Los ruidos de la carreta vacía

Sobre la carreta vacía se ha escrito mucho, pero yo quiero escribirla desde mi propia versión. De entrada pudiera uno decir que la televisión es como un arresto domiciliario y el whatsaap es como la libertad condicional. Así anda la mayoría de los mortales en este tiempo de grandes verdades y grandes mentiras, donde algunos apenas salen de sus prisiones mundanas, van tirándole piedras a todos los perros que le ladran, impidiéndole llegar ni siquiera a la esquina de su propio destino.

Esa es parte de la verdad que soplan los vientos cristalinos cuando recorren las calles imaginarias de mi pueblo. Recuerdo cuando Chiquito Parabavire le preguntaba al loco Muño:

- Muño, además de la risa y los llantos de los "pila pollos", escuchas algo más que venga de la otra calle.

- Si, -contestó Muño- escucho la carreta que viene rodando nuestro amigo Juan Caramiche e’ Perro

- Así es loco el carajo, –dijo- además el tipo viene con la carreta vacía.

- ¿Vacía? –pregunto Muño- ¿Cómo lo sabes indio Chiquito?

- De inmediato respondió Parabavire-

- Facilito… mucho ruido, es por eso que digo que viene vacía.

- Tú como que estás más loco que yo, dijo Muño y se fue riendo por la carretera de piedra, rumbo a la gallera de Don Pulio.

La brisa vuelve a soplar trayendo el eco de los alborotos, de las risas tristes, de los ruidos, algarabías y confusiones que arropan el pensamiento de la gente que anda atrapada en los laberintos del tiempo. Muchos hacen demasiado ruido con sus mentiras, con sus jactancias, con sus aires de grandeza. A medida que los fantasmas van caminando por este pueblo, con sus calles de dolor, de cuerpos carcomidos por los vientos sepultureros, pareciera escucharse la carreta de Caramiche e´ Perro, que mientras más vacía, más ruido hace.

La consciencia, la consciencia, repetía una y otra vez Juana Casterola, cuando alguien pasaba por su casa para que le leyera el tabaco. Y así va el mundo, descalabrado, engañado, muriendo en cada pisada, pero nadie se da cuenta de eso por la algarabía que se escucha en esta aldea global. Todo se disimula, todo se cubre con el manto de una tecnología de redes virtuales, donde –supuestamente- estamos interconectados con todo, pero en realidad desconectado de la realidad, de la moral, de la ética y del respeto. Sí, por allí escuchamos a gente hablar de sus grandezas, pero no de sus miserias; de sus millones de bolívares y dólares, pero no de lo corrupto de su proceder; de sus grandes negocios y mujeres, pero no de la familia porque no la tienen en verdad. Ese es el drama y el ruido que se escucha por todas partes, de conversaciones triviales y vacías sobre temas vitales, pero que lamentablemente son abordados desde la nada. Al final, terminan hablando de todo un poco y de todo y nada. Cuando escuchamos esas conversaciones deshabitadas, la tristeza adorna la sala de reuniones.

El sol ya va hundiendo sus rostro en el ocaso y con las primeras sombras de la penumbra se hacen más fuertes los ruidos de la carreta que calle abajo y calle arriba va empujando Caramiche e’ Perro. Mientras más vacía es la gente, más ruido hace, para disimular su poco contenido.



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Eduardo Marapacuto


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