Sean cinco minutos como Elías Jaua

Una vez, Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), hace unos seis años, en la toma de posesión de Ramón Carrizales como gobernador de Apure, recomendó ser cinco minutos como Chávez.

"Seamos un momento del día como es el comandante Chávez. Si sólo los que votaron por Chávez, fuésemos cinco minutos como es el Comandante, tendríamos revolución para toda la vida. Vamos a hacer el intento", dijo.

Y ahora sin Chávez físicamente viendo este desastre en que desencadenó su proceso revolucionario, se debería pedir a los funcionarios con poder de decisión, en puestos claves, fuera o dentro del Gobierno, que sean unos cinco minutos como Elías Jaua en la entrevista que le hizo la BBC Mundo en Caracas.

Quizás menos, tal vez Jaua respondiendo concretamente las preguntas sobre la corrupción en Venezuela, no tardó ni cinco minutos, principalmente, cuando le dijo al entrevistador: "Volviendo a su pregunta de nuestros errores, sin duda uno fue no haber combatido desde el principio este flagelo estructural" o cuando especificó: "Todo es a partir de sectores privados. Toda la estructura de corrupción del sector privado quedó intacta y sus contactos dentro del Estado rápidamente corrompieron a funcionarios débiles. Ahora estamos pagando las consecuencias de esas desviaciones".

No conozco a Elías Jaua, en una oportunidad, hace ya unos cuantos años, lo vi en Santa Bárbara del Zulia, Sur del Lago de Maracaibo; aclaro tal situación porque no faltará quien diga que me están pagando o que algún interés particular me llevó a efectuar este planteamiento, y no es así.

Me lanzo con esta posición porque vi a Elías Jaua sincero, creo que tarde, pero no se puede negar que tuvo un arrebato de honestidad encomiable; la experiencia que uno vive con otros revolucionarios de alto rango es que, si no niegan las respuestas a preguntas escabrosas, "guabinean", la disfrazan, le echan las culpas a los demás o comienzan a escudarse con desproporcionadas justificaciones como si los venezolanos fuésemos todos unos imbéciles. Así como pasó con los perniles navideños después de un año de espera. Ahora resulta que Maduro como que no dijo lo que dijo, en fin...

Lamentablemente –y esto hay que decirlo- desde el Presidente para abajo aseguran una cosa, y en la calle la realidad es otra. Sobre las medidas de recuperación económicas, el máximo jefe de la revolución siempre expresa que van bien encaminadas y, en las comunidades, se padece el hambre pareja. La gente muere en los hospitales por falta de medicinas. Y no le echo la culpa, solo que tampoco es verdad que la situación está bien como el Gobierno la quiere hacer ver.

En cuanto a la especulación, por ejemplo, en lugar de ser atacada con eficacia, efectividad, la remiten toda a las sanciones económicas gringas. Sabemos del daño que nos hace el bloqueo financiero norteamericano, pero eso no puede evitar que la revolución actúe en contra de los comerciantes que estafan al pueblo de frente y a la vista de las mismas autoridades. Imagínense si debemos esperar que, al presidente estadounidense, Donald Trump, le dé la gana de levantar las criminales medidas unilaterales y coercitivas, para poder combatir a las personas o establecimientos que venden con sobreprecio.

En otras de las tantas incongruencias del discurso gubernamental, vemos a la gente denunciando a efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana por la matraca en las alcabalas, y de pronto observamos a Maduro condecorándolos y destacando públicamente su honorabilidad y rectitud, e igual ocurre con la Policía Nacional Bolivariana. Y así se pueden citar muchas otras incoherencias de esta gestión. Actitudes y posiciones a todas luces discordantes, que nos mantienen en el limbo, y nos hacen el discurso presidencial increíble, confuso, ambiguo, enrevesado.

Los revolucionarios piden solidaridad automática, cuando primero deben dar una explicación transparente, detallada, creíble, de la grave situación del país; es preferible que se sinceren, que la gente sepa a qué atenerse. No como ahora, nos exigen permanecer rodilla en tierra, y uno siente que cuando dobla la pierna y la quiere afirmar se le hunde en arena movediza.

Pienso en consecuencia que, si no son capaces de ser cinco minutos como Chávez, sean cinco minutos como Jaua en la entrevista con la BBC, en todo caso, deben descubrírsele, desnudársele a las mayorías. Hablar claro, lo contario es angustia, duda, y la gente ya está cansada de tanta incertidumbre, de tanta hambre, de tantas calamidades, de tantas penurias, de avanzar a tientas por un callejón tortuoso y oscuro.

 



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Alberto Morán


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