¿Existe también un fascismo de «Izquierda»?

Siempre se ha señalado, históricamente, que el fascismo es la expresión política de la ultraderecha y el recurso al cual recurren los sectores oligárquicos dominantes para preservar sus intereses frente al auge prerrevolucionario de los sectores populares insubordinados. Hasta allí nada sería complicado de explicar. Sin embargo, ante el comportamiento observado entre gobernantes y dirigentes políticos que se autocalifican de revolucionarios, socialistas y/o izquierdistas, cabe admitir que existe la posibilidad innegable de un fascismo que bien podrá llamarse de izquierda, aunque suene contradictorio y genere alguna polémica. Algo que ya se identificara como estalinismo en la extinta Unión Soviética. Lo importante es considerar que el fascismo de derecha no es nada diferente de aquel que pretendería (sin serlo, habrá que advertirlo de antemano) distinguirse como progresista, revolucionario y socialista, puesto que ambos requieren de la subordinación incondicional de quienes conforman la mayoría, es decir, de los sectores populares subalternos, haciendo de la democracia una simple referencia, carente de alguna base real que le permita a éstos convertirse en sujetos históricos activos de su propia emancipación y, por consiguiente, creadores de un nuevo modelo civilizatorio, más equitativo y democrático. Serían expresiones de un mismo tipo de comportamiento político, enraizado en las relaciones de poder engendradas por el Estado burgués liberal, las cuales comprenden una jerarquización básica: gobernantes y gobernados, o con más precisión, clases dominantes y clases dominadas.

Benito Mussolini, en Italia, y Adolf Hitler, en Alemania, tuvieron la oportunidad de liderar partidos políticos que encarnarían (nominalmente hablando) la idiosincrasia, las aspiraciones y los ideales de sus respectivos pueblos; partidos cuyas orientaciones y decisiones, por añadidura, ningún sujeto podría objetar. Aquel que se atreviera a hacerlo, cometería, por consiguiente, un grave delito de traición, condenándosele, en el más benévolo de los casos, al ostracismo y la segregación. Igual ocurrió en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con Josef Stalin como el «líder esclarecido» de un conjunto multicultural de naciones donde se llevaría a efecto la primera experiencia de un Estado regido por los consejos trabajadores y campesinos, en lo que se proclamó como dictadura del proletariado, siguiendo la teoría política revolucionaria impulsada por Karl Marx y Friedrich Engels a finales del siglo XIX. Ambos extremos aparentemente diferenciados en personajes, propósitos y procedimientos comparten, no obstante, los mismos resultados. Sin embargo, los regímenes democráticos representativos, pese a todo el discurso de respeto a los derechos humanos, a la voluntad y a la soberanía populares que se opondría a estas experiencias históricas, no distan mucho de parecerse, ya que se observan iguales situaciones. En el caso de las dictaduras militares que plenaron durante décadas el sur de nuestra América, éstas alegaban actuar en defensa de los valores de la cristiandad y de la Patria frente a ideologías extranjeras como el comunismo, algo que fue estimulado sistemáticamente desde el norte de nuestro continente, Estados Unidos, y que fuera compartido por los grupos económicos y la jerarquía eclesiástica católica sin mucho remilgo, lo que produjo a la par del exilio de millares de personas un genocidio combinado, ejecutado por los cuerpos represivos del Estado mediante la implementación del Plan Cóndor.

Arthur Rosenberg escribió en «El fascismo como movimiento de masas» que «el fascismo no es más que una forma moderna de la contrarrevolución burguesa capitalista, disfrazada de movimiento popular». En el caso concreto de Nuestra América, la derecha tradicional (y su versión emergente) comenzó a hacerse subversiva frente a las normas y el sistema que ella misma, de una u otra manera, erigiera, a partir de su comprensión de la realidad que venía suscitándose ante sus ojos con la elección de gobiernos de tendencias antineoliberales, progresistas y/o izquierdistas; precipitándose un avance sostenido de los sectores populares en sus demandas por acceder a mejores perspectivas materiales de vida, vistos ambos como una seria amenaza a sus intereses clasistas. Amenaza que también fuera percibida desde Washington, generándose la implementación de planes de todo tipo que facilitaran revertir la situación creada.

Así, se le dio alas a un «nuevo» fascismo, despojado de eufemismos que ocultaran su naturaleza, como la opinión pública internacional pudo apreciar en Bolivia, Ecuador y Venezuela, naciones sacudidas por las acciones extremistas (vale decir, terroristas) de los grupos conservadores con la deliberada intención de provocar el caos que precipitaría, finalmente, la caída de los gobiernos de estas naciones.

Ahora, ¿qué distingue y pretende este fascismo «nuevo», delineado en un sentido general por el imperialismo gringo? A simple vista, lo distingue la brutalidad y la intolerancia extrema con que se ha hecho visible, ubicándose sus instigadores por encima de las vidas del resto de las personas, las cuales -según su visión supremacista- debieran estar subordinadas a sus intereses y sus propósitos particulares. En cuanto a su pretensión hay un trazo ideológico (si es que cabe el término) bastante concreto: la dependencia y la sumisión incondicional respecto al capitalismo global, representado y regido por las grandes corporaciones transnacionales asentadas mayormente en territorio estadounidense y europeo. Por ello mismo, el guión seguido por la derecha en Argentina no difiere mucho de lo hecho por sus pares en Brasil; lo que dejan entrever los dirigentes opositores en el caso que lograran acceder al poder constituido en Venezuela, observando su actuación en la Asamblea Nacional. No es simple casualidad que sus organizaciones reciban adoctrinamiento y financiamiento estadounidense a través de la NED y la USAID, contando asimismo con el respaldo de la industria comunicacional a su entero servicio, la que se encargará de exaltar sus virtudes y su «lucha» en defensa de la democracia, mientras les endosa a sus contrarios todo lo que se pueda para desacreditarlos, silenciarlos y destruirlos, moral y políticamente.

Carlo Frabetti, en su artículo El fascismo del siglo XXI, resume que «puesto que el capitalismo es la matriz del fascismo y el fascismo es la última ratio del capitalismo, cualquier persona que asuma las normas y valores del sistema se convertirá en un fascista en potencia, cuando no en acto». Frente a ello se necesitan espacios y movimientos autonómicos que sean la expresión de la diversidad ideológica que conforma en el mundo contemporáneo la gama de la contestación anticapitalista, antiautoritaria, antipatriota y de defensa de la naturaleza; espacios de convergencia y discusión político-ideológica que impidan toda clase de exclusión, discriminación y dogmatismo, en lo que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) propone como «un mundo donde quepan muchos mundos». No sería una fórmula única y definitiva, pero sí contribuirá a disminuir el riesgo de la implantación de un fascismo a escala mayor, legitimado además por la expectativa estabilizada de satisfacción de necesidades materiales de la población. Sobre esta base, habría que impulsar y concretar iniciativas autogestionarias con lo que el pueblo organizado y consciente se mantendría a salvo de los tentáculos cooptadores y clientelares del burocratismo corporativo del Estado, teniendo como elementos fundamentales nuevas modalidades organizativas colectivas y de participación social y política que den paso al autogobierno de los sectores populares, expandiendo el concepto y la praxis de la democracia más allá de lo actualmente permitido.-



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Homar Garcés


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