¡Insólito país! Policías y ladrones. Los primeros sorprendidos robando y espantados por los segundos

Esta historia es verídica, insólita, pero "arrancada de la vida misma". Por eso uno, aficionado a la literatura, piensa que la creatividad, en buena medida, no es más que un hacerle honores a la vida y apoderarse de las cosas y circunstancias que ella crea. Aunque, debo decir, que pudiera ser una invención mía para recrear a mis lectores, porque todavía no sé si me la contaron o la soñé. ¡Es tan increíble e inusual! En todo caso el lector válgase de ella para perder un poco de su tiempo, eso relaja.

Lo que contaré ahora como ya dije, sucedió en alguna parte, casi ahora mismo, pudiera estar sucediendo en este momento. Pero también pudiera acontecer todos los días. No es invención nuestra, pues no tenemos tanta capacidad creativa. Aunque si es posible haberla soñado. Como cuando soñé a un amigo a quien le robaron la batería, optó por hundir la parte delantera en una honda zanja y en esas circunstancias el vehículo tomo energía y siguió andando. Tanto que pudimos seguir de viaje como íbamos.

Fernando, mi amigo, paisano y pariente, salió en su vehículo a tomarse unos tragos. Era su día libre, el que él mismo se asignó como propietario y conductor de un vehículo que va y viene haciendo eso que llamamos "carreritas". De esa manera mantiene a su familia. A una hora determinada, un poco tarde de la noche, se le ocurrió, de esas ocurrencias ingratas que promueve el alcohol, en lugar de tomar rumbo para su casa, la de su esposa e hijos, lo hizo para donde vive su madre, en sentido absolutamente opuesto, con la intención confusa por su estado de regresar más tarde a su hogar. Y no hay cosa más común en alguien, por lo menos entre los venezolanos, que con dos tragos entre pecho y espalda, se acuerde de visitar a su mamá sin importar hora ni día.

Su madre vive en apartado barrio popular de la ciudad donde concurren todos los problemas que ahora acogotan a la ciudadanía. Pasó casi rozando las paredes del viejo cementerio y justo en ese espacio, donde según siempre se ha dicho reina la paz de los sepulcros y la absoluta calma sintió unas ganas inaguantables de orinar. Eso dice él, quizás para justificar un poco su imprudencia, porque lo más probable es que no estaba en condiciones de medir los riesgos que aquella soledad y silencio envolvían. Pudo esperar, llegar casa de su madre, pero no estaba en condiciones de hacer aquel raciocinio más que el esfuerzo para activar el esfínter.

Al bajarse, de inmediato fue abordado por tres delincuentes que después de golpearle le arrebataron las llaves del vehículo. Se fueron raudos en éste y al incauto dejaron en aquel espacio solitario y hasta oscuro. Alguien, quien por allí pasó y para suerte suya le identificó, le prestó ayuda y le llevó hasta la casa de su madre.

Uno de los jóvenes familiares que habitan en aquella vivienda, por esa conducta habitual de ahora, que no es más que el viejo atavismo indígena de enviar señales de humo, tomó su celular y puso en las redes aquello como un simple comentario dirigido de manera específica a un familiar fuera del país. Quien lo recibió allá lejos, muy lejos, de donde Fernando vivió su triste y desagradable experiencia, lo colocó a su vez en su portal. Desde allá, tan lejos, el mensaje se devolvió al aparato de otro familiar suyo en la ciudad donde ocurrieron los hechos. Este hizo del conocimiento de lo que estaba aconteciendo a alguien con influencia en ese mundo del cual forman parte quienes le amargaron la vida a Fernando. Este alguien también por vía telefónica alertó a los suyos, bajo su liderazgo, justo en el pequeño espacio donde el delito se produjo, para que rescatasen o le fuese devuelto el vehículo a su dueño tal como se lo habían llevado.

En efecto, desconozco ciertos detalles, pero el vehículo fue dejado muy cerca de donde habían sorprendido a Fernando. Hubo la información al respecto por los mismos medios y los familiares y amigos del barrio, gente "de la que rescató" el vehículo, acudieron al sitio.

Pero antes que aquel mecanismo informal y hasta si se quiere anormal, del cual hemos hablado, se desplegase, los familiares de Fernando, enterados de la acontecido, pese la poca disposición y condiciones de este para informar adecuadamente, habían presentado la denunciado a la policía para que procediese a la localización y rescate del vehículo.

Cuando los familiares, no Fernando porque este había sido vencido por el exceso y se quedó dormido, amigos y quienes acudieron por la orden dada para que el pecado fuese lavado, se hallaron ante un espectáculo que si bien para ellos no es anormal y menos extraño, pero si para nosotros, pues estaba sucediendo todo lo contrario del deber ser, esa conducta que uno infructuosamente reclama, hallaron a miembros de la policía desvalijando el carro, el cual había sido dejado allí intacto.

Toda aquella gente, optó por apostrofar a los policías, tanto como gritarles, ¡ladrones! ¡Ladrones! Y entre quienes así gritaban estaban de quienes allí habían dejado el carro intacto y hasta con las llaves en su sitio. Y eran unos cuantos los que allí sorprendieron a los policías, tanto como que estos se sintieron en peligro, amedrentados y optaron por abordar apresuradamente los vehículos oficiales en los cuales patrullaban y donde pudieron llevarse parte de los accesorios que ya habían retirado del vehículo de Fernando.

Después de leer esta historia "arrancada de la vida misma", pero que pude haber inventado, habrá quien eso asegure y yo podría repetir aquella repetida coletilla, "si esto coincide con algún hecho real, es pura coincidencia", cualquiera podría pensar en "una manada de venados corriendo detrás de los perros". ¿Quién le hace caso al populacho? ¿Para qué denunciar? Eso, en sueños, escuché responder a todos ellos, los testigos y quienes pudieron defender a Fernando del delito, ante una pregunta mía.

Nunca me cansaré de decir que la vida es muy creativa y transcurre tal como ella es.



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Armando Lafragua


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