Sobre los indios de Nuestramérica

— José María Aznar, el 11 de marzo de 2004, cuando diez bombas destrozaron trenes y estaciones en Madrid, matando a casi doscientas personas. Aznar apareció en la televisión, culpando de los atentados a los separatistas vascos. El atentado de los trenes y estaciones, fueron: Aznar y la CIA. Este malandro le pidió a Bush que lo ayudara para continuar en el poder.

¡AHÍ LES VA!

Fray Tomás Ortiz los acusa de sodomitas, incestuosos, ladrones, sucios y falsos. Según López de Gomara, la opinión de este fraile fue decisiva para que Carlos V los declarase esclavos. Escribe este mismo cronista sobre los indios de la Nueva España: "Danse mucho a la carnalidad, así con hombres como con mujeres, sin pena ni vergüenza. Son ladrones, mentirosos y holgazanes. Los padres venden a los hijos como esclavos. En la fiesta de xocothveci queman a los hombres vivos y les sacan los corazones". Hernán Cortés, en sus Cartas de Relación a los reyes, describe la insólita crueldad de la religión azteca.

Bernal Díaz, refiriéndose a la bestialidad de sus aliados, los tlascaltecas, escribe que después del sitio de México "se fueron a sus tierras y aun llevaron carne cocida de los mexicanos y repartieron entre sus parientes y amigos como cosas de sus enemigos, la comieron por fiesta".

Cieza de León dice: "Qué muchos españoles tenían a los indios por seres bestiales y malvados". ¿No tenían los españoles a los indios por sus semejantes? De ser cierta esta suposición, no hay homicidio, psicológicamente hablando.

Hay hechos, sin embargo, que nos llevan a conclusiones diferentes. Si los españoles hubiesen despreciado a los aborígenes, grandes conquistadores como Cortés, Pizarro, Ojeda y Alvarado, no hubiesen distinguido a sus mujeres indias con el efecto y asiduidad con que lo hicieron.

Las Casas refiere cómo en los primeros tiempos de la colonia ya había setenta españoles casados con indias. Entre las instrucciones dadas a Ovando por los Reyes en 1503, figuraba expresamente que se favoreciese el matrimonio de los españoles con las indias "para que los unos y los otros se comuniquen y enseñan". Lo mismo sucedió en México, el Perú y toda la América Hispana. Un pariente de San Ignacio, el Capitán Martín García de Loyola, casó con la india Beatriz Coya. A la hija de ésta, Felipe III la hizo Marquesa de Oropesa.

El hecho más demostrativo es que mujeres españolas llegaron a amar a sus caciques raptores hasta límites heroicos. La mujer es siempre la parte más conservadoras de toda sociedad. En el año 1600 los indios quiriquires le raptaron al gobernador de Gibraltar tres de sus hijas. Cuando años más tarde fueron rescatadas, lloraban desconsoladas por la muerte de sus maridos, los caciques raptores. El hermano, sin embargo, no sólo mató a los amantes, sino también a sus sobrinos. Los casos de indios casados con españolas son excepcionales. No obstante, existen. Carlos, hijo del inca Paullu, casó con una española.

Si los indios no hubiesen calado dentro de la concepción humana de los españoles del siglo XVI, hombres como Bartolomé de Las Casas que, al fin y al cabo era español, y antes de fraile, conquistador, no se habría abrogado la defensa de los indios. La prueba de que no era un sentimentalismo de Las Casas y sus cofrades estriba en que así justificar la esclavitud del negro.

Si con todas estas creencias los Viajeros de Indias desencadenaban matanzas o muertes innecesarias, sin causa ni justificación alguna, tendremos que concluir en que aquellos era un acto de crueldad, y sádicos, por consiguiente, sus ejecutores.

En 1514 llega a Castilla de Oro como gobernador Pedro Arias Dávila, "El Enterrado". Con Lope de Aguirre y Carvajal, tiene el triste honor de constituir la Trinidad del Crimen. No han pasado dos años de haber llegado y condena a muerte a Vasco Núñez de Balboa. No tanto por sus crímenes, que eran muchos, sino por envidia. No le detiene el brazo criminal el hecho de que Balboa sea su yerno. Durante su gobernación desaparecen en Nicaragua nada menos que dos millones de indios. Asesina también a Hernández de Córdoba, pacificador y conquistador de Nicaragua.

Pedrarias es uno de los peores tiranos y asesinos que conoce la historia de Nuestramerica. Asesinos sombríos son sus capitanes. Hombres como Ayora y Morales irradian destellos de muerte por donde pasan. Los crímenes con los indios no cejan hasta que éstos estén totalmente extinguidos.

La conquista de México es también cruenta. López de Gomara refiere cómo Cortés hizo cortarles las manos a cincuenta indios que parecían espías. Pedro de Alvarado, su lugarteniente, el que va a despoblar a Guatemala y Centro América con sus conquistas, hace pininos de crueldad en México, como en su célebre matanza de Pascua Florida.

Alvarado irrumpe, de pronto, sobre un grupo de príncipes que en sana paz celebran la festividad del maíz, y, sin decir ni pio, los pasa a todos a cuchillo.

No hay razón psicológica que aminore la anomalía de un torturador o que justifique la razón de un suplició. ¿Mediante qué razonamiento se puede comprender a un Valdivia, a un Garci González de Silva o a un Pizarro, que aplicaban la tortura del empalamiento? En todas las épocas se han llamado crueles a los hombres que hacen sufrir, aunque sea a sus animales. En la época de Nerón, se decía que el carácter cruel del emperador se reveló el día en que, siendo niño, se descubrió su afición para arrancar las alas a las moscas. La humanidad de todos los tiempos ha repudiado con las peores palabras a los hombres que se deleitan con el sufrimiento de sus víctimas. Hasta los aztecas, que tan despiadados se muestran a nuestros ojos, daban el "hongo divino" para drogar a los que iban a ser conducidos a las piedras del sacrificio. ¿Cómo se explica entonces el descuartizamiento vivo de los prisioneros a que los españoles eran tan aficionados desde México hasta el Río de la Plata? Los indios de Venezuela los llamaban ochíes, que quiere decir tigre, calificativo que no es ninguna nimiedad en boca de los más feroces aborígenes del Continente.

Han pasado más de cuatrocientos años y la sombra de Aguirre el Tirano sigue atemorizando a nuestro pueblo en las noches sombrías. Tremendo ha debido ser el estremecimiento de Nuestramerica para que o años más tarde, campesinos analfabetos y sin la menor noción de historia hayan conservado todavía fresca la imagen de Lope de Aguirre y de sus crueles compatriotas.

Hay una vieja leyenda india que explica el origen de los cactus y de las orquídeas que se ocultan en la sombra de la selva, por la compasión de los indios. Condolido por la suerte de su pueblo, Dios transformo a sus guerreros en ágiles y espinosos cactus que en orden de batalla parecen esperar a un enemigo y ocultó en el cerrado celaje de la selva a sus púdicas doncellas. El hierro al rojo sacó no sólo gritos de la selva al alma adormecida del Trópico, llegó a extraerle las más hermosas leyendas. Así sufriría la carne morena con el tizón y el perno, el látigo y empalamiento.

El suplicio y la tortura van con el conquistador al mismo paso de sus cabalgaduras. No hay expedición que no guarde en sus crónicas los más espantosos aullidos de los indios torturados, como son excepcionales los capitanes que puedan evadir el severo juicio de sus contemporáneos, cuando los acusan de pérfidos, crueles y torturadores.

"Fue una extraña crueldad" —como a cada instante anota Las Casas— lo que en diez años reduce a cero a una población de dos millones. Obsesión homicida es lo que vemos en los rancheos de Velázquez y en los monteos de Esquivel. No cabe otra explicación. La locura es lo que se siente en aquella descarga epiléptica de los hombres de Narváez, cuando en un santiamén degüellan a todo el pueblo de Caonao por obra de un brusco impulso inexplicable. Sensación de extrañeza y malestar es lo que acusamos, tanto el dominico como nosotros, ante aquellos actos, sacramentales donde se colgaban y ahorcaban lentamente a trece indios "in memoriam" de Jesús y de sus doce Apóstoles. Ni la guerra ni la época pueden explicar en modo alguno las matanzas y barbaridades que aquellos dos mil hombres hicieron en Santo Domingo y en las Antillas circunvecinos.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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