Hace doscientos años: La hazaña de los Andes

Hace doscientos años, por estos mismos días de julio, Simón Bolívar y sus tropas ejecutaron una de las más grandiosas hazañas de la guerra de independencia suramericana: el paso de la Andes, una cordillera de montañas con alturas de más de cuatro mil metros y con temperaturas muy frías, irresistibles para esos hombres y mujeres, integrantes de las tropas, acostumbrados al clima cálido de Venezuela. En esos tiempos de 1819 se conocían tres vías para atravesar los andes entre Venezuela y Nueva Granada. Bolívar y sus oficiales decidieron por la más difícil, por el páramo de Pisba, un trayecto que casi nadie se atrevía a recorrer, pues, según decían los conocedores de la ruta, "viajar por él sería la muerte"; "es un camino contra toda esperanza". Se escogió este camino para así caerle de sorpresa a las tropas realistas situadas del lado de la Nueva Granada. Éstas no esperaban por este lugar a ningún batallón enemigo, mucho menos al grueso del Ejército Libertador, compuesto por unos tres mil efectivos. El último día de junio de 1819 iniciaron las tropas la remontada de tan escabrosas moles naturales. Completar el recorrido, ascenso y descenso, tardó unos siete días. Muchos hombres y mujeres murieron en el trayecto, así como también monturas y ganado. Se perdieron provisiones, armas, municiones y pólvora. No obstante, todos estos contratiempos y pérdidas, una vez que alcanzaron las tropas el otro lado de los Andes, se desatarían una serie de acontecimientos favorables para el Ejército Libertador que cambiarían el curso de la guerra. Después de los Andes, la independencia estaba cada más cerca.

Algunos relatos nos describen aquella epopeya. Veamos lo que nos dicen.

"En esta altura de los Andes no hay senderos, el terreno es rocoso y quebrado sin más signos de vegetación que algunos líquenes. El rumbo siempre se encuentra porque lo marcan osamentas de hombres y animales que han perecido al atravesar el páramo con mal tiempo. Se ven en las rocas una multitud de lucecitas plantadas por piadosas manos en memoria de los que allí cayeron y en el suelo se ven los despojos de sus equipos. La situación era realmente espantosa; sobre las cabezas se alzan enormes bloques de granito, y a los pies ábrense abismos que atraen. Nada turba el silencio, como no sea el grito del cóndor y el murmullo de arroyos lejanos. El cielo azul nos parece más cerca de nosotros, y aunque el sol no está velado por alguna nube, parece no tener calor y da una luz pálida, como de luna llena".

"A medida que ascendían por el escarpado y estrecho sendero, la temperatura se tornaba más fría y los soldados, mal abrigados y peor alimentados para resistirla, enfermaban gravemente y morían. La lluvia era torrencial, la vegetación iba desapareciendo y la roca dura, donde solo prendían raros cactus, hacían más triste el panorama de aquella heroica travesía. El aire, con la altura, se iba enrareciendo, y los fatigados organismo s de los soldados parecían invadidos por extraña somnolencia. El terrible soroche causaba estragos entre aquellos desventurados y solamente la flagelación lograba, a veces, arrancar de la muerte sus cuerpos helados. Las mujeres hacían prodigios atendiendo a los enfermos, animando a los desalentados y dando pruebas de una resistencia que maravillaba a los oficiales extranjeros. Tras de incontables penalidades y serias pérdidas, el 6 de julio de 1819, el grueso del Ejército Libertador llegó a la aldea de Soche, en la cumbre andina. Ahora venía el descenso, menos peligroso, pero también con sus dificultades."

"El frío congela hasta los huesos; torrentes al fondo de las quebradas retardan la marcha, y en ellos los hombres tienen que poner se en cadenas para no ser arrastrados por el agua embravecida cargada de piedras rodantes. En el camino han sido enroladas algunas mujeres para que preparen la comida; otras se han sumado voluntariamente a la empresa por amor a tal o cual soldado. En ese ascender de los Andes, Bolívar pasaba en el anca de su caballo las corrientes peligrosas a los enfermos y a las amantes de los soldados. Atrás, muy lentamente, van los ganados con destino a la alimentación. A veces el atraso del ganado es tanto, que la tropa se queda sin comer. Al cuarto día ya no queda casi nada de ganado y la mayor parte de los animales de carga se encuentran inutilizados; hay que abandonarlos: muchos han rodado al abismo. Y comienzan a morir también los llaneros. Gentes de tierras bajas y cálidas, que no han visto nunca una cordillera, que no pueden soportar el frío, sienten un terrible dolor de cabeza y de estómago, se les nubla la vista y perecen. Unos cuantos, amedrentados, huyen en cualquier dirección; otros envidian la suerte de los animales que se lanzan al precipicio. El agua helada les descompone el intestino a casi todos".

"Durante todo el trayecto llovió persistentemente y en muchos puntos el camino mostraba obstrucciones, que detenían la marcha hasta poder abrir el paso; cayó también abundante granizo. No pocas veces fue necesario azotar a los hombres para impedir que se muriesen. Y quienes sufrieron más fueron las valerosas mujeres, cuyo corazón, más fuerte que su cuerpo, alentaba a los compañeros con un coraje admirable".

"Número considerable de soldados murieron; ni un caballo, ni monturas, ni armas, que habían sido abandonadas, lo mismo que las municiones de boca y de guerra. El ejército era un cuerpo moribundo".

"Aquellos que contaban con zapatos al partir de los llanos hacía tiempo que los habían desgastado, y muchos hombres, incluso entre los oficiales, estaban literalmente sin pantalones y agradecían poder cubrirse con trozos de sábanas o con cualquier cosa que pudieran encontrar".

"Tiemblo todavía al acordarme del lastimoso estado en que yo he visto ese ejército que nos ha restituido a la vida. Un número considerable de soldados quedaron muertos al rigor del frio en el páramo de Pisba; un número mayor había llenado los hospitales y el resto de la tropa no podía hacer la más pequeña marcha. Los cuerpos de caballería, en cuya audacia estaba librada una gran parte de nuestra confianza, llegaron a Socha sin un caballo, sin monturas y sin armas, porque todo estorbaba al soldado para volar y salir del páramo; las municiones de boca y de guerra quedaron abandonadas, no hubo caballería que pudiese salir no hombre que se detuviese a conducirlas … el ejército era un cuerpo moribundo".

Después de remontar la cresta de las montañas andinas, a cuatro mil metros de altitud, aquel maltrecho pero valiente ejército, descendió y venció a las tropas realistas en Pantano de Vargas (25-07), y pocos días después (07-08), obtuvo otra victoria en el Puente de Boyacá, con la cual todo el virreinato de Nueva Granada pasó a manos de los republicanos. Luego, en 1821 vendría el triunfo del ejército Libertador en Carabobo y así, un inmenso territorio que se extendía desde el Océano Pacífico, pasando por el frente del Mar Caribe, y llegaba hasta el Atlántico occidental, allí donde desemboca el gran río Orinoco, sería el espacio donde se levantaría la República de Colombia, con Bolívar de presidente y Santander de Vicepresidente.

Detrás de todas esas proezas estuvo el grande hombre venezolano, creador del Ejército Libertador y de las diferentes naciones erigidas en los antiguos territorios coloniales. Tal es su obra sublime: usó las armas para traer libertad, justicia, ciudadanía y República. Las armas las apuntó para conseguir nobles resultados, resultados que implicaran para los pueblos felicidad, prosperidad y progreso. Extraordinarias lecciones para los hombres que hoy día integran el componente militar venezolano. ¡Hagan honor señores al Libertador! Cumplan aquella máxima suya: "maldito el soldado que apunta sus armas hacia los ciudadanos", contribuyan a la restitución de los derechos de los venezolanos, orienten todo el esfuerzo de la institución armada a instituir una situación nacional donde se garantice a los venezolanos la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política. Presionen para que se corrija esta calamitosa situación nacional que hoy nos abruma, enferma, empobrece y hasta nos mata. El Ejército Bolivariano, para ser tal, debe replicar hoy, con su conducta, desempeño y acción, los valores, principios y doctrina postulada, defendida y practicada por el creador del Ejército Libertador, Simón Bolívar. En sus manos está ser en verdad fieles herederos del glorioso ejército independentista. Ahora cuando transitamos doscientos años de la gesta libertadora es oportunidad propicia para demostrarlo.



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Sigfrido Lanz Delgado


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