden, con cierto nivel de conciencia de su hábitos, mantenerlas frescas y flexibles para que luego no sea tan grande el esfuerzo exigido para el cambio de esa poderosa fuerza o inercia.

Podría ser que un día cualquiera nos demos cuenta que la solidaridad es la nueva sensibilidad que se abre camino creciente, desplazando a la violencia hasta desalojarla, erradicarla de la conciencia, acciones y del mundo.

Si así fuera, mucha energía y esfuerzo, mucho sufrimiento inútil y afiebradas pesadillas nos ahorraríamos, reconociéndolo y sintonizándonos con esa nueva sensibilidad aquí y ahora. Mucho podríamos adelantar en esa dirección intencional y decisiva, sin necesidad de esperar temerosamente resultados para entonces hacer lo más conveniente a nuestros intereses, cuando ya sea demasiado tarde.

Podemos llamarle imperialismo o neoliberalismo a lo que muere y socialismo o comunismo a lo que nace, llamémosle como queramos porque el nombre es lo de menos y va con las modas y lenguajes de cada época. Lo relevante es que ahora ya no se trata solo de volátiles anhelos, inestables deseos, inciertos ideales o complejas ideologías, sino de exigencias imperiosas de vida que en algunos casos coincidirán o no con lo idealizado.

Pero que en ambos casos nos van marcando ineludiblemente en los hechos, los ajustes y cambios imprescindibles para adaptarnos a las nuevas condiciones alteradas que en gran parte nosotros, sabiéndolo o no hemos generado cual consecuencia o reacción a nuestro accionar, lo cual nos posibilita ahora caer en cuenta de la estructura íntima de la existencia.

Ahora las ideas-fuerza han de concretarse imperiosamente en direcciones de acción, pues la intensidad del acontecer afecta y actualiza la totalidad de la estructura vital, que abarca e incluye al intelecto, pero también las emociones, las acciones y las funciones vegetativas.

Por eso a cierto punto de intensidad, veremos que los ideales y ensueños intelectuales que han flotado sobrevolando como una nube mental nuestras conciencias sin la menor relación evidente con nuestras acciones, de repente comenzarán a convertirse en una nueva sensibilidad que dispara conductas colectivas, unificando las fuerzas en una dirección que se abre camino en el mundo de lo cotidiano.

Y lo que hasta ahora había sido imposible o circunstancial, comenzará a ser lo normal de un modo natural e inesforzado. A ese presentimiento de lo imposible apostamos en Venezuela la gran mayoría, tal vez como punta de lanza o precursores del mundo por venir a ser. Y quizás por eso la balanza se inclina hacia el lado que la intención colectiva carga e impulsa cuando repite con creciente convicción: “¡Patria, socialismo o muerte. Venceremos!”

Lo cierto es que tanto a favor como en contra del proyecto propuesto, (que en gran parte va cobrando forma sobre la marcha, chocando con las circunstancias que los acontecimientos le imponen), en la población sucede una actividad y dinámica febril, inusual para el ritmo habitual, pero imprescindible y natural para la intensidad de los fenómenos de estos tiempos.

Al final no importa lo que creas, los intereses que defiendas o en que bando estés, porque aunque aún no nos demos cuenta los tiempos de ideologías y relatividades racionales, ya quedaron atrás. Son los mismos acontecimientos los que imponen y exigen ahora la intensidad y el ritmo de las respuestas necesarias para adaptarse al nuevo curso de hechos.

No se trata ya de que tengas razón, ganes discusiones académicas y premios Nóbel, convenzas prosélitos para someterlos a tus proyectos personales o ganes prestigio social. Ahora se trata de adaptarte o no a las nuevas condiciones y exigencias de vida.

Del mismo modo que puedes pasártela y vivir sin el reconocimiento y éxito social, como les sucede a la mayoría de los innovadores, precursores del cambio en todos los ámbitos de humana expresión. Pero no hay nada que pueda sustituir la satisfacción de tus necesidades básicas, nadie puede respirar, comer, digerir, metabolizar, evacuar, dormir, crecer ni desarrollar capacidades o conciencia por ti.

Por eso ahora hay exigencias y direcciones de integración creciente precisas, no hay espacio para improvisaciones ni para hacer lo que se nos de la gana. Es necesario sintonizarse con la vida, reconociendo lo que nos impulsa y hace avanzar en esa dirección, así como lo que lo posterga y frustra, desadaptándonos, haciéndonos perder terreno, involucionar.

Una dirección da registros de acierto y suave alegría, de irse liberando acción tras acción de determinismos e impotencias. Otra de creciente tensión y sufrimiento mental, que termina somatizándose, desintegrando las redes sociales, pero también en mayor profundidad la siquis y el soma.

No importa que los medios masivos de comunicación nos bombardeen sin piedad tratando de distraernos de los hechos, de mantener nuestra atención y energía sugestionada para seguir alimentando los viejos hábitos y creencias. Se estrellarán con la intensidad creciente de los hechos que se multiplica geométricamente, desbordando todo ruido mental, virtual.

En su momento todo eso será percibido como fantasmagóricos sueños frente a la intensidad de la vida y sus dinámicas exigencias. No falta mucho para que todas esas ilusiones de tiempos de baja o difusa vitalidad, se desmoronen y sean reconocidas como lo que son, intentos mentales sustitutivos de una vida vacía, agotada y harta del sinsentido.

Lo que si es relevante e importa, son las direcciones de acción, las conductas evolutivas, de adaptación creciente, que se abren camino en el mundo, resonando y reproduciendo su sensibilidad y ejemplo. Estas implican una reconciliación creciente consigo mismo, con lo natural y lo humano, señalando una verdadera e irreversible revolución de la vida toda.

¿Creyeron uds. realmente alguna vez que el mundo virtual, de simbolismos y representaciones, podría sustituir al real? Eso es como creer que el nombre de algo puede sustituir su experiencia sustancial. Puedes ponerte ante el espejo, hacer pases mágicos y recitar palabras extrañas, sugestionarte e hipnotizarte cuanto quieras.

Pero por mucho que hagas o dejes de hacer no puedes comerte la palabra manzana. Por muy loco que estés como para creértelo, te sucederá como al burro del agricultor, justamente cuando estaba aprendiendo a no comer, en medio de la alegría de su dueño, se murió. Siempre hubo y siempre habrá una pequeña diferencia entre lo que crees, quieres y puedes.

Hay muchos tipos de locuras, pero todas tienen en común la extemporaneidad de sus conductas. Cuando todo un paradigma colectivo ha llegado al límite de sus posibilidades, es sanidad mental, es cuerdo ser loco y salirse de esos caminos fantasmagóricos. Pero también hay locuras enfermizas, como creer que puedes oponerte a las fuerzas de la vida.

Puedes desearlo, sí. Puedes creerlo también. Hasta puedes decirlo en cadena por televisión y ser aplaudido por todos los bufones de la corte. Pero lograrlo, jamás. Puedes generar mucho sufrimiento innecesario también. Pero cuando toda la vida está lanzada en una dirección, ¿quién puede detener a las fuerzas de la naturaleza una vez desencadenadas? En ese caso el sufrimiento solo es leña, fuego para llevar la caldera a su punto óptimo de presión.

Las puertas de la vida se reabren cuando permites que tu sensibilidad vuelva a conmoverse. Entonces lágrimas y risas se recuerdan como viejas amigas que por error separaron sus caminos, reencontrándose en alegre y apretado abrazo. Desde lo profundo del corazón se abre la delicada flor de la pureza. Temerosas soledades y afiebrados sueños comienzan a quedar atrás.

michelbalivo@yahoo.com.ar


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Michel Balivo


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