Del estado de disimulo al del descaro

Corría la década de los ochenta y la crisis de hegemonía de AD y COPEI ya era tan evidente que el propio gobierno de Lusinchi nombró una Comisión para estudiar una reforma pudiera corregir un poco la ineficacia, la corrupción y la pérdida de legitimidad (y apoyo popular) que arrojaba sombras de mal agüero sobre el sistema político. Era la misma deslegitimación que culminó después en el derrumbe de 1998, después de lo que debió ser asumido como alarmas de naufragio: el 27 y 28 de febrero de 1989 y el intento de golpe de 1992. Fue entonces cuando el genial dramaturgo y columnista José Ignacio Cabrujas, desarrolló una reflexión, plasmada en un ensayo y una entrevista, que describía, con burlona lucidez, lo que los venezolanos habíamos hecho con la República al dar el paso terrible (advertido una vez por Napoleón) de lo sublime a lo ridículo. El estado del disimulo fue el título de esas meditaciones, de ese análisis que simplemente mostraba las actitudes políticas básicas del venezolano.

Partía Cabrujas de la condición de permanente provisionalidad que ha caracterizado toda la historia del país. Venezuela como colonia solo era un paso hacia las capitales más importantes de los dominios continentales del Imperio Español. Desde esos momentos iniciales fuimos apenas un campamento que se convirtió en hotel de carretera, un espacio donde no buscamos vivir, desarrollar nuestros planes vitales, crecer y desarrollarnos, sino simplemente usar mientras descansábamos para proseguir nuestro camino. Por eso Cabrujas señala una impostura central: nuestra Constitución, nuestro ordenamiento legal, encubre que en realidad lo que necesitábamos son unas reglas mínimas para hacer uso de las instalaciones del hotel sin joder tanto. La República se visualizó aérea, como dijo con afilada ironía Bolívar. La modernidad política que nos llegó por la lectura de los ilustrados europeos, no fue nunca algo más que una delgada pátina, un barniz que se deshacía al menor roce. El breve y delicada recubrimiento de modernidad es la Ley, la Constitución, que apenas logra darle un cierto colorcito a la arbitrariedad más patente. "El concepto de Estado es simplemente un "truco legal" que justifica formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del "me da la gana". Estado es lo que yo, como caudillo, como simple hombre de poder, determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que es Ley", escribe Cabrujas, sin saber que sus palabras de 1987 siguen teniendo la fuerza de la evidencia, aunque se haya pasado a una fase más profunda de impostura.

Solo que del "estado de disimulo", de las farsas institucionales de un estado que, además, en virtud de la renta petrolera, aparecía como "mágico", hemos pasado a un estado del descaro, donde la arbitrariedad y el abuso se muestran sin velos, sin barniz, sin disimulos. No hay necesidad de desenmascarar una "falsa" legalidad, porque son los mismos representantes del Poder los que evidencian la impostura. Ya no se trata solamente de que no tomemos en serio ninguna "majestad", ningún aspecto teatral del Poder, de que los rituales sucumben siempre ante la "joda" generalizada, como la del chiquillo de la crónica de Nicanor Bolet Peraza, que gritaba muerto de risa en la escenificación de las torturas al Nazareno: "¡ese no es Cristo! ¡Ese es el hijo de Estelita con el hijo del chichero!". Se trata de que los que mandan se burlan abiertamente de las leyes, de las formas republicanas, que por más "aéreas" que parezcan se supone que fundamentan la autoridad oficial. Y, además, lo hacen con un brutal descaro: "ni por las buenas ni por las malas entregamos el poder".

Por supuesto, ya no hay disimulo, sino ostentación de la arbitrariedad. He aquí la evolución de nuestro Estado que ya no tiene magia, mucho menos gasolina y la luz y el agua se van casi todos los días. El poquito "encanto" heroico que le daba la retórica "patriótica" se ha disuelto en un intento de "renovar la imagen" por la vía de un personaje de chiste de Emilio Lovera (el Drácula), o de DC-Marvel (Superbigote y Ultracilita) o hasta de un Chávez con alas de reacción a chorro que cae a la Tierra como "Black Widow" (¿recuerdan aquel video de superhéroes?). Y la última, en un gesto que parece indicar el camino de la Chayo y Daniel Ortega en Nicaragua, promueven una forma potenciada de la adulancia, con un busto de cerámica donde aparecen Nico y Cilita. Para completar el desolador desencanto, viene Trump a ostentar su descaro de suprematista gringo que quiere apoderarse de nuestro (¿?) petróleo. ¡Patanes del mundo, uníos! Y como respuesta aparece aquel gordo leguleyo que una vez llamó a una marcha para sacar al que está en Miraflores, pero que ahora aparece como el adalid de las leyes ad hoc para acabar lo poquito de estado de derecho que queda, como esa Ley Anti que borró la Constitución y consagró la arbitrariedad de un presidente con capacidad de "desaplicar" leyes, proponiendo deshabilitar políticamente a una señora, cuya popularidad crece por la rabia que despierta el descaro oficial, en una analogía curiosa con lo ocurrido en 1998. Reciben con una sonrisita a un Fiscal de la CPI que investiga torturas, detenciones sin debido proceso, muertes por parálisis procesal, represión y encarcelamiento sin explicaciones a dirigentes sindicales en Guayana y otras partes del país, etc., y anuncian que habrá una oficina para mejorar las denuncias, al mismo tiempo que escenifican una burla completa a los Derechos Humanos que no respetan y ni siquiera hacen "como si…"

¿Quién le iba a decir a Cabrujas que su brillante descripción del "Estado del Disimulo" evolucionaría al "Estado del descaro" que hoy sufrimos? No era una evolución fatal. Algo pasó para que nuestra débil modernidad y formas republicanas se disolvieran en el aire como aquellos valores sólidos de los que hablo una vez Marx.

Los insultos se desarman. Ya se encogen de hombros y se ríen ante los señalamientos de ladrones, asesinos, torturadores, delincuentes. El Estado del descaro no requiere un desenmascaramiento. Todo está allí, a pleno luz del día: el crimen, el robo, la mentira, el desafío de los sinvergüenzas. La verdad se ostenta y su horrible rostro no tiene maquillaje.



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Jesús Puerta


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