Los muchos parecidos de Trump y Maduro

"…si son gordos o son flaquitos/nada de eso veo yo/lo que sí se ve clarito/es que son feos los dos" (El Brujo, canción de Billo Frómeta)

Nadie debería sorprenderse por las coincidencias de las políticas de Trump y Maduro más allá de sus respectivas verborreas. Las semejanzas deben explicarse por sus respectivos desarrollos políticos concretos; y no por esa socorrida banalidad de que los polos opuestos se atraen y se parecen, lo cual será cierto en el campo del electromagnetismo, pero en materia de posturas políticas o personales nunca es verdad. Si los polos políticos contrarios se parecieran no serían contrarios, y el que dos contendientes se pongan de acuerdo para batirse en un duelo no los iguala ni los acerca para nada, excepto en el método de aniquilarse uno al otro.

Muchas políticas de Trump y Maduro se parecen o coinciden precisamente porque, lejos de ser polos contrarios uno del otro, representan aspectos distintos de una misma visión básica, aunque el palabreo de ambos y, evidentemente, los contextos políticos que envuelven a cada uno los separe. A fin de cuentas, uno es presidente de la nación más rica del planeta y el otro de una de las más pobres.

Espero que un repaso a las coincidencias más relevantes disipe las dudas del lector escéptico.

1. Para ambos es más fácil vivir de la renta que del trabajo

Se puede vivir de la producción de riquezas; digamos, si uno es carpintero, de fabricar sillas y mesas de madera; o de establecer una empresa contratando a varios carpinteros. Aquí se necesita el trabajo productivo (el de uno mismo o el de los demás). Pero también se puede vivir (y parece que muy bien) de recibir riquezas no producidas por uno cobrando la propiedad de una mina o la de un yacimiento de hidrocarburos. Eso es lo que llaman rentismo.

Pero el rentismo no es únicamente vivir de pozos petroleros o minas de oro, que son caprichosos regalos de la Naturaleza. También existe el rentismo de vivir de los inmuebles, y esa es precisamente la ocupación de la familia de Trump, vivir de los alquileres (que por algo los llaman "rentas. Una vez heredado de su padre el negocio inmobiliario, Donald Trump le agregó otro tipo de renta: la de los casinos; o sea, el típico y antiquísimo negocio de las mafias: vivir de las apuestas.

Donald Trump no es un empresario "exitoso" y menos un administrador eficaz, ni siquiera puede ser catalogado de "buena paga". Seis veces Trump ha declarado sus empresas en quiebra, así consigue ampararse en la Ley de Quiebras norteamericana que le permite mantener abiertas sus compañías mientras negocia cómodamente con sus acreedores, que son los que acaban pagando las "bancarrotas" de Trump. Por supuesto, Donald Trump nunca se ha declarado en quiebra personal. Estos especímenes de empresarios "exitosos" de empresas arruinadas son muy conocidos en Venezuela desde los noventa cuando huyeron del país muchos banqueros millonarios con sus bancos insolventes. El atractivo que generan estos gerentes tan emprendedores es tal que algunos han alcanzado las presidencias de las cámaras empresariales, y cuando incursionan en la política han llegado a ser gobernadores y alcaldes, llevando su sapiencia administrativa al espacio público.

Por su parte, Maduro viene del mundo sindical, donde con demasiada frecuencia el fuero sindical, que conlleva el privilegio de no tener que trabajar, acaba convirtiendo a muchos dirigentes sindicales en burócratas. En las empresas del Estado la situación es peor, porque allí no se tiene ni idea de lo que pueda ser el trabajo productivo, y la cuantía de los que están en nóminas llegó a ser dos, tres o cuatro veces el número de trabajadores necesarios para el proceso productivo (después las nóminas bajaron por renuncia o abandono ante los salarios simbólicos que pagaban y por los despidos masivos ejecutados por los gerentes del "presidente obrero").

Sin embargo, el terco comportamiento rentista del gobierno de Maduro asombra. Su gobierno acrecentó aceleradamente la dependencia del petróleo al aumentar los niveles de las importaciones. Luego, ante la caída de los ingresos petroleros, solo pensó en cubrir la falta de dólares con el aumento de la extracción de oro, diamantes y otros minerales, sin preocuparse por aumentar la producción nacional. Es una política enfermizamente rentista mantener empeñosamente tasas de cambio oficiales 13, 24 y no sé cuántas veces mayores que la tasa de cambio paralela: ello significaba mantener el bolívar súper sobrevaluado, lo que hace muchísimo más económico importar las mercancías que producirlas aquí. Las empresas del Estado bajaron la producción (hierro, aluminio, aceite automotor, fertilizantes, explosivos) y pasaron a ser mantenidas por el erario público. El gobierno logró lo que parecía imposible: quebró a PDVSA.

Al arrancar la crisis eléctrica, las medidas oficiales se enfocaron en detener la actividad económica del país: cierre de casi toda actividad estatal y privada. Nunca se le escuchó a Maduro hablar de decretos para compensar la parálisis. Producir es lo menos que ha preocupado al gobierno. Ahora mantiene un absurdo nivel de encaje legal en el sistema bancario que hace imposible los créditos para cualquier labor de producción. Pero, aclaro, tampoco es, como dice la desmemoriada derecha, que los burgueses venezolanos producían y producían hasta que la injerencia estatal los quebró: esa no es la historia del país, si así hubiera sido no hubiéramos vivido esa sed de dólares que desembocó en el Viernes Negro ni sufrido la crisis de finales de los noventa. Pero es verdad que el gobierno ha beneficiado a los importadores en detrimento de los productores.

En suma, sobre los dos presidentes, uno será ario y otro latino, pero lo que sí se ve clarito es que son rentistas los dos.

2. No tienen el corazón verde ninguno de los dos: el dólar mata a la Tierra

La crisis de la pandemia y la subsecuente parálisis económica mundial acaparan prácticamente toda la atención del planeta. Mientras tanto, la crisis más estructural que padecemos, la crisis de la supervivencia de la Tierra, ha sido sustraída del foco público mundial. A pesar de que los datos de los últimos tres años, que son los años más calurosos desde que se lleva registro de esa variable, son realmente aterradores: aumento de la superficie desértica del planeta, de los niveles de CO2 y del nivel marítimo, disminución de los glaciales, etc. Algunos temen que ya sea demasiado tarde para detener el daño que se ha hecho al único planeta que tenemos.

De nada de eso se han enterado ni Trump ni Maduro, y si se han enterado no les importa. No tienen la suficiente visión para comprender las graves consecuencias de la extracción de petróleo de esquisto en EEUU ni del desborde de la minería del oro y demás minerales en Guayana.

Abiertamente Trump apoya a la extracción de petróleo de esquisto que tanto daño y contaminación causa a la tierra norteamericana. Es férreo defensor de la industria petrolera, tanto que, así como se quejaba de los aumentos del costo del petróleo, también se quejó de la caída del precio más allá de cierto nivel. El petróleo de esquisto tiene costos operativos mayores que la extracción tradicional y un largo tiempo de precios por debajo de los costos de operación llevaría a la quiebra y al cierre de esas empresas gringas dedicadas a extraerles (del peor modo posible) el crudo a la Madre Tierra, Trump exhortó a los países miembros de la OPEP Plus a que llegaran a acuerdos limitando la producción para recuperar los precios. Así que, en este momento, en materia de producción y precio del barril, ambos presidentes opinan que el precio está bajo, ambos coinciden perfectamente.

Pero mientras Trump descaradamente niega la crisis ambiental y rechaza los acuerdos internacionales sobre la materia, Maduro debe, aunque no muy seguido, hablar de la protección de la Madre Tierra si el tema es inevitable. Debe hacerlo porque es el Quinto Punto del Plan de la Patria que heredó de Chávez y que él, una vez presidente, se apresuró en convertir en Ley. Pero luego, a contramarcha, Maduro creó el Arco Minero y otorgó una concesión de un tamaño mayor que muchos estados del planeta (y de varios estados venezolanos, como se hacía en tiempos de Gómez), y la entregó a una corporación controlada por la FAN; la extracción mineral continúa con la ruta rentista ampliándola del petróleo a los minerales. De hecho, se sabe que es incontrolable la actividad minera en el sur del país, y que mafias nacionales y extranjeras tienen buenas tajadas del negocio; mafias de verdad, de esas que imponen su voluntad con el asesinato. Todos ganan, militares y políticos corruptos, hampones del sector público y del sector privado, nacionales y extranjeros. La única que pierde es la Madre Tierra, y las comunidades indígenas, a quienes hace tiempo que se les quitó el derecho constitucional de decidir y opinar sobre la explotación en sus tierras ancestrales.

Conclusión: ambos responden a las urgencias del capitalismo más depredador y a ninguno de los dos les preocupa si dejan o no planeta para las generaciones siguientes.

3. La culpa no es mía, es del otro. Cómo evadir la responsabilidad

Si en algo Trump y Maduro son casi como copia al carbón es en eso de buscar chivos expiatorios para sus errores. Ambos son maestros en la técnica de eludir responsabilidades; quién sabe si acaban escribiendo un libro juntos sobre esa habilidad.

Trump ha evadido todas sus irresponsables declaraciones sobre el coronavirus, su retraso en tomar las medidas más elementales y necesarias para luchar contra la pandemia y su oposición contra dichas medidas si gobernadores y alcalde las tomaban. Esa política de Trump tiene mucho que ver con la gigantesca cantidad de contagiados y de muertes que presenta EEUU, y que ha convertido a ese país en el foco de contagio más grande del mundo. Para sacarse el muerto de encima, el presidente gringo enarboló la bandera de la culpa de China y de la OMS.

Mientras tanto, Maduro ante los gravísimos pronósticos que tenía la economía venezolana al llegar a la presidencia y ante el repunte de los signos de alarma (aceleración de la inflación y de la diferencia entre la tasa de cambio oficial y la paralela, tendencia inminente a la caída de los precios petroleros, etc.) le echó toda la culpa a la "guerra económica".

Recordemos cuando el gobierno tuvo el empeño obsesivo de enfrentar la escasez de efectivo manteniendo el billete de 100 Bs. F (que ni siquiera pagaba un café pequeño); el fenómeno para el gobierno no podía ser producto de la altísima inflación y del ínfimo valor del billete de 100, así que se le achacó a una conspiración de la derecha; los bancos colombianos estaban abarrotados de billetes de 100, aseguraban los propagandistas oficialistas que fungen de economistas, y luego, cuando al fin Maduro dejó de malbaratar dólares mandando a imprimir billetes de 100 y se expandió el cono monetario, la escasez de efectivo se achacó a los aviones con los nuevos billetes que no llegaban porque obedecían a la conspiración mundial. Con la guerra económica se cubre, pues, la escasez de los productos, la hiperinflación, la falta de inversión y la improductividad de las empresas públicas y privadas (hablaremos de la corrupción otro día). Hasta la crisis de los servicios públicos que nos obliga a vivir días sin agua y sin luz, la destrucción de Corpoelec y de las empresas hidrológicas, es culpa de la "guerra económica". El que los centros de refinación de gasolina, que tenían capacidad para cubrir la demanda nacional y aún sobraba para la exportación, perdieran su capacidad de producción y la caída espectacular de la producción petrolera, todo tiene un solo culpable: la guerra económica.

Luego, al año pasado, cuando Trump empezó con las medidas contra el país y su economía, cuando sí hubo guerra económica, ya el término estaba desprestigiado. Les pasó como el niño que jugaba con eso de "Eh, que viene el lobo".

Trump y Maduro siguen fanáticamente la consigna de no aceptar nunca un error. Practican la consigna de Roger Stone, ex asesor de Trump: "No admitas nada, niégalo todo y lanza un contraataque".

4. Cuánto valen los derechos humanos. Represión

Ambos presidentes no tienen en mucha estima los derechos humanos. Mientras se producían en EEUU grandes manifestaciones y aparecían múltiples reacciones contra la violencia racial a raíz del asesinato de George Floyd, Trump solo consiguió espacio en su discurso para la defensa de los "héroes" de la historia norteamericana que fueron pro-esclavistas, cuyas estatuas estaban siendo derribadas por sectores antirracistas; y, por supuesto, acusó a los protestantes de anarquistas, comunistas, y de las demás viejas etiquetas de la Derecha enfermiza. La permanencia del racismo a 157 años de la abolición de la esclavitud dice mucho de las fallas de la sociedad norteamericana.

Por su parte, Maduro hizo aprobar, para aumentar la comodidad represiva del gobierno y de las policías, una Ley contra el Odio. Eso lo hizo después de haber criticado, por represiva y fascista, la Ley de Seguridad Ciudadana que Rajoy hizo aprobar cuando era presidente de España y líder del postfranquista Partido Popular. La Ley contra el odio solo "legalizó" buena parte de la represión que ya venía in crescendo y sin cobertura legal. Ahora cualquier denuncia o crítica a los altos jerarcas del gobierno es catalogada como "crimen de incitación al odio" y el autor es detenido (y es el objeto de odio por parte de los maduristas que salen a gritar por las redes sociales que el detenido se merece eso y mucho más).

Así que usted debe limitarse a lo que hacen esos maduristas de base que alardean de ser "críticos", o sea, que solo critican a los "chinitos de Recadi", a un funcionario desconocido que pidió comisión o se robó unos cuantos miles de dólares, a un corrupto juez de parroquia, a un abusador guardia nacional de alcabala. Pero si usted critica la política de la presidencia, o las sentencias del TSJ, o la actuación de la FAN, o la desidia destructiva de PDVSA, la corrupción, ineficacia y desidia en las empresas estatales (de la cual debe ser responsable, además del imperialismo, la directiva de la empresa y el ministro del área); ah, entonces la crítica deja de ser "constructiva" ("constructiva" llaman a esa crítica parcial, limitada, sosegada y de bajo perfil) y pasa a ser destructiva y a estar fuera de la ley. Y por lo tanto sujeta a merecida represión. Seguramente ninguno de este gobierno "de izquierda" sabe que Marx, como periodista, se negó a bajar el tono de su crítica porque consideró inmoral atacar con alfileres a un elefante.

Los dirigentes sindicales que han denunciado la política anti-obrera del gobierno del "presidente obrero" están presos, hasta han sido detenidos nada más que por pedir un salario mínimo que cubra el costo básico de la vida, tal como manda la Constitución. Han sido pasados a tribunales militares en muchos casos. Y están los detenidos que pasan meses sin ser acusados de nada, en un limbo jurídico etéreo. Ante las denuncias de torturas en el país, no se ha visto al ejecutivo pidiendo una investigación exhaustiva siquiera, menos propiciar la creación de una comisión independiente y amplia para la pesquisa si pretende negar con seriedad esas denuncias.

He visto por Facebook, con mucha vergüenza ajena y dolor propio, que fotografías de dirigentes presos de la oposición que aparecen golpeados producen alegría en los gobierneros (que asombrosamente aún se dicen de izquierda y se burlan en lugar de indignarse). Hasta de los compatriotas que tuvieron que abandonar el país por la destrucción del aparato productivo que realizó el gobierno, y ahora se ven obligados a salir de los países donde vivían porque el coronavirus cerró las oportunidades de trabajo para todos y más para los extranjeros e hizo crecer la horrible y primitiva xenofobia, digo, he visto a los gobierneros atacar sin ninguna piedad a esos compatriotas acusándolos de traidores a la patria y de oportunistas por regresar a ella. Qué mundo tan deformado tienen en la cabeza. Me ha dado dolor no solo por constatar esa caída moral y humana que vivimos, sino porque a algunos de los que expresan estas barbaridades los conozco y sé que alguna vez fueron revolucionarios y de izquierda, y ahora solo son unos desubicados que ni saben qué política están sosteniendo, y menos qué espantoso mundo están proponiendo.

Ambos, Trump y Maduro, tienen una vocación autoritaria y represiva de gobernar. La razón por la que el gobierno de Maduro es más represivo que el de Trump es porque el criollo tiene menos contrapeso, menos institucionalidad y menos fuerza político-jurídica que lo limite. Ya quisiera Trump tener jueces y fiscales, una Asamblea extra constitucional y una mayoría de gobernadores en su bolsillo como los tiene Maduro.

5. La lealtad es mejor que la preparación o no me importa el saber

Por supuesto que es elemental y hasta de sabios que si uno tiene que conformar un equipo para adelantar un proyecto uno llame a los que se pueden identificar con el proyecto en cuestión. Los proyectos, ya en sí, suponen una visión específica que solo puede ser adelantada por los que comparten esa visión. Si quiero fortalecer una salida monárquica a un Estado debo llamar a monárquicos, y si quiero afianzar el camino republicano debo llamar a republicanos. No hay que hacerles caso a los "desideologizadores", esos que se la pasan echando pestes contra las ideologías en nombre de los pastichos ideológicos que llevan en su cabeza sin saberlo. Son gente que o no están conscientes de lo que dicen y son ideólogos inconscientes, o son ideólogos encubiertos buscando a quién engañar.

Ahora bien, si bien hay que buscar gente que sea partidaria de nuestra causa, no es necesario que sean los más incapaces y los más ignorantes. Debe ser un partidario que además sepa de lo que se va a encargar. El encargado de relaciones exteriores debe saber de diplomacia, el que se encargue del despacho de educación debe conocer de educación, el que tome la cartera de petróleo debe saber de petróleo, el que vaya a dirigir los asuntos económicos debe saber de economía. De no hacerse así ocurre lo que ocurrió y está ocurriendo en Venezuela.

Hay casos como el ministro de petróleo anterior, el general Quevedo, que demostró desde el primer día que no sabía nada del tema petrolero: se estrenó prometiendo un imposible aumento de la producción, como si la caída de la extracción de petróleo se debiera a la falta de órdenes, de autoridad (claro, Quevedo es un general); y siguió haciendo promesas de aumento de la producción mientras la extracción de petróleo disminuía sin descanso. El otro ministro-general que no sabía nada de la tarea que se asumió es Motta Domínguez, el exministro de Energía Eléctrica durante el lapso 2015-2019, y todo sabemos cómo está el servicio eléctrico hoy en día.

Como Maduro acostumbra a hacer enroques una y otra vez, los mismitos personajes se encargan de educación, agricultura, economía, planificación, ciencia y tecnología, ya se conoce a todos esos eternos altos funcionarios, nadie duda de su lealtad, y nadie tampoco duda de su incapacidad; y todo el mundo sabe ya que en ese grupo de elegidos nadie sabe nada de nada.

Trump no se queda atrás en darle exclusividad a los que están de acuerdo con su programa. Pero vean que los que se sienten preparados para el cargo, incluso si son de derecha, han renunciado, a veces por lo equivocada política que se le ha ocurrido al presidente, y casi siempre por lo insufrible que es la improvisación del jefe, por lo caprichoso de sus decisiones.

Un corolario elemental del teorema de escoger a los leales aunque sean unos incapaces comprobados es que no hay que dejarse asesorar por los que saben. Ambos presidentes cumplen teorema y corolario. Por ejemplo, sobre el coronavirus Maduro (al igual que Trump) ha recibido recomendaciones de los Colegios profesionales, de reconocidos profesionales en Salud y de otros organismos, pero la política de Salud es de un hermetismo absoluto (los boletines epidemiológicos hace años que pasaron a ser documentos clasificados). El gobierno ni siquiera responde a los planteamientos que se le hacen (igual que como en otros temas), en su lugar utiliza la descalificación política hacia los proponentes y no dice nada sobre las propuestas (el reiterado argumento ad hominem es el máximo nivel intelectual de los defensores de los cogollos).

Esa actitud de desprecio hacia el saber es la que explica que tanto Trump como Maduro tengan sus propias creencias personales sobre el coronavirus. Creencias, como las llamó el mismo Maduro. La de Trump es la hidrocloroquina, que al final diversos estudios de científicos calificados y la misma OMS advirtieron sobre su uso indiscriminado y sin supervisión médica y alertaron sobre los efectos colaterales que puede producir su consumo. Mientras, Maduro, más criollo, defendió su "creencia" de que una bebida compuesta por malojillo, saúco, jengibre, pimienta negra, limón y miel, servía para la prevención del coronavirus; era la receta de un "científico" venezolano que afirma, sin pruebas, haber publicado un artículo en una Revista científica, Journal of Forensic Medicine (la revista existe, pero la publicación no aparece) y haber establecido la secuencia genética del coronavirus antes que el resto del mundo. Ambas historias de manías presidenciales serían sumamente jocosas si no significara que los cargos presidenciales son usados de tan mala manera en la lucha contra la pandemia.

6. Ambos se dirigen exclusivamente a sus propios seguidores.

Tanto Trump como Maduro olvidan que son presidentes de un país entero. Cuando hablan solo se dirigen únicamente a sus seguidores, de allí los extremos de desubicación a los que puede llegar el discurso. Y cuando reciben una crítica certera de los otros, los no-seguidores, temen que se caiga el telón, con sus reacciones solo pretenden moralizar, encuadrar, nuclear, fanatizar, a sus seguidores. Por ello la réplica se vuelve más unilateral y sectaria mientras más cierta sea la crítica.

Trump siempre está diciendo algún disparate, pero cuando mete la pata en forma demasiado evidente, acostumbra a revivir el discurso de la grandeza de EEUU, el lema de la campaña que le dio réditos electorales (Make America Great Again); la grandeza de Estados Unidos, ya se ve, debe ser retomada por la fuerza, y Donald Trump es el guía y maestro para reconquistar esa tierra prometida.

Maduro cuenta con que sus seguidores poseen un sentido crítico infinitesimal, así que puede hacer cualquier salto político sin preocuparse mucho, pasar de atacar al "dólar criminal y maldito" al "menos mal que la economía se dolarizó" de un día para otro, sabe que sus seguidores inmediatamente pasarán a estar agradecidos con el dólar. Puede justificar a los contaminados y contaminadores fiesteros de los Roques ("…eso es normal. Se hizo una fiesta, ¿por qué lo van a criticar?") una vez y más tarde llamar "bioterroristas" a los venezolanos que regresan por las trochas desde Colombia. Pasar del insulto a las empresas transnacionales a los acuerdos con empresas capitalistas de nivel mundial (y no solamente con las rusas y chinas, sino también con las transnacionales gringas y europeas). Pasar de "Salvar al planeta" al megaproyecto del Arco Minero. Saltar del "fuera de la Constitución nada" a la violación de los artículos más importantes de la Constitución Bolivariana de Venezuela. Cualquiera diría que sus seguidores estarían molestísimos y denunciando esos cambios de posturas. Pero no.

Ni Trump ni Maduro funcionan como presidentes de sus respectivos países. Los dos hablan a una parte de la sociedad. Y a la otra la amenazan. La otra, la que no está con ellos, es claramente mayoría en Venezuela. Y los seguidores de Trump cada vez son más claramente minorías también.

7. La realidad es puramente mediática

Ambos están convencidos de que la política, el problema del poder, es un fenómeno exclusivamente mediático, no socioeconómico, ni siquiera cultural. Es un simple problema de control de medios. Es la misma sobrevaluación de los publicistas de la primera mitad del siglo XX, pero en ellos se entiende: el cine, la radio y la televisión estaban apareciendo y creciendo.

Lo de la "guerra mediática" es un argumento común a ambos. Trump, al igual que Maduro, insiste en que son los medios los que retratan una falsa realidad contra su gestión, los que hacen aparecer las críticas contrarias a él como masivas. Exactamente lo mismo dice Maduro.

Eso de convertir la "guerra mediática" en un factor todopoderoso y absoluto es, por supuesto, difícil de aceptar para un hombre de izquierda, porque se basa en el prejuicio de que los sectores populares son una especie de retrasados mentales o menores de edad, que no saben defenderse ante el ataque mediático, y así quien controla a los medios controla a las "masas" irremediablemente. Era lo que creía Goebbels el nazi, a quien, por cierto, citan los oficialistas. Pero los de la "guerra mediática" así se ha impuesto, como una fe, en el argot madurista que dice o cree ser de izquierda.

Viviendo dentro de ese mundo mediático, muchas de las propuestas de ambos presidentes tienen una efectividad real casi nula. Para Trump no importa si se construye el muro o no, lo importante es que se crea que sí construyó unos kilómetros y que no le dejaron construir más. Para Maduro no importa si el Plan del Desarrollo del motor tal funciona o no, lo importante es que impacte ese evento con los empresarios (que solo se retratan allí porque buscan dólares), que la campaña de los éxitos de los motores continúe y genere efecto mediático. Las propuestas de Trump y Maduro son solo espacio y tiempo en los medios, discurso que saldrá por televisión, circulará con fuerza en las redes, y generará debate y declaraciones en la oposición. Eso es suficiente. Porque para ambos, eso es hacer política.

8. Una relación extraña con el neoliberalismo

Como quiera que los maduristas funcionan con etiquetas, aún, a esta altura del siglo XXI, no logran entender ni lo que es neoliberalismo ni lo que es capitalismo (bueno, tampoco lo hace la derecha, que reacciona con ideas de los 50, o cuando mucho de los 90).

Cuando escucho a un madurista diciendo que todo se arreglará con la lucha contra el neoliberalismo, me dan ganas de recordarle que para esa guerra cuenta con Trump como poderoso aliado.

¿Cómo es posible que no sepan que desde hace 4 años el presidente de la nación líder del capitalismo mundial, los EEUU, no es neoliberal? Será por eso de pensar con etiquetas.

Efectivamente, Trump no cree que el libre mercado debe decidir sobre el desarrollo económico, decidir cuánto exportan o importan los países, según la oferta y demanda de cada cual. Nada de eso. Trump acabó con el tratado de libre comercio que reglamentaba las relaciones de la América del Norte. Tanto México como Canadá tuvieron que renegociar, bajo la amenaza de instaurar aranceles y prohibir importaciones, las cuotas de compra y venta con respecto a Estados Unidos. Luego hizo lo mismo con Europa. Con China que, quiéralo o no Trump, es su principal socio comercial (si seguimos la costumbre capitalista de llamar "socios" a las entidades con las que tienen intercambio comercial), le impuso fuertes aranceles, y obligó a un larga y dura negociación, que comprometió a China a equilibrar la balanza comercial aumentando la compra de muchos productos norteamericanos. A Trump le sabe lo que ordene el libre mercado, no cree que la productividad expresada en el mercado debe premiar y castigar a las unidades productivas, etc., y toda esa palabrería neoliberal de las últimas cuatro décadas.

El único en el mundo que aún pregona y parece que cree en las virtudes del libre mercado es el Partido Comunista Chino, que insiste permanentemente en ese mecanismo para normar (o dejar de normar) los intercambios comerciales.

Mientras, Maduro, aunque ahora casi no nombra al neoliberalismo, lleva tiempo ejecutando el paquete más neoliberal que se haya aplicado en la historia venezolana. Maduro es la prueba de la existencia de diversos métodos neoliberales: liberación de precios en los hechos, ningún control de los niveles de ganancias, regulación laboral desaparecida; pero todo eso acompañado de un control sobre sobre algunas variables económicas como nivel de liquidez, control de la distribución, reglamentación arbitraria y ad hoc para cualquier cosa que se escape.

Conclusión: es simple: ambos son de derecha

No hay que darle muchas vueltas al asunto. Aunque ninguno de los dos sea parte de esa Derecha neoliberal (a quien ya le pasó su mejor hora) que desde mediados de los 80 prevaleció sobre el planeta, tanto Trump como Maduro son de Derecha. A fin de cuentas, es obvio que el proceso bolivariano no pasó de intentar construir un modelo keynesiano (si se es generoso en la calificación), y el keynesianismo es una variante del capitalismo. Lo que ocurre es que tenemos un nivel de cultura política muy bajo, y tanto a la izquierda como a la derecha les cuesta agarrar un libro que no sea de autoayuda y prefieren vivir de consignas, eslóganes y órdenes de sus respectivos jefes; y los militantes de ambos bandos prefieren lo simple y decir lo que les manden a decir. Ya estoy escuchando a los fanáticos maduristas de las redes respondiendo no a lo planteado aquí, sino atacando a los intelectuales (¿de dónde habrán sacado esa manía?) y echándole la culpa de todo a cualquiera que haya leído más libros que ellos.

Por eso es que ambos polos han llevado al país a donde estamos.



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Orlando Zabaleta

Editor, escritor, articulista, publicista y diseñador gráfico.

 orlandojpz@yahoo.com

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