El automatismo de la guerra

El día no empieza, sino hasta que los pajaritos empiezan a trinar. Y el día no termina, sino hasta que los pajaritos terminan de trinar. Una lección de la vida muy fácil de aprender, pero una lección de la vida muy difícil de recordar. Por favor, recuérdala.

La primera vez que te llaman retardado mental, duele mucho, porque el ego del Ser Humano se siente pisoteado, y ardes en la llama del fuego dentro de tu corazón, mientras tu mente necesita desesperadamente una excusa, para no romper las lágrimas.

Y te despiertas por la mañana, sabiendo que ya no hay mañana, porque una hormiga es simplemente una hormiga, pero el cerebro humano convierte a la hormiga en dinosaurio, y aunque esconda su vergüenza, siempre pica de frente y por la espalda.

Escribir por escribir es un regalo de Dios para los escritores, pero cuando prostituimos a la musa para curar una tremenda jaqueca, podemos escribir el comienzo de la guerra.

Sales a la calle esperando que Miguel te responda el saludo, pero solo un tonto es capaz de saludar a su peor verdugo, porque el Ser Humano siempre es bueno para refinar la sal del asalariado, pero siempre es malo para endulzar el azúcar del prójimo.

Y aunque quisiste ser cortés, bien sabes que la ofensa sigue cortejando a los ángeles, que caen del cielo, que caen de la tierra, que caen del infierno, que caen de la nada.

Tal vez solo fue un mal día en la oficina, tal vez no lo dijo con mala intención, tal vez no durmió lo suficiente, aunque siempre hay suficiente veneno en el espíritu del Ser Humano, para ofender con una vehemente maldad que envenena a su propio veneno.

Me pregunto quién no ha querido borrarse del mapa, me pregunto quién no ha querido romper el anzuelo, me pregunto quién no ha querido ser querido por mapa y anzuelo.

Porque Pablo y Bernabé siempre fueron Pablo y Bernabé, pero cuando llegó una piedra de tropiezo a la vida, Pablo terminó siendo Pablo y Bernabé terminó siendo Bernabé.

Una ideología puede ser la paz, pero una ideología también puede ser la guerra, porque mi hormiga puede comerse a mi dinosaurio, y tu dinosaurio puede comerse a mi hormiga, y aunque nadie puede comerse una ideología, todos pueden comerse el pie del naipe.

Y lo ves danzando frente a tus ojos, como si su vida fuera perfectamente perfecta para hacer el mal, y sin lugar a dudas, el mal se perfecciona danzando frente a tu par de ojos.

Porque la guerra nunca se cansa, nunca se arrepiente, nunca se perdona con el perdón.

Cómo me hubiera gustado escucharte decir perdón aquella melancólica tarde, cuando retardaste mi tiempo de paz, pero como el perdón nunca llegó a tus labios, el retardado se convirtió en asesino, porque ni siquiera el retardado perdona la vileza del asesino.

Y ahora escribo por escribir para encontrar el perdón, pero las manos se desangran y no perdonan, y aunque puedo escribir el perdón, no puedo perdonar el dolor de mi vida.

Ahora soy un delincuente, porque el más inocente siempre termina siendo el más culpable, porque en el desobediente Edén sellamos nuestro destino, porque no importa hacerlo boca arriba o boca abajo, lo importante es comprender el sabor del eufemismo.

Siempre me he preguntado a qué sabe el eufemismo; suponiendo que no lo sé. Pero, aunque he saboreado el encanto del hedor, también he matado las nueces a sangre fría.

Es que la guerra no se piensa, no se discierne, no se racionaliza, simplemente se prende el mechero, y el fuego consumirá el sabor de las nueces y consumirá el sabor del hedor.

Cuando te quedas sin palabras, siempre llega la guerra. Astuta treta del enemigo, que con sigilo siempre ronda la casa de su nueva presa, que siempre roba miel como ladrón por la noche, que siempre roba sueños sin mediar palabras en la Nueva Jerusalén.

Y todo se ve tan lejos, todo se ve tan incierto, todo se ven tan negro, que empiezas a desear ser tragado por un agujero negro, pero por ahora no podemos escapar del planeta Tierra, porque por ahora solo podemos matar a los retardados animales, en la blanca guerra de la tonta Blanca Nieves.

Matamos tanto, que al final matamos el verbo, porque con carne o sin carne, el Ser Humano aprendió a sudar agua bendita, para justificar la sangre que empapa a su prosa.

Mi hermano, no tenías que llamarme retardado mental. Yo no sé cuándo la hormiga se convirtió en dinosaurio, y sinceramente, no sé ni dónde ni cuándo compré esa pistola, pero no voy a negar que disfruté balearte tu orgullo, tu arrogancia y tu vanagloria.

Ahora sí soy protestante, y bien supe protestar en la cama y en la calle, porque si confundes la mies con la miel, no habrá compasión ni misericordia en un deshumanizado Mundo, donde la punta del compás siempre es roja, y afincamos tanto el lápiz sobre las hojas de la violencia, que terminamos rompiendo las páginas de los salmos y de los proverbios.

Porque somos buenos para filosofar y profetizar, pero somos mejores para matar y asesinar, porque somos buenos para dar una palmada por la espalda, solo después que el puñal fue clavado en la misma espalda, llena de traición, de joroba y de sufrimiento.

Cómo quisiera callarme, aunque no estoy hablando. Cómo quisiera olvidarme, aunque no soy el olvido. Cómo quisiera ser tan siquiera, aquello que pude, pero no quise ser.

Me hubiera gustado gustarme, pero el problema es que la gente no entiende lo que escribo, y es por incomprensión y por rebeldía, que nos matamos los unos a los otros.

Yo no soy aquel que resucitó a Lázaro. Yo no puedo traer de vuelta a Miguel. Yo solo puedo recordar lo bueno que fue Lázaro y lo malo que fue Miguel, porque la guerra siempre se justifica en la Tierra, y porque la muerte siempre se justifica con la guerra.

¿Acaso podemos salir del laberinto? No hermano, no podemos salir del laberinto.

Podemos endulzar la sal del prójimo, pero no podemos escapar del dulce laberinto.

Por eso dicen que la venganza es dulce, y solo Dios sabe cuán dulce es contar en el campo de batalla, el número de cadáveres que murieron con la fe puesta en el genocidio matutino del pueblo, y con la obra puesta en una supuesta justicia que llegó de noche.

Si la obra fue buena o si la obra fue mala, solo Dios tiene la potestad de saberlo.

Pero yo solo sé que sin fe no hay guerra en la Tierra, porque hay que tener mucha fe en la vida, para que millones de Seres Humanos asesinen a millones de Seres Humanos, solo porque la hormiga era muy hormiga, solo porque el dinosaurio era muy dinosaurio, solo porque la hormiga no quiso ser dinosaurio, solo porque el dinosaurio no quiso ser hormiga, y solo porque los animales no quisieron seguir siendo animales.

Yo sé que me estoy condenando con mis palabras, pero no es mi culpa, es culpa del automatismo de la guerra, que no puede perdonar a Miguel antes de irse a dormir.

Y nos desnudamos el sábado por la noche, y lavamos la ropa el domingo por la tarde, y nos educamos el lunes por la mañana, pero, aunque quisiera romper el espejo de la mundana guerra y vivir en la santa libertad, yo solo puedo desnudarme el sábado por la noche, lavar mi ropa el domingo por la tarde, y educarme el lunes por la mañana.

Pero no todo está perdido, siempre queda el viernes de pesadillas en la cruz vespertina.

Mañana todo será nuevo y empezaremos desde cero, porque toda la artillería pesada será nueva, porque todos los uniformes serán nuevos, porque toda la desgracia será una nueva historia que empezará, cuando otro Miguel se encuentre a otro Carlos en la calle.

Y el hijo de Miguel tendrá que ser como su papá Miguel, y el hijo de Carlos tendrá que ser como su papá Carlos, y el hijo de la guerra deberá ser como el Padre de la guerra.

Todo tiene que ser como tiene que ser; así es el automatismo de la guerra.

Por eso pecamos en el cielo, por eso pecamos en la Tierra, por eso pecaremos en el infierno.

Guerra en el pasado, guerra en el presente, guerra en el futuro; así es el automatismo de la guerra.

Por eso Miguel no perdona, por eso Carlos no perdona, por eso la Tierra no perdona; es el automatismo de la guerra.

No somos valientes, no somos cobardes, simplemente somos Seres Humanos.

Y dentro de mis pantalones hay bastante esperma, y dentro de mis calzoncillos hay bastante semen, para continuar con el eufemismo de la guerra hasta la infame eternidad.

No sé si vencí a la jaqueca, pero lo intenté.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, LUZ. Ekologia.com.ve es su cibermedio ecológico en la Web.

 carlosfermin123@hotmail.com      @ecocidios

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