La invasión, el camino más doloroso

"Por último, pasa revista conmigo a la penúltima noche, y te convencerás de que yo vigilo por salvar la república más que tú por perderla. Te digo que la penúltima noche fuiste al barrio de los herreros y estuviste, no tengo por qué callarlo, en la casa de M. Lecca; allí se reunieron en gran número los cómplices de tus criminales furores." – Catilinarias de Cicerón.

Me venden un sueño cargado de emociones, luces, primaveras y arco iris, que aniquilan mi barrio, mi gente inocente, mi conciencia, mi naturaleza, mi convicción, mi cultura y mi identidad, para convertirme en el centro de una confrontación que no escogí; preferí alzar mi voz en mi anhelo de evocar el dialogo, en pro de la sensatez, invocando el concurso de los que hacen ruido en mi pacifica audición. Para entendernos y convencernos que en una tierra de llanuras, montañas, mares y ríos, se puede convivir.

Tres premisas cunden en el ambiente patrio, bajo un discurso radical que castra la convivencia y la amistad para imponer la ley de la selva: el odio, la intolerancia y el desprecio. Sobre la primera decía el gran Víctor Hugo: "Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga." Sobre la segunda se refirió José Ingenieros en su obra Las Fuerzas Morales de la siguiente manera: "La intolerancia y el odio nacen de la incapacidad de simpatía; no se tolera al que no se comprende no se ama al que no sabe comprender". En tanto que la tercera la describió Honoré de Balzac así: "Las heridas incurables son aquellas infligidas por la lengua, los ojos, la burla y el desprecio". Aberrantes contrariedades al amor que profeso por mi compatriota, que por el solo hecho de haber nacido en mi sagrado suelo amo como a mis hermanos y a mis más fraternos amigos como al recuerdo de mi terruño y mis andanzas.

Si las alforjas de la sociedad están colmadas de tales acontecimientos, somos presa fácil de cualquier subterfugio que justifique la irracional saña de aplastar al contrincante, incluso, hasta ver con naturalidad que una bota extranjera cometa la insolencia de invadir el suelo patrio, como lo dijera en su proclama Cipriano Castro.

Venezuela vive en la actualidad una pavorosa crisis estructural en sus diversos ordenes, proveniente de reiterados desaciertos de quienes tienen la responsabilidad de gestionar la administración pública, aderezado con una creciente guerra económica que puede alcanzar consecuencias inimaginables con las sanciones impuestas a nuestro país desde algunas de las principales potencias extranjeras y a la cabeza de ellas, la gestión del presidente de los EE.UU. Donald Trump.

La diatriba convertida en acrecentada confrontación busca salirse de los naturales cauces de una confrontación civilizada. De cumplirse la profecía de algunos en cualquier momento sonarán los tambores de la guerra, con un saldo que todos perfectamente conocemos, no porque podamos decir que vivimos en carne propia una conflagración, más allá de las que vemos en una película de Hollywood, pero si contemplado en relatos históricos de las vivencias guerreristas escenificadas en otras latitudes y las que nos ha enseñado la historia universal.

La polarización nos ha traído hasta este escenario, un gobierno que tiene muchas responsabilidades que asumir y aspectos que rectificar, pero también de sectores opositores que buscando atajos para hacerse del poder han contribuido a la debacle, a tomar el espinoso camino de la violencia, con resultados de pérdidas de vidas humanas, sin mostrar el rostro de la contrición, del reconocimiento del error y sobre todo de la tan necesaria rectificación.

En Venezuela, están en juego la democracia, la paz, su institucionalidad, su rostro, su cultura y hasta su historia, es decir, su identidad. Escribió el pasado año en un artículo David Jiménez Torres, titulado Invasiones y humillaciones, lo siguiente: "Una nación no es solo una serie de símbolos. La nación es también un haz de historias que recibimos en nuestra infancia y que nos animan a ver determinados acontecimientos a través de un filtro concreto, a entenderlos como si fuesen parte de grandes continuidades históricas."

Invocar salidas determinadas por factores foráneos y para complemento con una larga tradición guerrerista es de los más infelices anhelos. Se hace necesario examinar aquellos aspectos que tiendan puentes para la búsqueda de un entendimiento a partir de nuestra Constitución vigente, para rescatar la institucionalidad, para el diseño de políticas comunes que garanticen la gobernabilidad, superar las trabas que afectan nuestra economía y socaban la mayor suma de felicidad para nuestro pueblo.

El reconocimiento mutuo de los actores, el rescate de la producción y la convivencia son claves para una negociación, sin complejos y sin cartas bajo la manga. Sin desespero más si con constancia. En ello juega un papel clave la comunidad internacional. Sin poner en juego las riquezas naturales del país, ni asediando la gobernabilidad y sus instituciones. Recordemos que las premisas que Venezuela ha enarbolado ante el mundo en cuanto a la conquista de un mundo multicéntrico y pluripolar, así como su convicción antiimperialista chocan contra tradiciones hegemónicas puestas en boga durante muchos años y que conspiran contra la paz y la autodeterminación de los pueblos.

De las invasiones y por ende de las guerras, las cuales se invocan en nombre de la paz, el progreso, el cese al desconsuelo y el bienestar de los pueblos, solo queda la decadencia y un panorama desolador que causa muerte y sufrimientos. A quienes reniegan de las salidas pacíficas, del dialogo y la negociación, prefiriendo el conflicto bélico con el concurso de fuerzas extranjeras, les invito a repasar el saldo de cualquier confrontación guerrerista. Decía Moshé Dayán, "Si quieres la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos".

Urge que se imponga la sensatez para la búsqueda del entendimiento, que los planes suicidas sean cosa del pasado. Que podamos exhibir al mundo la grandeza, gallardía y sabiduría del liderazgo venezolano, cristalizando una salida que deje atrás cualquier vestigio bélico. Insisto, la historia nos ofrece grandes experiencias, o como decía Cicerón. "La historia: testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, testigo de la antigüedad.". Estamos a tiempo.



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Victor Barraez


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