Ni gringos ni rusos, ni cubiches ni cachacos

Ésa es la consigna que repito una y otra vez cuando alguien, en las redes o en los medios, me achaca inclinarme por uno u otro polo internacional.

"Tú criticas a los EEUU ¡pero no dices nada de la visita de Lavrov a Caracas o de la invasión cubana de facto que sufrimos!", exclama uno de los indignados.

Otro, de signo contrario, me reclama: "Claro, responsabilizas al gobierno de todos nuestros males, pero no dices que la culpa es de las sanciones de Trump".

La polarización embrutecedora en todo su esplendor. Blanco y negro. Si no estás con unos, estás con sus contrarios.

Permítanme esta digresión personalísima. Entré a la política allá por 1970, atraído por el discurso insumiso de Teodoro Petkoff. Me seducía este venezolano que, al norte de la América del Sur, se confrontaba a la vez con yanquis y soviéticos. Esa soberana capacidad de mirarse la cara con Washington y Moscú a la vez, característica de aquel MAS luminoso de los buenos tiempos, marcó y convenció a muchos, en particular jóvenes post-II Guerra. Y aún hoy, cuando ya no activo en la política como antes sino que solo opino y ejerzo mi derecho a la denuncia, esa postura es para mí casi un dogma. Tanto que lo puedo resumir así: si llegase a la conclusión racional de que la única manera de salir hoy de Maduro es con una invasión gringa, aún así me opondría.

Tal vez influye también en mí una heredad particular: las insistentes lecturas que de Bolívar (discursos, cartas) le escuché a mi padre desde que tengo uso de razón, su crónica de la epopeya independentista, su pasión venezolanista, y ese valor, la gloria, con el que siempre acompañaba sus reflexiones históricas. De esta suerte, rechazar una deleznable invasión gringa es para quien suscribe un tributo ancestral.

Así que, desde el sótano del alma, mi pregunta es: ¿Cómo puede aceptarse sin protesta alguna que unos venezolanos vayan por el mundo, pidiendo sanciones y más sanciones, probadamente inútiles, que solo refuerzan la deriva autoritaria dictatorialista del gobierno y dañan al venezolano común más que a la oligarquía roja (en especial a los más pobres)? ¿Cómo no repulsar con desprecio que unos políticos venezolanos caigan de hinojos a las puertas de la Casa Blanca clamando sin vergüenza porque vengan tropas extranjeras a hollar el suelo de la patria para hacernos el favor de echar al madurismo del poder, a un costo inconmensurable y de imponderables consecuencias, ya que nosotros no somos capaces? ¡Seamos capaces!, más bien. Como tantos y tantos en este universo mundo: demócratas de Chile, Uruguay y Argentina; negros sudafricanos; socialistas y comunistas españoles; disidentes polacos, checos, húngaros... en fin.

La patria primero. Y que entre venezolanos, sin injerencias ni tutelajes, superemos la agobiante fractura que nos arrebata el derecho a tener algún futuro como nación. Ésa es la tarea que debemos cumplir. Por nosotros mismos. Como pueblo soberano. No como vasallos de ningún poder extranjero.



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Enrique Ochoa Antich


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