Una revolución fuerte

¿Dónde está la ventaja de pasar de una posición sostenible a otra, de buscar justificación de nuestras acciones con métodos ajenos? Cualquier esfuerzo intelectual por querer darle respuesta a esta larga e interesante interrogante, puede ser absorbido por el abrazo rapaz de la conciencia. Pretender girar hacia una naturaleza transitoria de comportamiento político y convivencia con los enemigos, pudiera decir que ya empezamos a transitar hacia la reducción histórica como agentes de cambio. De igual manera, sumirnos en una reflexión demasiado superflua socavaría las perspectivas y logros obtenidos hasta ahora.

Estamos de acuerdo en la necesidad de navegar en las aguas servidas del discurso de la “reconciliación”; no obstante, debemos sumergirnos cuidadosamente en esa corriente; es decir, sin adentrarnos muy aguas abajo porque pudiera significar, lamentablemente, un viaje sin retorno donde la reivindicación de la verdad no sería más que una precaria conquista, injertada con los rayos luminosos de la obsolescencia.

No se puede caer en la trampa de las posibilidades agotadas, desacreditadas y enmascaradas por el demonio de la conciencia opositora. Lo que necesitamos, indudablemente, es una revolución fuerte, que sea capaz de revisarse, rectificarse y relanzarse; pero nunca rendirse a los pies de sus feroces enemigos. Apuntar hacia la dirección que señala el pensamiento de la derecha, sería como avanzar hacia las ruinas del pensamiento revolucionario.

Por supuesto, no estoy planteando el conflicto eterno, pero tampoco que nos volvamos tuertos, para no ver esas “realidades” ocultas, sospechosas y peligrosas que aparecen con rostros de radiantes verdades.

Hay que darle la vuelta a la soga, pero no debemos ahorcarnos nosotros mismos. Coquetear con la muerte no tiene ninguna gracia. La pasión revolucionaria tiene que ser franca e inconfundible, llena de verdades, como la verdad de la vida, para que nadie la pueda silenciar. No nos apresuremos demasiado en complacer al enemigo, pues en el campo de la política se generan luchas intestinas entre fuerzas electorales e ideológicas que buscan el poder.

Se rechaza la revolución no porque sea falsa, sino porque es verídica: se trata de una verdad enervante para los opositores. De allí el estridente despliegue de ironía de ellos cuando se refieren a los revolucionarios. Su razón agoniza en el odio que sienten por los pobres, que tienen esperanza en el proyecto bolivariano. Entonces, lo importante no es demostrar que ya estamos revisando y rectificando, sino saber que ya estamos actuando para tener una revolución fuerte.
*Politólogo
Email: eduardojm51@yahoo.es


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Eduardo Marapacuto


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