Pedagogía de la muerte y ética de la finitud (I)

"Por el amor supimos de la muerte; por el amor supimos que

se muere: sabemos que se vive cuando llega el morirnos"

Miguel de Unamuno

"El mayor esfuerzo de la vida es no acostumbrarse a la muerte"

Elias Canetti,

"es la ausencia de sentido la que le da un sentido a la vida. … la muerte erige el sentido de la vida, ya que si debo morir y es la nada,…entonces no voy a ninguna parte. Luego, la ausencia del más allá hace desembocar mi vida en el vacío, en la nada; de donde se sigue que mi vida no se construye en ninguna dirección. Simplemente, ¿puedo pensar a mis hijos, a mi descendencia? Es la única esperanza que me queda"

Vladimir Jankélévitch

"No existe ninguna pedagogía axiológicamente neutral. No hay primero una teoría pedagógica y después un posicionamiento axiológico. En el caso concreto de la ética sostengo que ésta es el punto ele partida de toda educación. Optar por una pedagogía determinada es ya una opción ética que uno debe hacer explícita desde un primer momento"

Joan-Carles Mélich

 

I. Muerte

Decía el filósofo Plotino que "la humanidad se encuentra a mitad de camino entre las bestias y los dioses" aquéllas son mortales, tienen que morir, pero lo ignoran, sin embargo éstos son inmortales y lo saben. El hombre, como los animales, se debe a la muerte, pero lo sabe, como los dioses. Esta desafortunada combinación que marca la singularidad específica de la especie humana, nos hace conscientes de que la muerte nos alcanzará más pronto o más tarde, por esta razón la idea de morir acompaña inseparablemente el vivir de todo ser humano. Por muchos cambios culturales que ocurran, ninguno puede suprimir el hecho innegable de tener que morir; de este modo la muerte se convierte en una cuestión decisiva que debemos encarar para comprender la vida del hombre. "Los que te digan que no les preocupa nada, o mienten o son estúpidos, unas almas de corcho" afirmaba Unamuno con tesón, de aquí que la meditación sobre la muerte sea objeto de permanente reflexión por parte de pensadores y punto de mira de todas las religiones.

II Finitud

El ser humano está siempre en trayecto. "Estar en trayecto" significa estar en un trayecto concreto, inscrito en una tradición, en un tiempo y en un espacio vividos. Por eso la identidad humana es móvil. Podríamos decir que «no soy el que soy», o también que «llego a ser lo que no soy». Es imposible eludir esta condición de movilidad. Cualquier fijación, cualquier fin de trayecto, representa el final de la finitud: la muerte.

Somos finitos, pero la finitud no es la muerte sino el trayecto que va desde el nacimiento hasta la muerte. La finitud es la vida, la vida que uno sabe limitada, la vida anclada en el tiempo y en la contingencia. Desde este punto de vista, la muerte no forma parte de la finitud, más bien es su condición, una de sus condiciones, pero, al mismo tiempo, es también su negación. Tal vez sea esencial (o estructural) al ser humano resistirse a la muerte, al paso del tiempo, al envejecimiento, pero también es propio de su condición finita la imposibilidad de lograr la eternidad, la inmovilidad, la claridad y la distinción.

Quizá nadie como Martin Heidegger ha desarrollado en el siglo XX una ontología de la finitud y de la muerte como la que esbozó en Ser y tiempo ( Sein und Zeit, 1927). En la filosofía de Heidegger, la finitud del ser humano se vuelve absoluta y esencial. No hay final, no hay totalidad de la vida. Está, pues, absolutamente excluido que el hombre pueda nunca llegar a ser, en la historia, el dueño de su existencia. Cada vida marcha irremediablemente hacia la muerte. La muerte no es un accidente, no viene de fuera: es nuestra posibilidad suprema. El ser humano es un ser-para-la-muerte.

Mi muerte es la posibilidad más personal, la más auténtica y la más absurda al mismo tiempo. No está en el extremo de mi vida, sino que está presente en cada momento, en el acto mismo de vivir. Busco olvidarla constantemente, huir de ella, disfrazarla con la diversión, con la indiferencia. Vivir auténticamente, al contrario, es vivir con la constante espera de la muerte y de su posible inminencia, es mirar cara a cara esta compañía a cada instante.

La idea de la muerte intensifica la inquietud metafísica al constatar la vanidad de nuestros esfuerzos y la precariedad de los seres vivos. Dice Emmanuel Lévinas:

"La incógnita de la muerte, que no se presenta de entrada como nada, sino como el correlato de la experiencia de la imposibilidad de la nada, no significa que la muerte sea una región de la que nadie vuelve y que, en consecuencia, siga siendo desconocida; la incógnita de la muerte significa que la propia relación con la muerte no puede tener lugar bajo la luz; que el sujeto entra en una relación con algo que no proviene de él. Podríamos decir que se trata de la relación con el misterio"

Para la redacción de estas líneas dedicadas a la Pedagogía de la muerte y ética de la finitud (I) nos hemos basado principalmente en los siguientes trabajos:

• Elías Canetti, Masa y poder.

• André Comte-Sponville , Ni el sexo ni la muerte

• Byung-Chul Han, Muerte y alteridad

• Martin Heidegger, Los conceptos fundamentales de la metafísica. Mundo, soledad y finitud.

• Martin Heidegger, Ser y Tiempo.

• Emmanuel Lévinas, Dios, la muerte y el tiempo

• Joan-Carles Mélich, Filosofía de la finitud

• Edgar Morín, El hombre y la muerte

• Ernst Tugendhat, Problemas

• Vladimir Jankelevitch, Pensar la muerte



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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