Ministros de Maduro no le pararon a su petición de renuncia ¡Chao pescao!

Entre las tantas tragedias que acoquinan al venezolano es la de no contar con un liderazgo digno de este calificativo. Chávez fue el último líder que tuvimos. Pareciera que el de Barinas no sólo acabó con los que habían en ese entonces sino que cerró el espacio para desde allá hasta aquí, muerto él, no apareciese por lo menos ni uno más. Por eso, pareciéramos tripulación a bordo de un barco al garete.

A quienes la formalidad lingüística del periodismo llama líderes en la Venezuela de ahora parecieran más bien, para decirlo en la informalidad de la jerga popular, "no mandan ni en su casa". ¿Quién manda en el palacio inaugurado por Cipriano Castro? En esa caja de sorpresas y en veces hasta de Pandora, porque hay que ver cuanta calamidad hay allí adentro, que llaman oposición, si algo no hay es liderazgo. Probarlo parece innecesario, siendo tan obvio. Guaidó a quien se quiere vender como un líder, no es más que un producto de laboratorio político partiendo de un hecho casual e individual desconocido, sin talento y ni siquiera gracia. De esos de "tírese después de usado", porque sólo sirven para un momento o "un llegue". Para cualquier observador nada meticuloso no resulta difícil entender que parece más una marioneta que un dirigente político. No es más que un individuo con un megáfono que recita las consignas que tiene anotadas en un turbio papel. ¡Cuánto de eso saben Pence, Pompeo, Bolton y Abrams¡

Maduro, pese los elogios suelen hacerle quienes le rodean, que juegan y apuestan al mismo número o como dice también el lenguaje coloquial, están "pegados al mismo corte", lo que les hace ser como demasiado generosos, tampoco tiene los atributos del líder. No es un secreto que llegó allí por haber estado en eso que llaman el primer anillo de Chávez, ser el vocero de una organización pequeña pero muy severamente disciplinada, como lo fue la Liga Socialista y ayudado por aquel "sobrevenido" y fatal desenlace por todos conocido y porque Chávez, le pasó el testigo, por si acaso y por un momento, no creyendo iba a morirse tan pronto. El de Sabaneta sabía bien a quién dejaba en el "coroto", un fiel y leal porque no le quedaba otra opción sino serlo, pues sus huestes y atributos solo le servían para llegar donde había llegado y no ir más lejos; si cuesta creer esto que decimos veamos todo cuanto ha acontecido.

Maduro pudiera ser un buen muchacho, lleno de buena fe, eso creo y cargado con un apretado inventario de esas consignas que uno mismo cargaba para arriba y para abajo en los años sesenta, cuando éramos buenos para pegar cartelones y repartir volantes y hasta más tarde, cuando aún estábamos por llegar a los veinticinco años y creíamos que la sociedad se cambiaría llegando al poder con una fuerza militar, unos gritos, decretos y una noche de farras. Las masas, creía uno, alentadas por la magia del Estado proletario, desatarían todo su poder creador y a una orden de la dirigencia acomodarían todo como quien se cambia de casa. Y tiene un discurso cargado de esa emoción del romanticismo de calle, ese que las consignas hacen más duro, un romanticismo no clásico, porque aquello es como muy exigente, sino ese propio de la cultura de oído, de rockolas y del "puro sentimiento". Por eso habla tanto del "momento histórico" y de epopeyas y se ve a sí mismo encaramado en un caballo blanco recorriendo la llanura y arrastrando tras de sí toda esa fuerza telúrica de los gloriosos llaneros de la independencia y entonces grita, porque no tiene otra forma mejor de comunicarse que el grito, muy a tono con ese espíritu romántico que le embarga, "cuando digo yo, digo somos". Porque el romanticismo es muy individualista y hace demasiadas concesiones y elogios al héroe. Es más, el héroe es un dejo del romanticismo. Cuando llego aquí y en instancias como estas, pienso inmediatamente en Eduardo Blanco y "Venezuela Heroica". Una manera de interpretar la historia a través de ciertos personajes y momentos de gloria. Es una manera de sentirse líder, pues si Dios y la historia, esa a la que tanto invoca, no le dio ese encanto, debe de alguna manera despertarlo y sus publicistas, amigos, socios del gobierno y esos tantos que van y vienen, mientras uno no puede ir ni venir, contribuyen para crearle la imagen.

Pero la cosa es como demasiado cuesta arriba. Los mismos que en los medios dicen, "esto lo hago porque me lo ordenó el presidente Maduro y solo gracias a él porque a uno no se le ocurre una vaina como esta", en la intimidad andan en otra cosa, una como empatada con el interés del grupo que se vale del "líder" en un contubernio como "dando y dando".

Y en verdad nada bueno hacen. Tanto que el mismo presidente en cada crisis, grita desaforadamente, en ese su estilo romántico, que el pueblo denuncie a los burócratas que llenan los puestos del gobierno y a otra clase de individuos que hasta pudieran ser pillos. Eso sí, se cuida pese la agotada pose, de dejar la imagen a que se refiere como si le endilgara a unos fantasmas, a otros, nadie, ni él mismo parece que no sabe quién.

En enero, viendo al pueblo cansado de esperar que su gobierno dé muestras de estar vivo –por algo Dilma Rousseff acaba de decir algo que parece claro como la luna llena, recordando al comandante Chávez, que "Maduro se limita a resistir"- pidió al gabinete la renuncia. No hizo excepciones. Por lo visto, por lo que uno sabe, ninguno de ellos renunció y todos se quedaron donde estaban como que hubiesen dicho "de aquí tu no me sacas".

Porque este ministro y aquel no son de Maduro. Este le pidió al grupo, uno de los tantos y a todos los existentes, que le diesen nombres para hacerlos ministros y cada grupo puso el suyo o los suyos. Los ministros son de los grupos y estos a ellos no les dijeron que renuncien. Es más, cuando Maduro les pidió la renuncia fueron al grupo y allí le dijeron tu "cayetano", "allí te quedas y deja eso por nuestra cuenta que lo vamos a arreglar". Maduro no les dijo a los grupos o sus respectivos jefes "por favor díganle a sus ministros que renuncien", pues por allí tenía que empezar a pesar suyo y del país. Y como no cumplió con esa formalidad para que los jefes de grupos les dieran sus opiniones y hasta le ofrecieran sus nuevas cuotas, estos y los ministros optaron por ignorar aquella solicitud de renuncia.

Los ministros están allí campantes, sin hacerse notar como para que en ellos no se fijen. Hubo una destitución que no implicaba ningún estorbo ni choque con nadie. Sólo Mota Domínguez, en medio de la crisis eléctrica, salió como un rayo y uno no sabe por qué. Algo grave debió haber sucedido dado que según el gobierno, aquello del Guri sólo se debió a un sabotaje opositor. Y no creo que Mota Domínguez en eso estuviese complicado o tuviese un "cable pelado".

Como siempre, en vista que los grupos no están dispuesto a dejar les tuerzan los brazos y todo el poder a Maduro, como "todo el poder para los soviets", este optó por echarle tierrita al asunto, una práctica habitual en él, como hizo con los "Precios Acordados, Sacudón, Revolcón, los motores y hasta el Programa de Recuperación Económica". Es un olvidar y un no ver para que la realidad se esconda o deje de atormentarnos. El olvido cura los pesares. ¿Alguna vez se ha visto un dictador así? ¿Pérez Jiménez, Stroessner o Pinochet se hubiesen dejado echar una vaina así?

 



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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