¿Qué tuvo de cívico el "paro cívico"? (II/II)

"El siglo XXI será ético o no será"

Alain Finkielkraut

Se ha especulado mucho sobre los mínimos éticos que deben exigirse a todo ser humano con el fin de garantizar una convivencia pacífica. También en una pequeña comunidad, como puede ser una familia, una escuela o una comunidad de vecinos, es esencial fijar unos mínimos que garanticen un desarrollo armónico de todas las personas implicadas. Entendemos por mínimos morales lo que no puede ser transgredido bajo ningún concepto. A menudo, estos mínimos no son asumidos de la misma manera por los miembros de la comunidad, y esto genera un profundo malestar en su interior, que puede derivar en formas de enfrentamiento o de violencia. También ocurre que, habitualmente, lo que nosotros podemos pensar que es un mínimo exigible, otros lo interpretan de otra forma y no se sientan interpelados cuando se les muestra que han transgredido lo que no podía transgredirse.

La discusión filosófica sobre el conjunto de imperativos mínimo que cualquier miembro de una sociedad debe aceptar para garantizar su buen funcionamiento es uno de los temas clásicos de la ética contemporánea. La descripción de este conjunto de principios mínimamente exigibles es el que entra en el campo de la llamada "ética mínima". Esta expresión, popularizada por la filósofa española Adela Cortina, encuentra sus raíces en la expresión latina que usaba el pensador alemán, Theodor Adorno, en su conocida obra Minima Moralia.

El pensamiento de Adela Cortina se inscribe dentro del denominado procedimentalismo y la ética discursiva, que presenta como marco teórico a Immanuel Kant, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Jürgen Habermas y Karl-Otto Apel. Ella sostiene la racionalidad del ámbito práctico, el carácter necesariamente universalista de la ética, la diferenciación entre lo justo y lo bueno, la presentación de un procedimiento legitimador de las normas y la fundamentación de la universalización de las normas correctas mediante el diálogo.

Debemos ser conscientes de que hay un umbral por debajo del cual no es posible un correcto desarrollo de la vida humana. Uno repara en ello precisamente cuando lo que se da por sentado falla irremediablemente. Muy a menudo, tomamos conciencia de cuáles son los principios fundamentales cuando padecemos su ausencia a nivel social. Incluso pensadores que en el ámbito teórico social partidarios de un cierto relativismo moral, consideran, en la vida práctica, que hay unos mínimos que deben ser aceptados y que no pueden vulnerarse. La dilucidación de cuáles deben ser estos mínimos y de cómo es posible legitimarlos racionalmente es una tarea ardua y compleja, pero la defensa de unos mínimos morales es una posición claramente distinta del relativismo.

Esta ética de mínimos no excluye proyectos individuales de felicidad, sino que lo que incluye son aquellas mínimas exigencias morales que todo ciudadano, independientemente de su origen, raza, tradición y religión, debe aceptar como punto de partida de una posible convivencia. Cada ciudadano, individualmente o como miembro de una determinada comunidad, puede exigirse deberes y obligaciones que trascienden el cuerpo de principio mínimos, y nadie está legitimado para impedir la realización de estos deberes, mientras no pongan en juego aquellas normas básicas que nos hemos dado en el seno de una sociedad. Los máximos, pues, no se pueden exigir, mientras que los mínimos son imputables a todos los ciudadanos.

La ética de mínimos es la que obliga a todos de modo primario, es algo básico y debería ser inherente al ser humano. Debe exigirse a los ciudadanos y ha de expresarse en forma de ley pública. En el marco de la ética de mínimos se incluyen el principio de no maleficencia y el de justicia. Este tipo de ética es el que une a las personas en tanto que ciudadanas, aceptando la distinción que viene haciéndose desde la Modernidad entre "la persona" y "el ciudadano". Las personas tienden a una vida feliz y plena, pero, como ciudadanas, aspiran a desarrollar una convivencia justa. La ética de los ciudadanos, la ética cívica, contiene aquellos valores y principios de justicia que comparten las distintas éticas de máximos de una sociedad pluralista, mínimos por debajo de los cuales no se puede caer sin caer en inhumanidad.

Hay una vía muy clara para demostrar la necesidad de esta ética mínima. Incluso los que tienen ciertas suspicacias hacia el discurso ético y fácilmente lo califican de doctrinario y conservador, aceptan que hay unos mínimos morales que no pueden pasarse por alto. Los espíritus más liberales que ha dado la historia de la ética en el siglo xx, aceptan unos mínimos justamente para garantizar la libertad de expresión y de pensamiento. Los mínimos serían el conjunto de pilares básicos sobre los que se construye una sociedad.

La expresión social de estos mínimos es el civismo. El ciudadano cívico no es, el ciudadano excelente, capaz, si se requiere, de sacrificarse por la vida del otro, sino el que ha integrado el sistema de mínimos, lo respeta y da ejemplo con su vida práctica.

»Explícita o implícitamente, el civismo es un tipo de pacto que incluye la defensa de unos derechos y que las personas que adoptan este contrato asuman unos determinados deberes. El pacto social, según Jean-Jacques Rousseau, es la forma jurídica del paso del estado de naturaleza a la sociedad civil. Es una transición en la cual la persona (la voluntad particular) se desdobla en ciudadano (voluntad general). Es un acto de asociación, mediante el cual cada uno de nosotros pone en común su persona y su potencial bajo la suprema dirección de la voluntad general. El pacto social produce un cuerpo moral y colectivo, que dispones de un yo, de una vida y de una voluntad propia. El hombre cívico es el que participa, el que colabora con los demás, el que se siente mimbro de una estructura suprapersonal, de un pueblo, de un colectivo, de un nosotros.

El consecuencialismo es una vía suficientemente legítima para mostrar la necesidad de esta ética mínima. Cuando en una sociedad observamos que se vulnera el cuerpo de principios éticos mínimos como pueden ser, por ejemplo, el respeto a la vida, a la libertad, a la igualdad o a la integridad, son fácilmente perceptibles las dramáticas consecuencias de la inobservancia de estos principios. El desmoronamiento de esta comunidad en la barbarie, en el oscurantismo, en la inhumanidad, es un hecho bien manifiesto. ¿Por qué, entonces, deben defenderse unos mínimos morales en toda sociedad? Sencillamente porque, cuando perdemos de vista la relevancia que tienen en el cuerpo social y los relativizamos, aflora lo más negativo y bárbaro que hay en la condición humana.

La ética mínima debería recoger los deberes elementales, aquellos que todo ser humano debe asumir estos deberes no pueden provenir de una determinada tradición religiosa que se impone a las otras, sino que deben ser racionalmente consensuados en el seno de la sociedad. Creemos que deben nacer de un acuerdo fundamental. Por eso, es irremisiblemente necesario construir la ética mínima a partir del dialogo entre sujetos iguales, de la escucha de las posiciones del otro y exigir la argumentación, la discusión de las posiciones propias con el fin de mostrar el otro la coherencia que tienen.

BIBLIOGRAFIA

Camps, V. y Giner S., Manual de Civismo. Ariel.1998.

Cortina, A., Ética mínima, Madrid, Tecnos, 1986;

Cortina, A., Ética aplicada y democracia radical, Madrid, Tecnos, 1993.

Cortina, A., Ética mínima: Introducción a la filosofía práctica.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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