Amor a la distancia por el coronavirus

Me enamoré, suena gracioso, pero no lo es que, a mis 50 años de edad ande buscando de quién escorarme que no es así. Me gustan las mujeres, no importa su imagen que si son feas es mejor para mí, ya que son más simpáticas y, porque a uno lo quieren más, se le entregan más y entre más nos quieren nosotros más galanes somos, y valemos más para ellas que, fue lo que me pasó fuera de Venezuela que, como pude me fui en busca de nueva vida que acá en mi país no conseguía quien me quisiera de veras, que todo se me estaba poniendo negro y escaso y, me entraban unas sudaderas acostado de noche que no me dejaban dormir y, el otro día amanecía más viejo y cansado como el que coge viejas entresueños y sin hacer nada que, valiera la pena al realce de mi personalidad, por lo que tomé la decisión un día por la mañana de largarme de mi isla a donde fuera, pero que estuviera lejos, lo más lejos posible de mi país que me pudiera ir por Colombia, país que dicen que es el paraíso de los gringos por su droga y, así lo hice después que, de tanto andar a pie los pies se me agrandaron de lo hinchado que se pusieron.

Me fue fácil llegar a Cúcuta, pero de Cúcuta en adelante el mundo se me vino encima que, aprendí para hoy poderlo narrar que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde que, yo no perdí nada, pero todo se me complicó que enflaquecí sin querer y me puse más viejo de lo que era que me parecía a otro viejo, pero salí de Venezuela que era lo importante para mí, pero la cuestión afuera no era como me habían dicho que en cualquier país donde llegara no pasaría trabajo y que mucho trabajo se conseguía, y yo como soy pintor de brocha gorda metí mis macundales en un maletín viejo que hasta mis dos brochas metí en él y ese día, me largué feliz y contento como el que sale del infierno imaginé y, más cuando me dijeron que en cualquier parte pintaría y a pintar salí a volverme rico, no a padecer ni aquejarme, sino a bregar.

Llegué a Perú más muerto que vivo, pero llegué, de eso hace dos años que, como un pata en el suelo de otro país, el otro día me trepé un cartón rectangular en mi espalda que decía: "soy pintor de brocha gorda de los buenos que pinto todo lo que coja color" y, con ese cartelón me la pasaba de arriba para abajo y, el que pasaba me veía y se reí y pícaramente se alejaba y yo me volteaba y me leían y se marchaban y así sin hacer nada vivía con mi cartelón encima, sudoroso y pasando hambre, que mi estómago parecía una larga tubería de pdvsa de tanto gas que entraba y salía conmigo de arriba para abajo y, el cartelón me lo quitaba después con mucha delicadeza solo para dormir, y bien por la mañana me lo trepaba nuevamente y salía a recorrer calles y avenidas, es decir, sin rumbo fijo y, no conseguía nada que pintar, nada me salía y, de mucho caminar un día de esos en la misma rutina: me topé con una mujer gorda y fea que se me plantó de frente, que le noté además que, cojeaba del pie izquierdo al caminar, y quien, mirándome me dijo con voz de artista, señor usted no coge goteras, e inmediatamente le contesté: no, que no tenía lentes para eso, y ella después de observarme me dijo, y usted sin lentes no coge nada, por lo menos goteras no, le dije.

No quedó muy satisfecha con mi respuesta y me dijo: todo hombre debe coger goteras, porque siempre llueve y yo le dije, tiene razón, pero solo sé pintar lo que se deje pintar y, ella me respondió como entusiasmada, entonces, pínteme a mí. ¿Qué qué? Le dije. Y ella insistió, pínteme a mí a ver si cojo nueva vida por su abstracción. ¡Ah no! Usted está equivocada mi gorda que, yo lo que soy es pintor de brocha gorda. No puede ser, dijo ella, no sabe coger goteras, ni sabe pintar con el pincel de su imaginación, así que, comience por pintar angelitos negros, aunque sea con otra brocha aquí en Perú.

Le di las gracias por su sugerencia a ese pedazo de carne que cojeaba y, no me dieron ganas de pintarla con el pincel que ella quería, por lo que tomé la soberana decisión de agregarle dos observaciones a mi cartelón de mi publicidad espaldera: No cojo goteras, ni de día ni de noche. No pinto con la mente, sino con las manos.

Y desde ese día me sobran los clientes que no encuentro cómo detener mis manos para que se mantengan quietas pues, cuando no estoy pintando estoy con la gorda enderezándole su caminar y de eso vivo, que quien quita que algún día cargue ella mi cartelón en su espalda si me llegase atrapar el coronavirus.


 



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Esteban Rojas


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