El fatalismo de Fernando Rodríguez

Nuestra humana condición, www.elnacional.com. Es increíble que después de tantos conocimientos acumulados – modelos epistemológicos; historia e historias; noticias del acontecer mundial, estadísticas; hechos políticos y estéticos – el espíritu escéptico no pueda conectarse con la voluntad de vivir y de vivir mejor. Cualquier buen carpintero sabe que puede mejorar su destreza y hacer mejores piezas de carpintería si trabaja con ahínco, con fe en lo que hace. Para él siempre habrá futuro prometedor, así muera. Y cuando agonice, lo hará con la consciencia de haber cumplido y legado sus trucos y sus modelos a pupilos, hijos, o artesanos iguales que él, y a los que queden por ahí interesados en saber cómo y por qué lo hizo.

Pero el escéptico es siempre pesimista, no de este o aquel otro sistema de vida, sino de la vida misma. Algunos son escépticos de que haya vida después de la muerte, pero sol falsos, viven a plenitud con los pies en la tierra. El escéptico fatalista no, "no conecta", como los autistas no relaciona, pero por un tipo de cansancio del espíritu; son decadentes de sí. A diferencia, los autistas siempre serán felices si pueden conectar cosas, información, haciendo relaciones, comprendiendo al mundo. En el escéptico el espíritu va en dirección contraria al autista; como Tristón, la hiena que acompaña a Leoncio león, siempre estará viendo el vaso medio vacío, el lado tenebroso de las cosas, como Jaques el fatalista dirá, "para qué esforzarse si todo está escrito".

El mundo no se va acabar porque sí, o porque lo dice una profecía de Nostradamus, el hombre es el único que puede acabar con él. Pero así como ahora lo destruye, inconsciente y desesperado, lo puede salvar, haciendo un "poco de metafísica", como dice Fernando Rodríguez. Todo depende de cómo lo haya afectado esta vez el rostro de la muerte.

El rostro de la muerte ha hecho que Fernando haya visto pasar su vida delante de sus ojos, vulnerable como está o estamos muchos ante la amenaza del covi-19. De pronto se ha puesto a pensar en el cambio climático y en que sus efectos son reales, en el fracaso del liberalismo y del "socialismo real", en la peste misma, y en que su vida de profesor jubilado se ha devaluado en el mercado a causa de las estupideces de maduro (que son reales, no se las imagina, las padece él como todos).

Pero no termina de "conectar", sigue pensando en el güisqui de 8 años, que no se puede tomar ahora con su sueldito de profesor jubilado. Realmente lo único que lo salva de esta peste es que tiene la valentía de decirlo, de escribirlo y publicarlo. Mientras Fernando Rodríguez sigua escribiendo, como aquel personaje de "La Peste", que en su primer relato no acababa de ubicar por la palabra correcta para hacerle justicia a la nobleza de un caballo y en eso pasó el tiempo de la cuarentena, el profesor estará vivo (eso se lo seguro) mientras conjure sus fantasmas en el texto, en la reflexión sincera, honesta; vivirá, y se salvará del virus del escepticismo y del otro, como el hombre en la novela de Camus sobrevivió a la peste.

Lo único que nos salva como individuos y como especie es el trabajo creador y honesto, no hay otro camino, no hay atajos científicos o alucinaciones capitalistas; no habrá un invento para vivir a través de un robot, o una fórmula para la inmortalidad, o una vida paralela en animaciones, o una colonia en Marte, nada de esas "pajas locas" nos salva: la vida es una sola y es finita; solo nuestra obra, La Obra, queda, como individuos y como especie, como sociedad.

Como dice Toby Valderrama, el socialismo está puteado por toda clase de demagogos que lo ha manoseado, pero el socialismo, con ese nombre, su ideal detallado en muchos pensadores, es un gran proyecto para una gran obra humana, es el modelo de creación colectiva que deberíamos seguir, si queremos salvar la humanidad – salvar a la humanidad del cambio climático, de los desmanes del capitalismo, del escepticismo, del fraccionamiento social –. Así como el ateniense Fidias se inmortalizó en la escultura, Velázquez en Las Meninas, Shakespeare con su Macbeth, Wilde en Dorian Gray y Bolívar lo hizo con la Gran Colombia, nosotros podemos salvar nuestra especie, cambiando de forma total la sociedad, superando el egoísmo a ultranza del capitalismo, haciendo racional lo irracional, podemos hacer bello lo que no tiene forma.

Este es el momento para – como dice el profesor Fernando Rodríguez – hacer un poco de "metafísica" y pensar en nuestros orígenes, en qué somos, y hacia dónde vamos. La muerte no es un juego de carritos. Fernando le vio el rostro, según nos cuenta. Ahora nos aparece a todos sin pudor, en cada esquina, en el medio de la calle, escuchamos sus gritos en el silencio de la noche. Sobre todo a los viejos, a los enfermos, a los viciosos y mañosos que no tenemos cómo escaparnos hacia otro "mundo paralelo" y menos a Marte. Si hay algo verdaderamente humano, en el tiempo que nos tocó vivir, es este brote de muerte sin afeites, sin "eufemismos", la presencia de la muerte, franca y brutal, como es ella, acabando con las ilusiones de los desprevenidos; pobres, cantantes, actores, políticos, nobles y banqueros…, porque nos hace pensar bien en el valor que tiene la vida, breve y terrenal, la única que existe. Pero no para que nos sea indiferente y despreciarla con recelo, sino para vivir con intensidad, haciendo mejor lo que sabemos hacer, sin dañar expresamente a nadie, sin engaños, honestamente. Y a ti, profesor te corresponde pensar y escribir sobre estas cosas metafísicas y en la justicia de tus palabras, verás cuanto se alarga tu vida y tu permanencia en el tiempo.

 



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Héctor Baiz

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