El fracaso de algo llamado revolución

Intentando regresar a la normalidad en un país donde es imposible hacerlo, donde las vicisitudes y los contratiempos, la indignación y el hastío parecieran no tener límites, donde uno se levanta cualquier día, sale a la calle y sabe que algo desagradable no tardará en suceder, bien sea porque lo ve o lo escucha, y frecuentemente porque lo vive. Donde asfixia la banalidad, el cinismo y la sordidez gubernamental, sus mensajes difundidos de manera sofocante, por medios oficiales, radio y televisión, y repetidos una y otra vez, que son como golpes a la puerta de un torturador ciego y obsesivo, que no duerme, ni descansa. Donde las alocuciones presidenciales son los sonidos y los ruidos invariables, o el repiqueteo monótono e insoportable de un martillo hidráulico que vibra, perfora y demuele, en manos de un operario sordo de nacimiento. Donde el lenguaje oficial sólo sirve para articular mentiras, entelequias e inexistencias.

El sentido de país no existe, el de nación tampoco, o se ha perdido. Qué somos o hacia dónde vamos cuesta saberlo. No creo que un país sea un país cuando no existe alguna moneda, de bajo valor facial, que permita pagar el llenado completo de un tanque de gasolina de un carro, de un autobús o de un camión. Cuando un botellón de agua potable puede llegar a pagarse en dólares. Cuando el papel billete no es sólo un instrumento de pago sino es, usualmente, una mercancía más, que se compra y se vende al mejor postor, y cuando la moneda nacional ha dejado de ser una expresión del valor trabajo productivo de una sociedad. Cuando los autobuses del transporte público son frecuentemente camiones de carga o camiones cavas. Cuando la basura que genera cualquier familia, en su actividad humana cotidiana, no permanece en las bolsas plásticas usuales sino es despensa de comida, o plato de asfalto o de cemento que comparten, por igual, seres humanos y perros de la calle. Cuando la llegada de un barco con un cargamento de billetes de banco o de un simple despacho de trigo panadero es un acto de gobierno con la presencia de ministros y gobernadores de estado, y es anunciado con gran solemnidad mediática, al igual que cuando cualquier simple mantenimiento, rutinario en cualquier otro país del mundo, de los puentes, centros de salud, escaleras mecánicas del metro o servicio público cualquiera, es exaltado como una iniciativa extraordinaria de gobierno que nos llevará por la senda del progreso. Cuando los funcionarios públicos que fracasan o son acusados de corrupción, son condecorados en vistosos actos públicos, son realzados con honores o ascendidos de cargo. Cuando se miente tanto y tan seguido, con absoluto descaro y desfachatez, y se burlan tanto de la gente noble. Cuando el ejercicio de la función pública transita entre trajinadas promesas y acres ilusiones.

Hacer política bajo esas condiciones y circunstancias anormales de país se vuelve algo desagradable e incómodo. Casi estéril. No hay discusión política seria, particularmente en la esfera del gobierno. No hay, ni siquiera, declaración seria. Hay una falta absoluta de rigor en lo que se dice y se hace. El país es un desastre absoluto y se sigue hablando del “año de la recuperación económica” o del “país potencia” que seremos. O de “batallas épicas” y “victorias”. La ligereza priva por doquier. La vacuidad también. Lo que pretendió ser una revolución, nunca llegó a serlo o se desdibujó completamente en el camino bajo la conducción de unos oficiantes de la política irresponsables. Moradores de óxido y herrumbre del país. Comensales opulentos del banquete y del festín.
Más temprano que tarde, volverá la vida normal.


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Reinaldo Quijada


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