A pesar del crecimiento, vivimos todavía con una imagen estática del Gobierno

Los economistas otorgan, no por "izquierdismo", sino por realismo, creciente importancia a los factores humanos de la expansión: calidad del jefe de empresa, aptitud de los trabajadores para la asimilación de las técnicas nuevas, adhesión de la colectividad a los objetivos, acuerdo de las partes sociales sobre las reglas del juego de producción. Estos datos, extraños a la pura mecánica, se integran en sus cálculos y ocupan ahora en ellos el primer lugar, incluso donde reina el "capitalismo" sin complejos. Se vuelven a ellos para buscar la razón de las desigualdades en la velocidad de crecimiento de los países técnicamente avanzados. Y es en uno de ellos –podemos decirlo sin exageración– donde se concentran las reflexiones de los elementos más destacados de la clase patronal, del sindicalismo y de la tecnocracia. Se trata del grado de integración de los asalariados en un orden basado, no ya en la estabilidad, sino en el crecimiento.

Los dirigentes políticos comprendieron mal que en una economía en expansión la justicia social llega a ser condición del dinamismo industrial. En efecto, la adaptación al progreso técnico pasa necesariamente por cambios en la condición de los asalariados, muy diferentes de la distribución de algunas acciones simbólicas. Exige que la escuela proporcione a todos –y no únicamente a la minoría favorecida– los instrumentos intelectuales que harán posibles, durante la vida activa, uno o varios cambios de oficio y de medio; que las vías de acceso a la cultura y a la promoción industrial se multipliquen; que la inestabilidad del empleo se vea compensada por una garantía que cubra los períodos de una nueva clasificación y de un nuevo aprendizaje; que el crédito a la construcción sea reformado, a fin de que las migraciones geográficas resulten fáciles, incluso para los menos afortunados. Es imposible "aligerar" la economía sin librar a los trabajadores de las angustias y de las trabas de toda clase –materiales o intelectuales— que frenan su desarrollo personal y el de la producción.

Los sindicatos débiles y divididos vacilan siempre en contraer compromisos. Para "hacer peso" ante el Estado y la clase patronal en una discusión compleja y grave en consecuencias, necesitarán varias docenas de expertos y varios millones de asociados. Para lograr la disciplina requerida de la gran masa de los asalariados, tendrán que apoyarse en nutridos cuadros de mando capaces de defender los intereses de los trabajadores, pero también de comprender y de imponer la estrategia de conjunto. Semejante armazón requiere medios de formación muy superiores a aquellos de los que en la actualidad disponen nuestras organizaciones obreras.

Los asalariados no tienen ninguna razón para someterse una disciplina cualquiera de remuneración, sin su nivel de vida –y, en términos más amplios, la condición en que se les coloca– no resulta mejorado. Sólo la atracción del resultado final, expresado en términos concretos –viviendas disponibles, porvenir de los hijos, bagaje cultural, duración del trabajo, acceso a las diversiones–, puede decidirles a aceptar las reglas del nuevo juego.

Si la expansión es, con toda evidencia, la base de una posible justicia social, la justicia llega a ser, y esto es aún mucho más importante, condición del crecimiento continuado. Esta unificación de dos factores que nos habíamos acostumbrado a distinguir, e incluso a oponer (lo que se "daba" por afán de justicia se consideraba como "tomado" a la producción), debería ser la fuerza de una izquierda de gestión.

La izquierda prometió transformar la sociedad y ha estado aliada, desde que empezó a existir, con los menos favorecidos. Sigue siendo la predilecta de millones de personas, casi la mitad de los ciudadanos, cuya vida puede verse trans formada por un crecimiento más rápido y mejor orientado.

Es igualmente imposible sembrar a un tiempo la revolución y el sentido de las responsabilidades; formar simultáneamente una milicia de agitadores y un ejército de administradores eficaces; negar las presiones económicas cuando se gobierna. No está la izquierda enteramente reducida a la impotencia; puede arrancar concesiones a los conservadores cuando empuñan las riendas del mando. Y aprovechar, como ha venido haciendo, los raros y breves momentos en que gobiernan para hacer aprobar leyes sociales. La derecha tendrá que respetar estas reformas y "digerirlas" durante los diez años siguientes.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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