Algo sobra en la ley de semillas

Antes, mucho antes de la promulgación de la Ley de Semillas, el Plan Nacional de Semillas se había declarado anti-transgénico. Esa era una de sus fortalezas políticas y científicas; ya las técnicas de crear organismos genéticamente modificados por transgénesis, en al caso de las plantas comunes en nuestros sistemas agrícolas, incorporaba genes de especies muy lejanas y fortalecía la respuesta evasiva de plantas a los herbicidas, pero en condiciones tales de manejo que llegaron a generarse súper malezas, también algunas plantas OGM contaminaron o erosionaron el patrimonio seminal, incorporando genes extraños a cultivos en sus centros naturales de origen. El caso mexicano fue una tragedia, la erosión genética alcanzó en poco tiempo al 35 % de los cultivos locales de maíz. El ambiente científico y político de la agricultura entró en reticencia, y Europa completa exigió el etiquetado libre de transgénicos a los productos procesados. Algunos países del sur de América seleccionaron muy pocos cultivos OGM y sacaron provecho comercial en un mercado deficiente de alimentos, dispuestos a comprar materias primas a como diera lugar. Hoy día lideran la producción de soya transgénica.

Por un rato, Venezuela resistió las embestidas de los OGM, pero algunos estudios de trazabilidad en productos importados evidenciaban la presencia de estos; en semillas hubo reticencia a adquirir Cultivares OGM, y los programas de investigación sobre este tema fueron, por decirlo de alguna manera, proscritos. Luego, el gobierno estuvo en tentación de adquirir algunos cultivares de algodón (no es comestible) que eran tolerantes de herbicidas que se usaban para control de malezas, y también resistentes a plagas (Bt). Finalmente la Ley de semillas abortó todo plan de transgénesis para el país. Considero un éxito esa decisión. Sin embargo, la Ley de semillas, y quienes de alguna manera tuvimos contacto con sus promotores se excedieron, y no hubo un estudio futurista de lo que la ingeniería genética podría significar, como herramienta de apoyo a la lucha contra enfermedades, resistencia a plagas, resistencia a la sequía y al aguachinamiento, mejorar factores de la calidad de los productos. La ley quedó cerrada a toda acción mejoradora de la agricultura por vía de la ingeniería genética.

Y todo pasó sin que nuestros gobernantes y científicos, se percataran que el mundo siguió buscando alternativas; y en el 2015, los discursos sobre los avances de la Edición Genética, la perfilaban como una verdadera revolución y pasó las barreras de tener muchas aplicaciones para las ciencias de la salud humana, hasta la generación de nuevos cultivares para la agricultura. Y el fenómeno es de tal importancia que actualmente los cultivares editados genéticamente no tienen restricciones legales en la mayor parte de los países del mundo, por cuanto las transformaciones se dan sobre el propio material de un cultivo, sin que medien genes extraños. Se puede decir que cada semana la prensa nos deleita con la presentación de nuevos cultivares genéticamente editados.

En La ESAT del Instituto nacional de Investigaciones Agrícolas tenemos un doctorado funcionando en Biotecnología Agrícola, en aquellos momentos del inicio del auge de la edición genética quisimos hacer un seminario (encerrona) para discutir el tema, que no causara rechazo del sector político y militante de la agroecología, lo pensamos pero no lo hicimos, el Dr. Efraín Salazar, enfermó y se fue a otro destino más espiritual. En ese momento el tema tenía algo tabú; hoy los agroecólogos saben que la edición genómica es amigable con sus propuestas de sostenibilidad ambiental.

Sin tener evidencia contundente, salvo las especulaciones de pasillo, en Venezuela han entrado organismos Genéticamente Modificados (OGM), transgénicos. Todo, ante la demoledora verdad de la disminución de la actividad del Plan Nacional de Semillas, para una agricultura de mayor potencia que esta que tenemos actualmente, y ante la incapacidad manifiesta de hacer seguimiento a esas tecnologías.

¿Qué hacer ahora? Sin duda que hay que modificar la Ley de Semillas de manera que permita la investigación, la valoración y uso de semillas de cultivares genéticamente editados, al cual le son aplicables todos los protocolos y demás normas que el Estado venezolano tiene para lograr la liberación de cultivares. Pero eso tiene otras implicaciones, hay que fortalecer la investigación en esa área, formar expertos con alianzas internacionales y monitorear las experiencias exitosas en edición genética de cultivares tropicales.

La agricultura venezolana tiene otros desaciertos, que no son parte de este texto, y duele que algunos burócratas crean que nos pueden mentir sobre los resultados productivos y económicos de nuestra agricultura. Por ahora, esto de no tener una base legal para la edición genómica es un tema fácil de solucionar, y de eso todavía no es culpa del gobierno ni de los legisladores, es solo desconocimiento.

No imagino como este tema puede impactar la política en momentos de una coyuntura difícil en lo electoral. Sin embargo, creo que el futuro no se detiene. Algo sobra en la Ley de Semillas, debe rescribirse la parte correspondiente a la ingeniería genética negacionista.

mmora170@yahoo.com

Algo sobra en la ley de semillas

Miguel Mora Alviárez

Antes, mucho antes de la promulgación de la Ley de Semillas, el Plan Nacional de Semillas se había declarado anti-transgénico. Esa era una de sus fortalezas políticas y científicas; ya las técnicas de crear organismos genéticamente modificados por transgénesis, en al caso de las plantas comunes en nuestros sistemas agrícolas, incorporaba genes de especies muy lejanas y fortalecía la respuesta evasiva de plantas a los herbicidas, pero en condiciones tales de manejo que llegaron a generarse súper malezas, también algunas plantas OGM contaminaron o erosionaron el patrimonio seminal, incorporando genes extraños a cultivos en sus centros naturales de origen. El caso mexicano fue una tragedia, la erosión genética alcanzó en poco tiempo al 35 % de los cultivos locales de maíz. El ambiente científico y político de la agricultura entró en reticencia, y Europa completa exigió el etiquetado libre de transgénicos a los productos procesados. Algunos países del sur de América seleccionaron muy pocos cultivos OGM y sacaron provecho comercial en un mercado deficiente de alimentos, dispuestos a comprar materias primas a como diera lugar. Hoy día lideran la producción de soya transgénica.

Por un rato, Venezuela resistió las embestidas de los OGM, pero algunos estudios de trazabilidad en productos importados evidenciaban la presencia de estos; en semillas hubo reticencia a adquirir Cultivares OGM, y los programas de investigación sobre este tema fueron, por decirlo de alguna manera, proscritos. Luego, el gobierno estuvo en tentación de adquirir algunos cultivares de algodón (no es comestible) que eran tolerantes de herbicidas que se usaban para control de malezas, y también resistentes a plagas (Bt). Finalmente la Ley de semillas abortó todo plan de transgénesis para el país. Considero un éxito esa decisión. Sin embargo, la Ley de semillas, y quienes de alguna manera tuvimos contacto con sus promotores se excedieron, y no hubo un estudio futurista de lo que la ingeniería genética podría significar, como herramienta de apoyo a la lucha contra enfermedades, resistencia a plagas, resistencia a la sequía y al aguachinamiento, mejorar factores de la calidad de los productos. La ley quedó cerrada a toda acción mejoradora de la agricultura por vía de la ingeniería genética.

Y todo pasó sin que nuestros gobernantes y científicos, se percataran que el mundo siguió buscando alternativas; y en el 2015, los discursos sobre los avances de la Edición Genética, la perfilaban como una verdadera revolución y pasó las barreras de tener muchas aplicaciones para las ciencias de la salud humana, hasta la generación de nuevos cultivares para la agricultura. Y el fenómeno es de tal importancia que actualmente los cultivares editados genéticamente no tienen restricciones legales en la mayor parte de los países del mundo, por cuanto las transformaciones se dan sobre el propio material de un cultivo, sin que medien genes extraños. Se puede decir que cada semana la prensa nos deleita con la presentación de nuevos cultivares genéticamente editados.

En La ESAT del Instituto nacional de Investigaciones Agrícolas tenemos un doctorado funcionando en Biotecnología Agrícola, en aquellos momentos del inicio del auge de la edición genética quisimos hacer un seminario (encerrona) para discutir el tema, que no causara rechazo del sector político y militante de la agroecología, lo pensamos pero no lo hicimos, el Dr. Efraín Salazar, enfermó y se fue a otro destino más espiritual. En ese momento el tema tenía algo tabú; hoy los agroecólogos saben que la edición genómica es amigable con sus propuestas de sostenibilidad ambiental.

Sin tener evidencia contundente, salvo las especulaciones de pasillo, en Venezuela han entrado organismos Genéticamente Modificados (OGM), transgénicos. Todo, ante la demoledora verdad de la disminución de la actividad del Plan Nacional de Semillas, para una agricultura de mayor potencia que esta que tenemos actualmente, y ante la incapacidad manifiesta de hacer seguimiento a esas tecnologías.

¿Qué hacer ahora? Sin duda que hay que modificar la Ley de Semillas de manera que permita la investigación, la valoración y uso de semillas de cultivares genéticamente editados, al cual le son aplicables todos los protocolos y demás normas que el Estado venezolano tiene para lograr la liberación de cultivares. Pero eso tiene otras implicaciones, hay que fortalecer la investigación en esa área, formar expertos con alianzas internacionales y monitorear las experiencias exitosas en edición genética de cultivares tropicales.

La agricultura venezolana tiene otros desaciertos, que no son parte de este texto, y duele que algunos burócratas crean que nos pueden mentir sobre los resultados productivos y económicos de nuestra agricultura. Por ahora, esto de no tener una base legal para la edición genómica es un tema fácil de solucionar, y de eso todavía no es culpa del gobierno ni de los legisladores, es solo desconocimiento.

No imagino como este tema puede impactar la política en momentos de una coyuntura difícil en lo electoral. Sin embargo, creo que el futuro no se detiene. Algo sobra en la Ley de Semillas, debe rescribirse la parte correspondiente a la ingeniería genética negacionista.

 



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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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