¡Coño!: ¿qué es lo que quieren?

En verdad no sé ni invierto 24 horas diarias de mi tiempo en ponerme a pensar en eso de si Chávez va a construir o no el socialismo en Venezuela. Hoy cualquiera puede hablar de socialismo sin que los textos de marxismo sean causales de juicio y de larga prisión. También los amantes del capitalismo pueden decir todo lo que les venga en gana, y nadie los persigue por eso. Todos los que somos, por lo menos, mayores de cuarenta años debemos, sin fatalismo, ganarnos para la idea que nuestros huesos –si no son quemados- van a ser enterrados en los cementerios bajo dominio del capitalismo. Morirse un pobre en el capitalismo le cuesta su velorio y entierro el salario acumulado de varios años de trabajo explotado. Y los cementerios siguen siendo una fuente de contaminación ambiental y una expresión del predominio de la injusticia social. Quiera Dios –mejor dicho: el proletariado que no tiene patria- reviente pronto una rebeldía internacional que aniquile para siempre todos los órganos podridos del capitalismo y, sobre los que resulten como legados de cultura y arte para el futuro, se construya la nueva sociedad, que no puede ser otra que la socialista. Si eso se diera, los viejos de hoy, seríamos tan felices que volveríamos a nacer para vivir en uno o dos o tres años que reste de vida todo lo que se podría vivir alegre durante una o dos o tres décadas. Bueno: dejemos esas cosas para otro día, y vayamos directo a lo que se corresponde con el título de este artículo.

No soy asiduo de estar escuchando discursos, aunque mucho me gusta leer la prensa y estar atento a las noticias. Sin embargo, sí me agrada escuchar los discursos de los presidentes de naciones en la ONU. Son cortos y deben ser precisos. Se está en la boca del lobo. Si un Presidente lisonjea a Estados Unidos, puede tener segura una exquisita cena en la Casa Blanca y un cheque para que de vuelta a su país cometa algunas fechorías en nombre de la ‘libertad’. Esto no tiene nada que ver con la cita que se produjo entre el Presidente de Palestina y el señor Bush. Ningún pueblo se ha visto tan afectado por la política imperialista como el de Palestina. Haberse negado el Presidente de Palestina a conversar con Bush, hubiera sido una necedad que su pueblo no se la hubiese perdonado. El jefe del Estado israelita es el Estado de Estados Unidos. El jefe de Olmert es Bush, y no el pueblo judío. En cambio, lo que hizo el Presidente de Colombia es la expresión de la sumisión vulgar que va a implorar le metan una manito en el Congreso de Estados Unidos para que le aprueben un proyecto que va contra su propio pueblo y soberanía.

Encendí el televisor para escuchar los discursos de los mandatarios, especialmente, latinoamericanos durante el día 20 del presente mes. Había escuchado el día anterior el discurso de Evo, y me pareció que estuvo a la altura, supo defender el clamor de su pueblo, y lo dejó bien en alto. En verdad, quería escuchar el de Chávez. Hubo una falla eléctrica en la calle donde me encontraba, y se apagó el televisor. Me arreché, pero supe controlar la arrechera. No quise maldecir a la empresa de energía eléctrica, porque allí trabaja parte de nuestro pueblo y no es culpable de esa falla. Son los gerentes, los especialistas, quienes tienen el deber de estudiar sobretodo las fallas de un determinado servicio que son continuas y afectan a las comunidades y, especialmente, dañando artefactos eléctricos cuya reparación corre injustificablemente por cuenta de sus propietarios y no de los negligentes que son indiferentes a la producción de fallas que no son por efecto de hechos de la naturaleza. Salí a llamar para que vinieran a darle solución a la falla. Todos los teléfonos que marqué me dieron la misma respuesta: no se encuentra asignado a nadie. Precisamente Chávez estaba hablando cuando se produjo la falla eléctrica. Ni me pasó por la mente que fuese un sabotaje. Si de éste se tratara, la falla hubiese sido nacional. Cuando se reparó la falla, ya Chávez hacía rato había concluido su discurso.

Comencé a escuchar los comentarios: unos en contra y otros a favor. Nadie que esté de acuerdo con el proceso debe arrecharse porque la oposición se arreche contra el discurso de Chávez. Peras no puede dar los olmos. Los intelectuales de la burguesía creen que la tribuna de la ONU, tan solemne y sagrado como un púlpito de dioses, es para hablar de poesía en nombre de la política y que, en vez, de denunciarse la pobreza y el dolor de la mayoría de la humanidad debe ser la prueba de testimoniar, cada mandatario, la fe en que su nación se resigna al conformismo del mandato del Presidente de Estados Unidos.

El Diablo fue denunciado en su propio emporio. El mundo actual necesita de eso. No más silencio en una diplomacia capitalista burda y secreta. El adorno no lo entienden los pueblos y tampoco lo comparten. ¿Cómo llamar a un Presidente que se cree amo del mundo, ordena guerra cada vez que amanece de mal humor, justifica crímenes de lesa humanidad y concede impunidad a sus criminales de oficio, se burla de la humanidad con la hipócrita ventaja del espíritu de la hiena, ejecuta el terrorismo de Estado con la fuerza bruta que niega la razón, incrementa entuertos donde cualquier don Quijote ha entregado su vida para enderezarlos, socorre al violador en vez de tenderle la mano a la viuda desprotegida, condena al cautivo en vez de liberarlo, comete agravios en vez de deshacerlos, aumenta sus abusos en vez de corregirlos, subsidia villanos en vez de derrotarlos, impone deudas impagables en vez de satisfacerlas?

En definitiva: Chávez dijo lo que tenía que decir y como lo debía decir. A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, al pueblo lo que es del pueblo pero también lo que le han quitado Dios y César… Pero a Bush hay que decirle las cosas como son y no como quiere él y sus epígonos que se las digan.


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Freddy Yépez


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