Kerepakupai-Merú, Churún-Merú o Salto Ángel

En la tierra Caribe, lugar de los indígenas Pemón, a un Cacique se le apareció un espíritu sagrado y le reveló lo que sucedería a su pueblo cuando el hombre blanco entrara a arrasarlos. Le aconsejó que se alejara de las costas y se internara en la selva, donde debía fundar una nueva tribu en tierras escondidas. Le proveyó de una tinaja de agua mágica, capaz de curar todas las enfermedades, sin embargo, le advirtió que no la dejara derramar porque su poder era tan inmenso, que podría causar catástrofes e inundaciones. Durante la travesía el Cacique encontró un águila gigante con un ala lastimada, inmediatamente tomó del agua mágica y la sanó. Para retribuirle el gesto de generosidad el águila lo subió a su espalda y lo llevó hasta las cumbres del Auyantepuy. El cacique, deslumbrado por la belleza del lugar y por la posibilidad de tocar el cielo con las manos, resbaló y rompió la tinaja. De esa manera el agua derramada dio origen al Churún Merú y a todos los caminos de agua que surcan la tierra de los Pemón y por eso pudieron salvarse de la furia codiciosa de los conquistadores.

Casi quinientos años después, en 1910, un explorador, Ernesto Sánchez la Cruz, encontró el Salto dejando testimonio y mapas de localización, del que después, en 1937, un aventurero buscador de oro, Jimmy Crawford Ángel, tuvo que revelar su existencia porque no pudo ocultarle al mundo que había perdido su avioneta; Kanaima le enredó las ruedas de la avioneta entre sus manos de barro pegajoso. Jimmy perdió el oro, perdió la avioneta y se perdió en la selva, en verdad, poco le importó que su nombre figurara para nombrar el salto, idea, por supuesto, de los adulantes de turno. Con ese desplante les pagó sus lisonjas. Treinta y tres años pasaron para que pudieran bajarse los restos del aparato de la cima del Auyantepuy, debido a la persistente furia de Kanaima.

Altanera, sobre una alfombra infinitamente verde y enorme, reta al cielo una milenaria muralla que exhibe orgullosa su larguísima cabellera de agua. Un Tepuy, tan anciano como de tres mil quinientos millones de años y tan joven que es capaz de sacudir con sus vibraciones una selva que besa sus pies. Se llama Kerepakupai-Merú, o Churún Merú, o se llama Salto Ángel, un portento de agua que derrama su eterna lluvia sobre el mundo; hasta abrazarlo. No podía ser de otro modo el escudo protector de Kanaima, el que sopla humedades de selva al oído, el que perfuma sin sentirlo, el dueño del escenario más antiguo sobre el cual Dios se detuvo para crear el mundo. El que custodia la línea por donde deben caminar hombres y mujeres, y que atrapa entre sus brazos húmedos y trituradores a los que salen de ella. Kanaima, el silencioso espíritu de la conciencia que acecha y defiende al Pemón, a la gente, a los Kamarakotos, Taurepanes y Arekunas, a la familia Caribe, habitantes de lo inmaterial, sus Piasanes, entre sus hijos Pemón, que elevan sus almas por medios rituales hacia las cumbres del Auyantepuy para escuchar su voz cósmica y sus temibles advertencias.

Quienes se acercan, sienten sus pasos sigilosos en las patas de las arañas, su presencia silenciosa cuando el verde se ennegrece porque el día se volvió noche, su voz en el hilo melódico de las aves nocturnas y su misterio en la cobija que arropa el Tepuy y que corta, de un tajo, la visión de sus intimidades. Kerepakupai-Merú es la morada de Kanaima, el lugar más profundo del mundo. El Churún-Merú o Salto Ángel está ubicado en el Parque Nacional Canaima cuya extensión es de 3 millones de hectáreas. El Salto Ángel tiene una altura de 978 mts, considerada la más alta del mundo. Los indígenas lo llaman Kerepakupai-Merú y significa: Salto del lugar más profundo. La caída proviene del Auyantepuy, una piedra milenaria de quizás unos 2100 millones de años de antigüedad, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1994. El río del cual se desprende se llama Churún, tributario del río Carrao que, aguas abajo, forma el Salto Canaima que a su vez es afluente del Caroní y éste del Río Orinoco. Kilómetros y kilómetros de caminos de agua, escudo protector de piedras y aguas que esconde, de la acción depredadora de los conquistadores, esta tierra sagrada de los Pemón.



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José M. Ameliach N.


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